“¡PAPÁ, MI HERMANITA NO SE DESPIERTA, LLEVAMOS TRES DÍAS SIN COMER!” EL MILLONARIO QUEDÓ EN SHOCK.

“¡PAPÁ, MI HERMANITA NO SE DESPIERTA, LLEVAMOS TRES DÍAS SIN COMER!” EL MILLONARIO QUEDÓ EN SHOCK.

Unos días después, Santiago y Alma llegaron agarraditos de la mano al centro familiar. Leticia ya los estaba esperando sentada, con un albumcito de fotos en las manos.
—Hola, mis niños preciosos.
Alma se escondió atrás de su hermano. Santiago se le quedó viendo, luego le soltó la mano a su hermana y se le acercó.
—¿Ahora sí te vas a portar bien?
Leticia le sonrió con una mirada bien triste.
—Sí, mi amor. Ya aprendí la lección. Le estoy echando muchas ganas.
Alma caminó despacito hacia ella y se le sentó en las piernas, calladita. La terapeuta nomás anotaba todo en silencio. Tomás los estaba viendo desde el cuarto de al lado, por un vidrio de esos de cámara de Gesell. No dijo nada, nomás se quedó viendo. Y, por primera vez en un buen rato, sintió que a lo mejor y sí se podía.

Las semanas se fueron volando. Todos los sábados los niños iban al centro familiar a ver a su mamá. Las primeras visitas estuvieron bien secas, bien tensas. Alma no se le despegaba a Santiago ni para ir al baño, y Leticia tampoco los forzaba a nada; nomás estaba ahí, teniéndoles paciencia, contándoles cuentos, pintando y cantando.

Poco a poco, la cosa fue cambiando. Alma ya le empezaba a seguir el rollo. Santiago andaba más suelto, más relajado. Y Leticia, por primera vez en años, se veía estable. Llegaba a la hora, se veía limpia, en sus cinco sentidos; estaba “presente”. Tomás no fallaba a ninguna sesión, siempre desde el cuartito de atrás. No cruzaba palabra con Leticia, pero se grababa en la mente cada gesto, cada pasito que daban, cada cosa que decían.

Un día, ya que se acabó la visita, se le acercó la terapeuta.
—Señor Gutiérrez, los niños le andan respondiendo muy bien. ¿Cómo ve si ya le vamos metiendo a la etapa de que convivan en la casa, pero con alguien supervisando?
Tomás no contestó luego luego.
—¿Ya la ve lista?
—Según lo que traemos en los reportes, sí. Y los niños también ya lo andan pidiendo.

Tomás volteó a ver a sus hijos a través del vidrio. Santiago andaba atacado de la risa enseñándole un dibujo a Leticia. Alma traía un librito abierto en las piernas, esperando a que su mamá se lo leyera.
—¿Y cómo estaría la movida?
—Sería una tarde a la semana en la casa de la mamá. Al principio va alguien a checarlos y a acompañarlos. Ya si todo pinta bien, le vamos subiendo a los días.
Tomás asintió despacito.
—Órale, pues. Vamos a calarle.

La primera vez que se vieron en la casa de Leticia fue a mediados de junio. Era una casita modesta, chiquita, pero rechinando de limpia. Le había comprado juguetes nuevos, cuentitos y le puso un tapete al piso del cuarto de los niños. Tomás los dejó en la puerta. Leticia lo saludó muy propia. Santiago se metió como Juan por su casa. Alma se quedó paradita un ratito. Luego le agarró la mano a su mamá y se metió.

—Vengo por ellos en dos horas —dijo Tomás, muy serio.
—Gracias por la confianza —le contestó Leticia.
Y párale de contar.

Esa tarde, Leticia les hizo arroz con pollo, se puso a jugar a las cartas con Santiago, le hizo unas trencitas a Alma y se pusieron a ver un álbum con fotos de cuando estaban bebecitos. Ninguno de los dos preguntó por el “tío” Ricardo. Nadie tocó el tema del choque.

A la hora en punto, Tomás regresó por ellos. Los niños salieron bien contentos, con unos dibujos en las manos.
—¿Cómo les fue, chaparra?
—¡Mi mamá me dejó echarle diamantina a la muñeca! Y le gané en el memorama —presumió Santiago.
Tomás volteó a ver a Leticia. Ella no dijo nada, nomás asintió con la cabeza.

Al mes, ya se veían dos veces por semana. Alma ya no andaba de miedosa atrás de su hermano, y Santiago ya andaba pidiendo quedarse a dormir una noche en casa de su mamá. Tomás lo platicó con la terapeuta y le dio luz verde.

Esa noche la casa se sintió inmensa. Era la primera vez que dormía sin los chamacos desde aquella llamada que le paró el corazón. Caminó por la sala, vio los dibujos que le habían pegado en la pared, el vasito con los colores, los zapatitos chiquitos ahí arrumbados junto a la puerta. Sintió un vacío bien raro, pero también una paz que ya ni se acordaba cómo se sentía. A lo mejor de eso se trataba sanar: de dejar que las cosas cayeran por su propio peso en donde tenían que ir.

Antes de quedarse dormido, le sonó el celular. Era una foto de Santiago y Alma en pijama, sentaditos en la cama. Tenían unas sonrisotas. Leticia le mandó un mensaje: “Ya cayeron rendidos. Todo bien. Gracias por darnos este chance”. Tomás apagó el celular. Se acostó y se puso a pensar que, a fin de cuentas, no se trataba de ver quién ganaba o quién perdía; se trataba de aprender a ser mejores todos parejos.

El tiempo siguió su marcha y la rutina empezó a agarrar forma otra vez. Santiago y Alma se iban a la escuela en la mañana. Se turnaban las tardes entre la casa de Tomás y la de Leticia, y los fines de semana de repente se juntaban los tres para irse al parque o a dar la vuelta a alguna plaza. Nada a la de a fuerza, todo paso a pasito.

Un domingo en la tarde, mientras Tomás le andaba ayudando a Santiago con la tarea, se asomó Alma a la sala con un dibujo.
—Papi, ¿me ayudas a escribirle algo a esto?
Tomás se sentó con ella.
—¿Qué le ponemos?
—Le quiero hacer una cartita a mi mamá.
—Órale, pues. Tú dime qué le pongo.
Alma se quedó pensando un ratito.
—Ponle: “Mamita hermosa. Me gusta mucho cuando me lees mis cuentos. Gracias por ya no irte. Te quiero mucho”.
—Sale y vale. Así mero se lo pongo —le contestó Tomás, escribiéndole en la hoja con su letra bien hechecita.

Santiago, sin despegar los ojos de su libreta, murmuró:
—¿Y si se vuelve a ir?
Tomás soltó la pluma en la mesa.
—Nosotros no podemos controlar lo que vaya a pasar mañana, mijo. Pero hoy ella está aquí y ustedes están a todo dar. Con eso nos quedamos.
Santiago ya no le contestó, pero le cambió la cara. Ya no se veía tan apurado, se veía más tranquilo.

El lunes que siguió, Leticia pasó por ellos a la escuela. Les traía una bolsita con pan de dulce y se los llevó a su casa a merendar. Les puso musiquita tranquila. Se pusieron a armar castillos con unos cubos y luego les hizo un chocolatito caliente.
—¿Me puedo quedar a dormir aquí hoy? —soltó Santiago de repente.
Leticia abrió los ojotes.
—¿De a de veras quieres?
—¡Sí! Si mi papá me da chance.
—Yo le marco —dijo Leticia, aguantándose las ganas de llorar de la emoción.

Tomás le contestó luego luego.
—¿Todo bien?
—Sí. Santiago me anda pidiendo quedarse a dormir.
Se hizo un silencio.
—Alma también anda bien entretenida jugando con su osito. Está bien tranquila.
—Órale, pues. Está bueno. Me echas un grito si pasa cualquier cosa.
—Claro que sí. Gracias.

Esa noche Leticia los tapó bien, les cantó una cancioncita bien bajito y se quedó sentada en el piso al lado de la cama hasta que cayeron rendidos. Luego apagó la luz y se fue a sentar sola a la sala. No se puso a llorar; nomás se quedó respirando. Por primera vez en muchísimo tiempo, sintió que andaba haciendo las cosas bien.

A la semana siguiente, a Tomás le cayó un correo del juzgado. Les habían agendado otra revisión para lo de la custodia compartida para el mes que entraba. Pero esta vez ya no era para regañarlos ni para leerles la cartilla; era para dejarlo todo por escrito y legal.

En la terapia que siguió, se juntaron los cuatro: Tomás, Leticia, Santiago y Alma en el mismo cuarto. La terapeuta fue la que cerró la plática.
—Ya pasaron 5 meses desde que pasó lo del incidente. Los niños han avanzado muchísimo. Los dos papás le han echado ganas y han cumplido con todo lo que se acordó, y la relación entre todos ustedes se ha ido arreglando de una forma muy sana. Muchas felicidades.

Leticia volteó a ver a Tomás, como esperando a que él echara el primer rollo.
—Estuvo muy cabrón, pero jaló. Por ellos.
—Por ellos —le hizo segunda ella.
Santiago los interrumpió.
—O sea que, ¿ya podemos volver a ser una familia?
Tomás le sonrió.
—Nunca dejamos de serlo, campeón. Nomás tuvimos que aprender a echarnos más la mano.
Alma se trepó a la silla de Leticia y le plantó un besote en el cachete.
—Ya no te me vayas, mami.
Leticia la abrazó con toda su alma.
—No, mi pedacito de cielo. Esta vez llegué para quedarme.

La mañana de la audiencia final por fin llegó. Tomás se paró antes que los chamacos, les armó el desayuno y les dejó las mochilas listas. Santiago bajó con su uniforme de la escuela, abriendo tamaña bocota de sueño, y atrás venía Alma arrastrando una cobijita con su muñeca bien abrazada.
—Hoy nos toca ir al juzgado, ¿verdad? —preguntó Santiago mientras le embarraba mantequilla a su pan.
—Sí —le contestó Tomás—, pero es de voladita. Nomás es para que el juez los vea y para que escuche lo que ustedes le quieran platicar.
—¿Me puedo llevar mi dibujo? —dijo Alma, enseñándole la hoja toda pintarrajeada.
—¡Claro que sí, mi reina! Segurito que al juez le va a encantar.

Una hora después, los cuatro estaban sentaditos en la sala de espera del juzgado. Tomás de traje; Leticia con una blusa formalita, sin tanta faramalla, y pantalón de vestir. Los niños en medio de los dos. Ninguno de los adultos había abierto mucho la boca en el camino. El ambiente estaba tranquilo, pero se sentía la tensión de a ver qué pasaba.

La jueza los pasó y los recibió con una sonrisita amable.
—Pasen, bienvenidos. Ya me eché todos los reportes y la verdad, quiero felicitarlos por cómo le han echado ganas. Pero ahorita a los que quiero escuchar es a los meros meros: a Santiago y a Alma.
Santiago se sentó en la sillita que estaba enfrente del escritorio. No se veía paniqueado. Ya lo había ensayado con su terapeuta.
—¿Cómo te has sentido en estos últimos meses, campeón? —le preguntó la jueza.
—Más chido. Ya no me da miedo en las noches. Me quedo a dormir en casa de mi mamá y en la de mi papá, y los dos me hacen caso.
—¿Y te gustaría que las cosas se quedaran así?
—Sí. Me late cuando no nos andamos peleando y estamos en paz.

La jueza asintió, sonriendo. Luego volteó a ver a Alma.
—¿Y tú me quieres platicar algo, mi niña?
Alma le estiró su dibujo. Era una casita con dos arbolitos, un solote y cuatro monitos agarrados de la mano.
—Esta es mi familia. Y yo quiero que se quede así.
La jueza agarró el dibujo con mucho cuidado.
—Muchas gracias, Alma. Está precioso tu dibujo.
Luego se dirigió a los papás.
—¿Los dos están de acuerdo en hacer oficial el régimen de custodia compartida, turnándose una semana y una semana, y seguir viniendo a las sesiones de revisión cada dos meses?
Tomás fue el primero en soltar la sopa.
—Sí, yo estoy de acuerdo.
Leticia asintió luego luego.
—Yo también estoy de acuerdo.

La jueza firmó los papeles con ganas y les plantó el sello.
—Pues ya quedó aprobado. De verdad, los felicito por haber puesto a sus hijos por delante de todo. No está pelada, pero se la rifaron. Que les vaya muy bien.

Salieron de la sala sin decir agua va. Ya en el pasillo, los chamacos salieron corriendo como si acabara de tocar la campana del recreo. Leticia y Tomás se quedaron viéndolos, parados uno al lado del otro, por primera vez sin andar a la defensiva.
—Gracias por no tirar la toalla —le dijo ella, sin voltearlo a ver.
—Gracias por poner de tu parte y cambiar —le contestó él.

Santiago se regresó corriendo con una sonrisota de oreja a oreja.
—¿Me compran un helado?
Tomás volteó a ver a Leticia. Ella sonrió.
—¡Jalo! Vámonos los cuatro.

Caminaron juntos por el estacionamiento con el solecito de la tarde dándoles en la cara. No eran la familia de los comerciales, no se andaban jurando amor eterno, pero iban caminando pa’l mismo lado, con paso firme, sabiendo que todo lo que habían logrado valía oro. Porque les había costado sangre, sudor y lágrimas, y porque, por fin, todo había valido la pena.

El helado fue de vainilla con chispas de chocolate para Alma, de puro chocolate para Santiago, y de café para los papás. Se sentaron en una banquita de un parque ahí cerquita del juzgado. Los chamacos comían felices de la vida, mientras Leticia y Tomás se quedaban calladitos viéndolos cómo jugaban, cómo se atacaban de la risa… cómo volvían a ser niños normales.

—¿Te acuerdas de cuando Santiago no se quería dormir solo ni de chiste? —dijo Leticia, rompiendo el hielo.
—¡Uy, cállate! Me aventé como dos semanas durmiendo en el piso de su cuarto —le contestó Tomás con una sonrisa de puro cansancio.
—A mí me pasó igualito con Alma. No dejaba que se le arrimara nadie, ¡ni a las enfermeras las dejaba que la tocaran!

Se quedaron pensando un buen rato. Todo eso que antes era un dolor de cabeza, ahora ya se sentía como una anécdota lejana; como un raspón que ya andaba haciendo costra.

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