—No me quiero ir contigo.
La niña se hizo chiquita contra la pared, abrazándose las rodillas mientras su respiración se agitaba.
—Sofía, ya deja de hacer tu escándalo —gruñó el hombre, frunciendo el ceño—. Nos vamos a la casa ahorita mismo.
Una enfermera se interpuso entre ellos.
—Señor, cálmese. Necesitamos saber qué pasó antes de dejar que se la lleve.
Sofía negó con la cabeza, aferrándose a su propia ropita. Le temblaban los labios.
—Mi mamá está aquí —susurró, apenas y se le oía.
La trabajadora social, Camila, se arrodilló frente a ella.
—Tu mamá está en el hospital.
La niña asintió rápido, sin soltar su ropa.
—Ella me va a salvar.
El hombre bufó, perdiendo la paciencia.
—No le hagan caso. Siempre inventa cosas. Ya, ven para acá. —Intentó acercarse, pero Sofía se hizo bolita, encogiendo todo su cuerpecito.
—No quiero, no quiero.
Camila se levantó de golpe.
—No se la puede llevar hasta que averigüemos qué está pasando.
El hombre apretó la mandíbula.
—Soy su papá.
—Eso lo vamos a verificar.
Él resopló, mirando a su alrededor muy fastidiado.
—No tienen ningún derecho a retenerla.
Camila se cruzó de brazos.
—Sí, sí lo tenemos.
Se hizo un silencio tenso. El Dr. Ricardo llegó en ese momento con una tablet en la mano.
—Tenemos a una paciente llamada Valeria Pérez. Está en terapia intensiva.
Sofía lo miró con unos ojotes.
—Es mi mamá.
Julián cerró los ojos con pura frustración.
—Esto no tiene nada que ver con nosotros.
Camila tiró a lucas su comentario y se dirigió a Sofía.
—Vamos a verla. ¿Quieres?
La niña asintió con desesperación.
Julián dio un paso al frente.
—Esto es una pérdida de tiempo.
Camila lo miró fijamente.
—Si no hay nada raro, se podrá llevar a Sofía después.
Él se quedó callado. Camila le dio la mano a la niña.
—Ven, vamos.
Sofía se la agarró de inmediato. Mientras se alejaban, Julián los miraba con la cara tensa. Apretó los dedos formando un puño.
Sofía le apretaba la mano a Camila con todas sus fuerzas mientras caminaban por el pasillo. Respiraba muy rápido y volteaba para todos lados, como si tuviera miedo de que Julián la fuera a jalar de regreso en cualquier momento.
—No te preocupes —le susurró Camila—. Nadie te va a obligar a irte si tú no quieres.
Sofía no contestó, solo siguió caminando; sus piecitos descalzos golpeaban el piso frío.
Cuando llegaron a la puerta del cuarto, Camila miró al Dr. Ricardo, quien asintió antes de empujarla con cuidado. El ruido de los monitores y el goteo del suero llenaban la habitación. En la cama, conectada a varias máquinas, estaba Valeria. Sofía le soltó la mano a Camila y salió corriendo hacia ella.
—¡Mamá!
No hubo respuesta. La niña se trepó a la cama, agarrando la mano de su mamá con sus dos manitas.
—Mamá, despierta.
Camila se acercó con cuidado.
—Está muy cansada, pero se va a poner bien.
Sofía se quedó callada, pero los hombros se le movían con cada respiración entrecortada. Entonces, un susurro que apenitas y se oyó rompió el silencio.
—Sofía.
Los ojos de Valeria se abrieron despacito.
—Mamá. —A Sofía le tembló la voz.
Valeria volteó la cabeza con mucho esfuerzo; los párpados le pesaban, como si le costara la vida cada movimiento. Su mirada recorrió el cuarto hasta toparse con Camila.
—No… no la dejen ir —dijo con voz ronca.
A Camila le recorrió un escalofrío por la espalda.
—¿A qué se refiere?
Valeria intentó hablar, pero se ahogó en un hilito de tos. El pecho se le subía y bajaba con dificultad.
Sofía se agarró más fuerte de su mano.
—Mamá, diles. Diles que no quiero regresar con él.
A Camila se le oscureció la mirada.
—¿Él?
Valeria hizo un esfuerzo para poder contestar.
—Julián… no es su papá.
Camila sintió que el aire se ponía pesado en la habitación.
—¿Cómo que no?
—Él… él me la quitó.
El Dr. Ricardo miró a Camila muy serio.
—Voy a darle aviso a las autoridades.
Sofía volteó la cabeza de volada.
—¿Qué va a pasar?
Camila se hincó junto a la cama.
—Voy a averiguar la verdad. ¿Sale? No tienes que regresar con él si no quieres.
Sofía apretó los labios.
—Pero… él me dijo que mi mamá se había muerto.
Valeria le apretó la mano a su hija con todas las fuerzas que pudo sacar.
—Nunca… nunca le creas nada de lo que te diga.
Sofía miró a su mamá con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Ya nos podemos ir a la casa?
Valeria tragó saliva con dificultad.
—Pronto, mi amor.
Camila se paró; su cabeza iba a mil por hora. Si Julián no era el papá de Sofía, todo lo que había dicho era una mentira, y eso significaba que algo muchísimo peor estaba pasando.
—Esto no tiene ni pies ni cabeza —murmuró Camila mientras salía del cuarto.
El Dr. Ricardo iba a su lado, frunciendo el ceño.
—Si esa mujer está diciendo la verdad, entonces Julián ha estado mintiendo desde el principio.
—Necesito checarlo —dijo Camila, metiéndole pata.
Sabía que Julián seguía esperando en el pasillo, seguro echando chispas por la tardanza. No iba a permitir que se llevara a Sofía hasta que todo estuviera bien claro. Cuando llegó a la zona de admisión, Julián estaba parado con los brazos cruzados y la mandíbula tensa.
—Entiendo su preocupación, pero Sofía se tiene que ir conmigo —dijo Julián, tratando de no perder los estribos.
A Camila no le cambió la cara para nada.
—Su mamá está consciente y dijo que usted no es su papá.
Julián soltó el aire de pura frustración, pero forzó una sonrisa.
—Mire, esa mujer está muy enferma. No sabe ni lo que dice. Yo soy el que ha cuidado a Sofía todos estos años.
Camila sacó su celular y empezó a tomar notas.
—Entonces, no va a tener ningún problema en enseñarnos los papeles legales que lo comprueben.
Él chasqueó la lengua.
—Yo no tengo por qué demostrarle nada a usted. Sofía lleva años viviendo conmigo. Es mi hija a todas luces.
—”Lleva años con usted” —repitió Camila, checándolo con atención.
Julián frunció el ceño.
—Sí. Desde que su mamá desapareció.
Camila sintió un escalofrío.
—Su mamá no desapareció. Está en este hospital, en una cama.
Julián cerró los ojos por un segundo, como queriendo controlarse la rabia.
—Ya no voy a alegar más. Regréseme a mi hija.
—No hasta que tengamos respuestas.
En ese momento, dos policías entraron a recepción. Uno de ellos se dirigió a Camila.
—Recibimos su reporte. ¿Cómo está la situación?
Camila dio un paso al frente.
—Necesitamos verificar qué parentesco hay entre este señor y una menor de edad. La mamá de la niña dice que no es su papá.
Julián levantó las manos, fingiendo indignación.
—Esto es una ridiculez. Ahora resulta que me tachan de secuestrador.
Uno de los policías sacó una libreta.
—Nada más queremos checar los papeles, señor. Si todo está en regla, se la va a poder llevar.
Julián respiró hondo.
—Bueno, voy a mi casa por los papeles.
Camila negó con la cabeza.
—Sofía se queda aquí hasta que todo se aclare.
A Julián se le oscureció la mirada.
—Tú no puedes hacer eso.
El policía se metió, con voz firme.
—De hecho, sí, sí podemos.
Julián apretó los puños, pero no dijo ni pío. Se dio la media vuelta y salió del hospital. Camila sintió un hoyo en el estómago.
—Va a regresar.
El policía la miró muy serio.
—Sí, pero ahora ya sabemos que algo esconde.
Camila se regresó al cuarto de Valeria. Sofía estaba sentada en una silla junto a la cama, agarrándole la mano a su mamá.
—¿Ya se fue? —preguntó la niña en voz bajita.
—Por ahorita, sí.
Sofía bajó la mirada.
—Va a volver. Siempre vuelve.
Camila se hincó a su lado.
—Pero esta vez aquí estamos nosotros. No te va a llevar.
Sofía la miró con desconfianza.
—Eso fue lo que dijo mi mamá la última vez, y él nos encontró.
Camila volvió a sentir el hoyo en el estómago.
—¿La última vez?
Valeria respiró con dificultad.
—Tratamos de escaparnos hace un mes, pero nos alcanzó en la carretera. Yo tuve el accidente porque venía huyendo.
Camila tragó saliva.
—¿Siempre ha sido violento?
Valeria cerró los ojos.
—Al principio no, pero cuando me di cuenta de lo que era capaz, ya era demasiado tarde.
Camila respiró hondo.
—Voy a hacer hasta lo imposible para que no las vuelva a tocar.
Sofía la miró con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Lo prometes?
Camila le agarró las manitas.
—Lo prometo. —Pero en su cabeza, sabía que Julián no iba a soltar el golpe tan fácil.
Camila salió del cuarto con el corazón a mil por hora. Sabía que no le quedaba mucho tiempo antes de que Julián regresara con algún papel falso o algún pretexto que enredara todo. Necesitaba pruebas antes de que fuera muy tarde. Al llegar a recepción, vio a los dos policías platicando con el doctor Ricardo. Se les acercó de volada.
—Necesitamos checar si Julián tiene algún documento legal sobre Sofía —dijo en voz baja—. Pero, más importante que eso, quiero saber si hay algún reporte de que la niña esté desaparecida.
Uno de los policías agarró su radio y pidió que le checaran la información.
—Si Valeria está diciendo la verdad, entonces Sofía debería estar registrada con sus apellidos, y si se la robaron, a fuerza tiene que haber una denuncia.
El otro policía frunció el ceño.
—Si a la mamá la tuvo encerrada tanto tiempo, igual y nunca pudo ir a denunciar.
Camila tragó saliva.
—Entonces tenemos que buscarle por otro lado para comprobarlo.
Sonó el radio del policía.
—Aquí central. Encontramos un reporte de desaparición de hace 3 años. Una menor de nombre Sofía Pérez. Madre: Valeria Pérez. A Camila se le cayó el alma a los pies.
—Sí, pero el caso lo dieron carpetazo —El policía miró a Camila muy serio—. No nos dio tiempo de rascarle más a fondo antes de que Julián intentara llevársela.
Camila sintió un escalofrío por toda la espalda al pensar en que Julián la tenía controlada. Los policías cruzaron miradas.
—Eso quiere decir que este cuate ha tenido a la niña todo este tiempo sin ningún derecho legal, y que a Valeria la tuvo encerrada para que no lo fuera a denunciar.
Camila respiró hondo.
—Con esto ya podemos retener a Sofía aquí.
El policía asintió.
—Vamos a ocupar hablar con la mamá para meter su declaración.
—Yo me echo ese trompo a la uña.
Camila dio media vuelta y se regresó al cuarto. Sofía seguía sentada junto a su mamá, agarrándole la mano. Levantó la vista cuando entró Camila. Ella se acercó y se inclinó junto a Valeria.
—Me acabo de enterar de que reportaste que Sofía había desaparecido hace 3 años, pero le dieron carpetazo al caso.
A Valeria se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Porque él me obligó. Me dijo que si le seguía moviendo, me iba a quitar a mi hija para siempre.
Sofía se pegó al cuerpo de su mamá.
—¿Eso quiere decir que ya no me tengo que ir con él?
Camila le hizo piojito con mucha ternura.
—Eso quiere decir que, legalmente, tú nunca debiste haber estado con él.
Sofía se mordió el labio.
—Entonces… ¿ya no va a venir por mí?
Camila dudó. Sabía que Julián no iba a tirar la toalla tan fácil.
—Vamos a hacer todo lo que esté en nuestras manos para que eso no pase.
Menos de media hora después, la voz de Julián retumbó en la recepción del hospital.
—¡Esto es un atropello!
Camila salió del cuarto y se lo topó alegando con los policías.
—Señor, usted no tiene la custodia legal de la menor —le dijo uno de ellos.
Julián sacó un sobre de la bolsa del pantalón y lo empezó a agitar en el aire.
—Aquí traigo su acta de nacimiento con mis apellidos.
El policía se la quitó y la revisó.
—Vamos a checar si es de a de veras. Si es auténtica, entonces no va a tener bronca en esperarse.
Julián apretó los dientes.
—No voy a permitir que me quiten a mi hija.
Camila se cruzó de brazos.
—Ella no es su hija.
A Julián le echaron chispas los ojos de puro coraje.
—¡Yo la crie durante tres años!
—En contra de la voluntad de su mamá.
Julián se le fue encima, con la cara desfigurada por la rabia.
—¡Esa vieja no sabe ni qué onda! ¡Yo le di una vida estable a esa niña!
Camila no se inmutó.
—Usted se la robó.
Los policías le entraron al quite antes de que la cosa se pusiera más fea.
—Necesitamos que nos acompañe para contestar unas preguntitas.
—Yo no voy a ningún lado sin Sofía.
—No es si quiere.
Julián fulminó a Camila con una mirada de odio.
—Esto no se ha acabado.
Ella le sostuvo la mirada.
—No, pero para usted sí.
Los policías lo sacaron escoltado. Camila respiró hondo y se regresó con Sofía. La niña la miró con los ojos llenos de esperanza.
—¿Se fue?
Camila asintió.
—Sí.
Sofía suspiró.
—¿Para siempre?
Camila le acarició la cabeza.
—Eso va a depender de lo que pase ahorita.
Sofía se abrazó a su mamá con todas sus fuerzas.
—Yo nomás me quiero ir a mi casa con ella.
Valeria cerró los ojos, muy cansada, pero con una sonrisita.
—Lo vamos a hacer, mi amor. Lo vamos a hacer.
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