“¡PAPÁ, MI HERMANITA NO SE DESPIERTA, LLEVAMOS TRES DÍAS SIN COMER!” EL MILLONARIO QUEDÓ EN SHOCK.

“¡PAPÁ, MI HERMANITA NO SE DESPIERTA, LLEVAMOS TRES DÍAS SIN COMER!” EL MILLONARIO QUEDÓ EN SHOCK.

—Y… ¿ahora qué sigue? —le preguntó Leticia, sin voltearlo a ver.
—Pues seguirle chingando igual que ahorita. Escucharlos, estar al pendiente, no dejarles la víbora chillando y no fallarles.
—¿Tú crees que algún día me lleguen a perdonar al cien?
Tomás se tomó su tiempo para contestarle.
—Los niños no se les olvida nada, pero aprenden a quererte de otra forma. Si ven que andas firme, que no te rajas, te van a seguir la corriente. Y velos… ya lo andan haciendo.

Leticia agachó la mirada y asintió. Luego le cambió la plática.
—Me voy a poner a buscar otro jale que me quede más cerquita y que tenga horario fijo. Ya no quiero depender de nadie para nada.
—Si se te atora la carreta en algo, avísame y yo te echo la mano. No por ti, sino por ellos.
—Ya me la sé. Y gracias, de verdad.

Se les acercó Santiago con los cachetes todos batidos de chocolate.
—¡Hoy nos quedamos a dormir todos juntos!
—¿Cómo que todos juntos? —preguntó Tomás, soltando la carcajada.
—Tú, mi mamá, Alma y yo. Como antes.
Leticia y Tomás cruzaron miradas. Santiago no quitaba el dedo del renglón.
—Sí se arma.

Tomás se agachó a su altura.
—Hoy en la noche a ti y a Alma les toca dormirse conmigo en la casa, pero qué les parece si en unos días armamos una pijamada en casa de su mamá, ¿cómo ven?
Santiago lo pensó tantito y luego peló los dientes.
—¡Pero con películas y palomitas!
—¡Ya rugiste! —dijo Leticia.

Ya de retache en el carro, Alma cayó rendida en los brazos de su mamá. Santiago iba calladito atrás, viendo por la ventana. Cuando llegaron al departamento de Tomás, Leticia le echó la mano para bajar a Alma y la acostó en el sillón tapadita para que no se despertara.
—¿Hay bronca si me quedo un ratito? —le preguntó.
—Para nada.

Tomás se metió a la cocina y se armó un par de tés. Le pasó una taza a Leticia y se sentaron sin decir nada.
—¿A poco hace 5 meses te imaginabas que íbamos a estar así? —le dijo ella.
—La neta no. Yo pensé que esta bronca nos iba a dar en la madre para siempre.
—Estuvo a un pelito de hacerlo, pero nos la peló.
Leticia asintió.
—La voy a seguir regando, ya lo sé, pero te juro que no los vuelvo a dejar tirados en mi vida.
—Y ahí voy a estar yo para checar que así sea.

Los dos se soltaron riendo casi por inercia. No eran pareja, tampoco eran los mejores amigos del mundo, pero eran sus papás. Papás de carne y hueso, que la riegan, que traen sus broncas. Y eso los amarraba más fuerte que cualquier otra cosa amorosa.

—¿Te late si vemos una película? —le preguntó Tomás, agarrando el control de la tele.
Leticia le sonrió.
—Sobres. Pero que no sea de superhéroes.
—¡Cerrado!

Prendieron la tele con el volumen bien bajito mientras los niños seguían en el quinto sueño. El té se les andaba enfriando en la mesa, y por primera vez en un buen de tiempo, la casa se sentía llena. Ya no había gritos, ni broncas, ni miedos. Pura paz.

Las semanas que siguieron les trajeron a Tomás y a Leticia algo que la verdad no se esperaban: paz y tranquilidad. Los días se iban volando sin sustos; las mochilas estaban listas a la hora, las tareas se hacían sin andar haciendo berrinches, y los chamacos ya no pedían tantas explicaciones y mejor pedían que les contaran cuentos antes de dormir. Leticia agarró jale en una papelería ahí por la colonia. Tenía su horario bien puesto, le quedaba cerquita de la casa y no la traían a las carreras. No le pagaban las perlas de la virgen, pero sacaba para la renta, pa’ los gastos y, lo más importante, para no depender de nadie.

Una tarde, en lo que esperaban a que Santiago saliera del fut, Tomás pasó por Alma a la casa de Leticia. La niña andaba en la sala bien picada pintando con acuarelas.
—¿Ya quedó lista la princesa? —preguntó Tomás desde la puerta.
—¡Aguanta, papi! ¡Dame 5 minutos más! —le gritó Alma sin ni siquiera voltear a verlo.
Leticia se asomó desde la cocina con un vaso de agua.
—¿Pásale, no te quedes ahí?
Tomás la dudó tantito, pero se metió.
—Te quedó chida la casa. Te armaste bien.
—Híjole, le batallé un buen, pero ahí va agarrando forma la cosa.

Se quedaron callados unos segundos.
—Y a ti, ¿cómo te ha ido? —le preguntó Leticia.
—Pues con más jale que antes, pero ando al cien. Los chamacos me tiran un buen paro para no perder el piso.
—La neta sí. Yo también ya ando durmiendo más a gusto.
—¿Ahí la llevas con las terapias?
—Simón, voy cada semana. Siento que me aliviana mucho soltar la sopa sin que me anden echando miradas feas.
Tomás asintió.
—Fíjate que a mí me dijeron que había un grupo para papás. Ahí la ando pensando a ver si le caigo.
Leticia se sonrió.
—No te caería mal. Porque aunque te hagas el fuerte, a veces quieres cargar con el mundo tú solo.
—Es que ya es maña mía.

Los dos se atacaron de la risa. En eso llegó Alma con su hoja.
—¿Lo quieren ver?
Había pintado dos casitas, una pegada a la otra, con un arcoíris por arriba y unos caminitos que las juntaban.
—Aquí vivimos mi mamá y mi papá. En casas diferentes, pero estamos juntitos. ¿Sí le entienden?
Tomás y Leticia cruzaron miradas. Lo simple de ese dibujito les pegó más duro que cualquier plática que se hubieran aventado.
—Claro que le entendemos, mija —le dijo Tomás.
—¿Lo podemos pegar en tu refri, mami?
—¡Por supuesto, mi vida!
Alma se fue corriendo bien feliz. Tomás volteó a ver a Leticia.
—Creo que no lo andamos haciendo tan mal.
—No, pero no hay que aflojarle ni tantito.

El fin de semana que siguió cumplieron con lo de la pijamada en la casa de Leticia. Hubo películas, palomitas y almohadas regadas por toda la sala. Santiago escogió una de acción. Alma sacó su cobijita de la suerte. Tomás se disparó unas pizzas. Leticia se armó unos chocolates calientitos. Verlos atacados de la risa, compartiendo la misma cobija, echando pleito por a ver quién se comía la última rebanada de pizza… eran cositas de nada, pero valían oro porque estuvieron a un pelito de perderlas para siempre.

Esa noche, ya que los chamacos cayeron rendidos, Tomás se empezó a poner los tenis.
—¿Ya te vas? —le preguntó Leticia desde la cocina.
—Simón, ya se hizo tarde.
—Te puedes quedar en el sillón si te late. Ya ves cómo se pone Alma en las madrugadas si se despierta y no te ve.
Tomás la pensó tantito. Luego aventó los tenis a un lado.
—Órale, va. Pero nomás por hoy.
—”Nomás por hoy” —le repitió ella.

Se sentaron los dos en el sillón, cada quien con su taza de chocolate. La tele seguía prendida, pero en mute. Allá afuera en la calle seguía el relajo de la ciudad, pero ahí adentro, todo estaba en santa paz, y con eso les bastaba y les sobraba.

El lunes tempranito, a Tomás lo despertó el ruidito de unos pasitos cruzando por la sala. Peló el ojo y vio a Alma paradita enfrente del sillón, abrazando a su muñeca.
—Papi, ¿te quedaste a dormir?
—Sí, mi cielo. Tu mami me dio chance de quedarme por si te me despertabas en la noche.
—¡Qué chido! Yo pensé que ya te habías ido.
Se trepó al sillón y se hizo bolita a un lado de él. Tomás le dio un abrazote sin decir nada. La casa todavía estaba bien calladita. Santiago seguía en el quinto sueño y Leticia no salía de su cuarto.

Al ratito, se asomó Leticia en pijama y con un café en la mano.
—Buenos días.
—Buenos días —le contestó Tomás sin moverse un pelo—. ¿Qué tal dormiste?
—Mucho mejor de lo que creía. Tu sillón aguanta bara.
Leticia se rio bajito.
Alma se dio una buena estirada.
—¿Podemos comer hotcakes para desayunar?
—¿Pues tú qué crees? —le contestó Leticia—. ¡Claro que por supuesto que desde luego que sí!

Alma salió disparada a levantar a su hermano. Tomás se paró y le echó la mano para acomodar la mesa. Se sentía una onda bien rara entre ellos, pero chida. No andaban de novios, pero tampoco eran unos aparecidos; era una cosa ahí a la mitad, armada a base de respetarse, de curarse los raspones y de acoplarse a la rutina de todos los días.

Ya entrados en el desayuno, Santiago habló con la boca atascada de comida.
—Oigan, ¿y si armamos esto todos los lunes?
—¿Lo de desayunar todos juntos? —le preguntó Leticia.
—¡Simón! Los cuatro, antes de que nos vayamos a la escuela.
Tomás y Leticia cruzaron miradas.
—Podemos calarle —dijo él.
—Ah, pero nomás si nos ayudan a levantar el tiradero después —le agregó ella.
Los chamacos aplaudieron bien emocionados.

Más al rato, ya en el carro, Tomás llevaba a los chamacos a la escuela y Leticia iba de copiloto.
—Te tengo que soltar algo —dijo ella, viendo para afuera por la ventana.
—Tú dirás.
—Me dijo la psicóloga que ya puedo empezar a armar salidas yo sola con los niños. Ir a recogerlos, jalármelos al parque… ya sin que nos anden checando.
—¡A toda madre!
—Sí, pero te juro que me da un chorro de miedo. No por ellos, sino por mí. Que la vaya a cagar otra vez.

Tomás le bajó a la velocidad cuando les tocó el alto.
—Miedo siempre nos va a dar, Leticia. Lo chido es que ahora ya le sabes pedir paro a la gente, ya no te avientas el tiro tú sola.
—Es que no los quiero volver a perder.
—Pues síguele chingando como hasta ahorita, paso a pasito.
Leticia asintió. El semáforo se puso en verde y se arrancaron.

Esa misma tarde, le marcaron a Tomás de la escuela. Era la maestra de Santiago.
—Señor Gutiérrez, le quería comentar algo. Hoy nos pusimos a hacer un trabajito donde los niños tenían que dibujar a su familia. Santiago acabó de volada.
—¿Todo en orden, maestra?
—Sí, súper bien. Dibujó dos casitas y les puso unas flechitas que iban de una a otra. A usted y a la señora Leticia los puso en cada casa, y a él y a su hermanita en medio. Cuando le pregunté qué onda con su dibujo, me soltó: “Así es como vivimos: en dos casas, pero todos juntos, porque mis papás ya no se andan peleando”.

A Tomás se le dibujó una sonrisota en la cara.
—Gracias por avisarme, maestra.
—Nomás quería que lo supiera. Se me hizo algo bien bonito.

Cuando colgó, Tomás se quedó un ratito callado, asimilando el golpe. Luego se puso a buscar en su celular una foto de hace poquito: salían los cuatro en el parque atacados de la risa, echándose una nieve. Se le quedó viendo y pensó: “Pues a lo mejor no es la familia de mis sueños, pero es la familia a la que decidí entrarle al quite”. Y la neta, al final del día, eso era lo único que importaba.

Un año después, la cosa ya era muy diferente. Ya no se sentía esa angustia a la hora de las despedidas, ni esa mala vibra cuando se pasaban a los niños. Santiago y Alma andaban del tingo al tango entre las casas de sus papás como si nada. Tenían doble cama, doble pijama, doble lapicera… pero una sola familia.

Leticia seguía aferrada a su jale en la papelería; con ese horario le daba chance de estar al cien con los niños. Le siguió con la terapia, yendo una vez al mes por puro gusto; ya no era para taparle el ojo al macho, sino para seguir aliviándose por dentro. Había recuperado algo que juraba que ya se le había ido de las manos: la confianza de sus chamacos y la de ella misma.

Tomás seguía de mandamás en su negocio, pero ya no se quedaba clavado en la oficina hasta altas horas de la noche. Aprendió a soltar la chamba, a cerrar la compu a buena hora y a estar “presente”. Los fines de semana dejaron de ser nomás para reponerse de la friega del trabajo; ahora eran tiempo de a de veras con los niños: se aventaban maratones de películas, se iban a dar la vuelta a los parques, se ponían a hacer la tarea y armaban unos desmadres de la nada. Se dio cuenta de que la verdadera tranquilidad no era querer controlar todo a chaleco, sino tener los pantalones para aguantar lo que de veras importaba cuando todo lo demás se te venía encima.

Los jueves ya se les había hecho costumbre echarse el desayuno juntos. Se la campechaneaban: una semana en la casa de Leticia y a la otra en la de Tomás. Pan tostado, frutita y hojas pintarrajeadas regadas por toda la mesa. Nadie faltaba a la cita y nadie llegaba tarde.

En la escuela, a los niños les andaba yendo a todo dar. Subieron las calificaciones, andaban con más pilas y más seguros de sí mismos. Santiago platicaba de su “familia con dos casas” sin pelos en la lengua y sin que le diera pena. Alma presumía a los cuatro vientos que tenía una mamá que se sabía las rolas y un papá que se rifaba en la cocina.

Un domingo, después de andar dándole a la pedaleada en las bicis, se tiraron los cuatro en el pastito del parque, a gusto, sin planear nada y sin andar a las carreras.
—Oigan, ¿sí se acuerdan de cuando todo estaba bien pinche? —soltó Santiago, viendo las nubes.
—Sí —le contestó Leticia—, pero también me acuerdo de cuándo la cosa empezó a agarrar forma.
—¿De cuándo te quedaste a dormir en la casa, papá? —le metió su cuchara Alma, abrazando bien fuerte a su muñeca que ya estaba toda traqueteada.

Tomás volteó a ver a sus chamacos, y luego a Leticia. No tuvieron que decir ni pío. No eran la familia de los comerciales, pero eran una familia de a de veras. De esas que traen sus buenos raspones, que traen su historia arrastrando, que se acuerdan de dónde vienen y que, todos los santos días, le echan ganas para hacer las cosas lo mejor que se pueda. Porque, después de todos los trancazos que se dieron, por fin les cayó el veinte de que amar a alguien como Dios manda no siempre está pelada… pero que la neta, siempre, siempre vale la pena.

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