“¡PAPÁ, MI HERMANITA NO SE DESPIERTA, LLEVAMOS TRES DÍAS SIN COMER!” EL MILLONARIO QUEDÓ EN SHOCK.

“¡PAPÁ, MI HERMANITA NO SE DESPIERTA, LLEVAMOS TRES DÍAS SIN COMER!” EL MILLONARIO QUEDÓ EN SHOCK.

—No tengo ni la menor idea. Trae el celular apagado desde el viernes.

Una de las trabajadoras sociales empezó a anotar.
—¿Tienen la custodia compartida?
—Sí, está en el acuerdo legal. Nos turnamos una semana y una semana. Esta semana le tocaba a ella.
—Vamos a tener que levantar un acta por abandono, señor Gutiérrez.
—Hagan lo que tengan que hacer. Yo nomás quiero saber cómo está mi hija.

Al ratito regresó la doctora.
—La niña está estable. Trae una infección intestinal leve por la deshidratación y por no haber comido. La vamos a dejar en observación. Lo bueno es que llegaron a tiempo; un día más y la historia hubiera sido otra.

Tomás soltó el aire que, sin darse cuenta, había estado aguantando. Santiago le apretó la mano.
—¿La puedo ver?
—En un ratito. Ahorita está dormidita, pero está bien.
—Sí. —Santiago asintió—. ¿Y mi mamá?

Tomás no supo qué contestarle. Se agachó y le puso una mano en el hombro al niño.
—Todavía no sé, pero vamos a averiguarlo.

Un par de horas después, se le acercó una enfermera a Tomás.
—Señor Gutiérrez, nos acaba de llegar un reporte de la policía. Su expareja ingresó al hospital general el sábado en la madrugada por un choque automovilístico. Iba con un hombre que se dio a la fuga. Entró como desconocida porque no traía papeles, pero ya la identificaron.
—¿Está viva?
—Sí. Estable, pero la tienen sedada. Trae fracturas y un golpe en la cabeza. Está en recuperación.

Tomás cerró los ojos un momento. Tenía ganas de gritar, de romper algo, pero tenía a Santiago ahí al lado.
—¿La puedo ver?
—Va a tener que esperarse a que despierte. Todavía no puede hablar.

Tomás se paró, sacó su celular y le marcó a su abogado.
—Carlos, ocupo empezar los trámites para pelear la custodia. Urgente. No voy a permitir que esto vuelva a pasar.
—Pásame los datos, mañana a primera hora metemos el escrito.

Tomás colgó y miró a su hijo.
—Nos vamos a quedar aquí, ¿sale? Cerquita de tu hermana.
—¿Me puedo quedar contigo para siempre?
Tomás lo miró fijamente.
—A partir de hoy, ya no te suelto.

Tomás se pasó toda la noche sentado en una silla, al lado de la camita del hospital donde Alma dormía conectada al suero. Santiago, ya bien tronado, se había quedado dormido en un sillón con una cobija que le prestó una enfermera. Afuera ya estaba amaneciendo cuando la trabajadora social se volvió a asomar.

—Señor Gutiérrez, necesitamos hacerle unas cuantas preguntas más. Es parte del protocolo.
Tomás asintió sin pararse.
—Claro, pregunte lo que ocupe.
—¿Es la primera vez que los niños se quedan solos con la mamá a cargo?
—Que a mí me conste, sí. Pero mi hijo me dijo que ya los había dejado solos otras veces, aunque por menos tiempo.
—¿Y usted intentó comunicarse con ella el fin de semana?
—No. Me pidió de favor que no le marcara. Dijo que se iba a ir a un rancho donde no había señal con unos amigos. Según ella, quería desconectarse.
—¿Le comentó con quién iba a estar?
—No, nomás me dijo que “con amigos”.
—El Hospital General nos avisó que la señora Vargas ingresó con golpes muy fuertes y traumatismo craneoencefálico. Iba con un hombre que se dio a la fuga. ¿Lo ubica?
—No tengo ni idea de quién sea, pero me imagino que es el novio. Ese güey no me da buena espina desde la primera vez que lo vi.
—Entendemos. Vamos a levantar el acta con todo esto. Por lo pronto, usted se queda como el único responsable temporal de los menores. Se va a mandar el reporte a la fiscalía.

Tomás nomás asintió. No tenía ganas de perder el tiempo en papeleos, pero sabía que lo tenía que hacer por el bien de sus hijos. Al ratito, se acercó una enfermera.
—Señor, la niña ya despertó. ¿Gusta pasar?

A Santiago se le abrieron los ojotes cuando escuchó eso.
—¿Alma ya se despertó?
—Sí, mi cielo, ya puedes pasar a verla.

Los dos entraron al cuarto. Alma estaba muy débil, pero cuando vio a su hermano, estiró los bracitos. Santiago salió corriendo a abrazarla y se subió a la cama con mucho cuidado.
—Te extrañé mucho, Alma.
—Yo también —murmuró la niña, con una vocecita que apenas y se oía.
Tomás se acercó y les hizo piojito a los dos.
—Van a estar bien. Se los juro.

Horas más tarde, le sonó el celular a Tomás. Era un número desconocido, pero contestó de volada.
—¿Bueno?
—¿Señor Tomás Gutiérrez?
—Él habla.
—Le marcamos del Hospital General. La señora Leticia Vargas ya despertó. Andaba preguntando por usted y por los niños. ¿Gusta venir?

Tomás se le quedó viendo a sus hijos un momento.
—Voy para allá.
Antes de salirse, se agachó y le habló a Santiago.
—Voy a ir a ver a tu mamá. Ahorita vengo. Te encargo mucho a Alma, ¿sale?
—¿Sí está bien ella?
—No sé, mijo. Voy a averiguar.

Tomás salió del hospital infantil y manejó en silencio. Cuando llegó al hospital general, le dieron las indicaciones y se subió al tercer piso. Leticia estaba en un cuarto compartido, con la cara toda golpeada y el brazo izquierdo enyesado. Cuando lo vio entrar, agachó la mirada.

—Los niños están vivos.
—Sí.
—¿Qué hiciste, Leticia?
Ella se tardó en contestarle.
—Pensé que no iba a pasar nada. Nomás fui a una fiesta. Quería despejarme un rato. Él me dijo que no nos íbamos a tardar.
—Los dejaste tres días solos. La niña casi se nos muere.

Leticia cerró los ojos. Dos lágrimas le rodaron por los cachetes.
—Ya sé. No sé qué decirte.
Tomás se le acercó, pero no de buena gana.
—Esto va a cambiar. Me voy a quedar con los niños y esta vez no vas a poder hacer nada para evitarlo.
—¿Me los vas a quitar? —le preguntó Leticia con la voz quebrada.
—No es un castigo, Leticia. Es lo que toca. No puedo dejar que esto vuelva a pasar.
—Estaba muy cansada, Tomás. Tú no me entiendes. Me la paso sola con ellos todo el tiempo. No tengo quien me eche la mano. No tengo vida.
—¿Y eso justifica dejarlos encerrados tres días? ¿Sin comer, con fiebre, muertos de miedo, sin saber si ibas a regresar?

Leticia agachó la mirada. Le temblaban las manos sobre la sábana. No dijo ni pío.

—Se te hizo más fácil irte a despejar y por poquito y me los matas.
—Ya lo corté —dijo, que apenitas y se le escuchó.
—¿A quién?
—A Ricardo. Al que iba conmigo en el carro. Me empezó a gritar, me anduvo jaloneando. Me quise regresar a la casa y nos venimos peleando en el carro. De ahí en fuera ya no me acuerdo de nada.
—Te dejó ahí tirada en la carretera y se peló. ¿Y tú esperas que yo vuelva a confiar en ti?
—No te estoy pidiendo eso. Nomás dime cómo están los niños.

Tomás se cruzó de brazos.
—Alma ya despertó. Está débil, pero ya está estable. Santiago se portó como un hombrecito. Me habló, cuidó a su hermanita. Tuvo más responsabilidad de la que tú tuviste.

Leticia soltó un suspiro larguísimo, como si le pesara el aire.
—No merezco ser su mamá.
—La verdad no lo sé, Leticia. Eso no me toca decidirlo a mí ahorita. Pero sí voy a hacer todo lo que esté en mis manos para protegerlos. Ya hablé con mi abogado. El proceso ya está corriendo.
—¿No los voy a poder ver?
—Cuando el juez dé luz verde, y con alguien supervisando. Vas a tener que demostrar que de veras le quieres echar ganas para cambiar.

Leticia no le contestó. Cerró los ojos y dejó que las lágrimas le escurrieran en silencio. Tomás se le quedó viendo unos segundos más y luego se salió del cuarto sin despedirse.

De regreso en el hospital infantil, Santiago y Alma estaban viendo caricaturas en una tablet que les prestó alguien del personal médico. Alma traía el suero en el bracito y una muñeca en las piernas. Santiago volteó cuando vio entrar a su papá.
—¿Fuiste a ver a mi mamá?
—Sí. Está bien. Está un poco golpeada, pero ya está despierta.
—¿Va a venir por nosotros?

Tomás se sentó en la orillita de la cama.
—Por ahorita no. Ustedes se van a venir conmigo. Vamos a estar juntos.
Santiago asintió. No se veía triste, más bien se le notaba aliviado.
—¿Nos vamos a regresar a la casa grande?
—Sí, mijo. Ahí los voy a cuidar.
—¿Y mi mamá?
Tomás lo miró con mucha tranquilidad.
—Tu mamá necesita tiempo. Se tiene que curar. Cuando el doctor y el juez digan que ya está lista, los va a poder ver.

Santiago se acostó junto a su hermanita. Ya no hizo más preguntas. Nomás le agarró su manita y cerró los ojos. Tomás se les quedó viendo. Se puso a pensar en todo lo que había pasado en escasos tres días, en lo cerquita que estuvo de que se le fueran, y en el broncón en el que se estaba metiendo para aprender a ser papá de tiempo completo. Pero estaba puesto, porque esta vez no les iba a soltar la mano por nada del mundo.

La primera noche en la casa estuvo pesada. Alma no se quería dormir sola y Santiago se despertó llorando dos veces. Tomás no sabía ni para dónde hacerse. Nunca se había aventado más de dos días seguidos con los dos juntos. Y ahora era de tiempo completo: hacer de comer, bañarlos, tranquilizarlos, escucharlos, apapacharlos.

Al día siguiente, les cayó una psicóloga infantil del hospital. Platicó con Tomás primero.
—Necesitamos empezarles a dar un acompañamiento. Los dos niños traen señales bien claras de estrés. Sobre todo Santiago; él se siente responsable de todo lo que pasó.
—Él nomás hizo lo que pudo. Le salvó la vida a su hermanita.
—Sí. Pero ahora también trae la carga mental de que la tiene que andar cuidando todo el tiempo, y eso no le hace bien a un niño de 6 años. Y Alma… ella anda a la defensiva. No se le quiere despegar a su hermano para nada, pero tampoco confía en los adultos. Le va a costar trabajo.

Tomás asentía, grabándose todo en la cabeza.
—¿Qué tengo que hacer?
—Lo que ya andas haciendo: estar ahí para ellos, llevarles una rutina, no andar con gritos. Explícales lo que va a pasar, pero no les andes prometiendo cosas que no les puedas cumplir.

Más al rato, la psicóloga platicó a solas con Santiago en el jardín. Mientras, Tomás aprovechó para lavar ropa y prepararles algo de comer. No se sentía precisamente el papá del año, pero le estaba echando ganitas. Después de la plática, Santiago se metió a la cocina.
—Papá, me dijo la señora que te puedo decir si me da miedo algo.
—A mí siempre me puedes decir lo que sientas, campeón.
—¿Y si mi mamá no cambia?
Tomás se agachó y se puso a su nivel.
—Eso no está en tus manos ni en las mías, pero nosotros vamos a estar bien, pase lo que pase.
—¿Sí?
—Y si de veras le echa ganas y cambia, entonces ya nos arreglaremos con los doctores y con el juez. Aquí lo que importa es que ustedes estén seguros y tranquilos.
Santiago asintió. Luego se fue a ver a Alma, que estaba dormida en el sillón abrazada de su muñeca.

Más tarde, a Tomás le marcaron del Hospital General.
—Señor Gutiérrez, la señora Vargas pidió empezar a tomar terapia. Dijo que quiere poner de su parte con lo que el juez le vaya pidiendo.
—¿Y qué dice el parte médico?
—Se está aliviando bien. Ya mero va a poder caminar sin ayuda. El psiquiatra ya la checó y dice que ya está lista para empezar el tratamiento psicológico. ¿Puedo comunicarla con ella?
—Claro, si usted da luz verde, ella está despierta y dispuesta.
Tomás lo dudó un momento.
—Voy mañana, pero todavía no le digan nada a los niños.

Esa noche, Tomás se sentó solo en el comedor. No prendió la tele; nomás escuchaba el ruidito del refrigerador. Tenía miedo. Miedo de regarla, miedo de no saber cómo lidiar con todo el paquete. Pero también sentía algo diferente, como si por fin estuviera haciendo las cosas bien. Checó la hora. Ya era tarde. Se paró, fue al cuarto de los niños y los vio dormir juntitos. Santiago tenía abrazada a Alma, como si todavía no se creyera que ya estaban a salvo. Tomás les hizo piojito despacito. “Nadie los va a volver a dejar solos. Se acabó”.

Al día siguiente, Tomás llegó al hospital general con un sentimiento raro. No era coraje, ni tampoco lástima. Era algo ahí en medio, entre la desconfianza y el deber. Sabía que ver a Leticia no iba a estar pelada, pero lo tenía que hacer. La encontró sentada en una silla de ruedas, con bata de hospital y el pelo amarrado. Tenía la mirada clavada en el piso. Cuando lo vio entrar, apenitas y levantó la vista.

—Gracias por venir —le dijo, con la voz muy apagada.
—No lo hago por ti, lo hago por mis hijos.
—Ya sé. Y tienes toda la razón.

Se hizo un silencio bien incómodo. Tomás se cruzó de brazos.
—Me dijeron que vas a empezar con la terapia.
—Sí. Ya sé que eso no borra lo que hice, pero necesito volver a agarrar las riendas de mi vida. Llevo meses sintiendo que me estoy ahogando.
—Eso no justifica lo que pasó.
—No lo estoy tratando de justificar. Nomás quiero ser sincera contigo. Me perdí, Tomás. Entre la friega del trabajo, los niños, la culpa… y el estúpido ese, me convertí en otra persona.
—”El estúpido ese” que dejó a tus hijos abandonados a su suerte y te dejó a ti desangrándote en una carretera.
—Ya no quiero ni hablar de él. Lo bloqueé de todos lados. Ya no quiero saber nada que tenga que ver con él.

Tomás respiró hondo.
—Dale gracias a Dios que los niños la contaron.
—Ya lo sé. Santiago me dijo “mamá” por última vez el miércoles… a sus 3 años. Desde ahí sentí que todo lo estaba haciendo con las patas.
—Todavía estás a tiempo, pero te la vas a tener que ganar a pulso.
Leticia asintió sin excusarse.
—¿Los puedo ver?
—No. Ahorita andan muy sensibles. Santiago todavía se despierta en las madrugadas pensando que no vas a regresar. Alma no se le despega ni para ir al baño. Los tengo en terapia.
—Yo también voy a tomar terapia.

Tomás se le quedó viendo unos segundos.
—No te la voy a poner fácil, Leticia. Pero si de a de veras le echas ganas y cambias… si de a de veras te comprometes, ya lo platicaremos con el juez. No por ti, por ellos.

Leticia asintió y, por primera vez en semanas, se le asomó una sonrisita débil.
—Gracias.
Tomás se dio la vuelta para irse, pero se frenó antes de salir.
—Todavía no me des las gracias. Haz las cosas bien.

Cuando regresó a la casa, Santiago lo estaba esperando sentado en el comedor con una hoja de papel y crayolas.
—¿Fuiste a ver a mi mamá?
—Sí. Ya anda mejor. Ya se está empezando a aliviar. Va a tomar terapia, así como tú.
Santiago se quedó pensativo un ratito.
—¿Va a regresar?
—Pues eso ya va a depender de lo que diga el juez, de los psicólogos y de ella.
—Yo sí quiero que regrese. Pero… diferente.
Tomás se agachó.
—Eso es lo que todos queremos, mijo. Que se ponga bien. Que sea la mamá que ustedes se merecen.

Santiago le enseñó su dibujo. Era una casa con cuatro monitos: Él, Alma, Tomás y Leticia. Todos con unas sonrisotas.
—¿Tú crees que algún día podamos estar así?
Tomás lo miró a los ojos.
—Si todos le echamos ganas y hacemos lo que nos toca, sí. Pero poco a poco, sin prisas.

Santiago le dio un abrazo a su papá. Alma entró corriendo al comedor con su muñeca, se trepó a la silla y pegó el grito:
—¡Tengo hambre!
Tomás se soltó riendo por primera vez en días.
—¡A todo dar! Vamos a preparar de comer entre los tres.

Esa tarde se aventaron un arroz con huevo. No era un platillo de restaurante, pero se lo echaron los tres sentados en la mesa, como una familia que, a pesar de los trancazos, le seguía echando ganas.

Dos semanas después, a Tomás le llegó un aviso del juzgado de lo familiar. Le habían programado una audiencia para revisar cómo iba lo de la custodia provisional. Tomás ya se lo olía. Desde que Leticia se metió a terapia, el papeleo judicial se movió mucho más rápido de lo que se imaginaba.

Esa mañana se paró tempranito, les hizo el desayuno, fue a dejar a Santiago a la escuela y a Alma se la encargó a una vecina de toda su confianza. De ahí se arrancó pal juzgado con un fólder bajo el brazo. Ahí traía todos los reportes médicos, los psicológicos y la carta de apoyo de la trabajadora social. Leticia ya andaba por ahí. Venía vestida formal, pero sencillita. No se habían visto desde aquella vez en el hospital. Cuando lo vio llegar, levantó la vista con mucho cuidado. Ni se hablaron.

La jueza llegó a la hora exacta.
—Esta audiencia es para darle una revisada a cómo está la situación ahorita con los menores Santiago Gutiérrez Vargas y Alma Gutiérrez Vargas, que por lo pronto siguen bajo la custodia provisional del papá. La mamá, la señora Leticia Vargas, metió un escrito para pedir que se reactive la custodia compartida, ya que empezó con su tratamiento psicológico y cumplió con lo que se le había pedido antes aquí en el juzgado.

Tomás se quedó viendo para el frente. No tenía planeado abrir la boca. La abogada de Leticia fue la que rompió el hielo.
—Su señoría, mi clienta ha seguido al pie de la letra todo lo que le mandó el equipo médico. Ha andado estable, ya terminó la primera parte del tratamiento y trae el visto bueno del Centro de Apoyo Emocional para Madres. Ya tiene dónde vivir, un lugar seguro y aparte, y ya cortó de tajo con su expareja. No está pidiendo que le den la custodia total, pero sí que le den chance de volver a convivir con los niños, poco a poco y bajo supervisión.

La jueza asintió.
—¿El papá tiene algo que decir?
Tomás se paró.
—Yo no tengo bronca con que los niños vean a su mamá. Lo único que pido es que se la lleven leve, que esté alguien checando todo y que no se quieran brincar las trancas. Mis hijos todavía andan asustados, todavía se me despiertan llorando… pero yo sé que les hace falta su mamá. Y si ella de a de veras le está echando ganas, yo no les voy a tapar el camino para que la recuperen.

La jueza le echó un ojo a los papeles un par de minutos.
—Muy bien. Viendo los reportes y que los dos traen buena disposición, el tribunal les aprueba un régimen de convivencia progresiva. Las primeras visitas van a ser en el centro familiar y con una terapeuta supervisando. Cada semana vamos a ir checando cómo van. En tres meses nos volvemos a sentar a ver si ya se puede armar una nueva custodia compartida, claro, si todo pinta bien.

Leticia cerró los ojos un ratito, como si estuviera soltando todo el aire que traía atorado. Tomás les firmó los papeles sin decir ni media palabra. Cuando salieron de la sala, Leticia lo alcanzó en el pasillo.
—Gracias por no hacerla de jamón.
—No vine aquí a pelear. Vine por ellos.
—Esta vez no la voy a cagar.
Tomás asintió.
—Pues ojalá y no.

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