La primera vez que Mariela Cruz pensó que un bebé se le estaba muriendo en los brazos, lo único que sintió fue rabia. Rabia contra el sol aplastando la Ciudad de México, contra el reloj que ya la estaba dejando sin beca, contra los coches polarizados de la gente rica y, sobre todo, contra el silencio extraño de ese niño que había dejado de llorar demasiado pronto.
A las 12:47 del día, la banqueta de Polanco parecía un sartén. El aire salía caliente de los escapes, las llantas rechinaban, y la gente caminaba con esa prisa elegante de quien nunca ha tenido que escoger entre el pasaje y el desayuno. Mariela corría con la falda del uniforme pegada a las piernas por el sudor, la mochila vencida sobre un hombro y los tenis blancos, ya grisáceos, golpeando el pavimento a un ritmo desesperado. Iba tarde por 3era vez en la semana. Si llegaba tarde otra vez, la coordinadora podía retirarle la beca del bachillerato técnico. Sin beca, no había escuela. Sin escuela, solo quedaba regresar a vender gelatinas con su mamá y cuidar a su hermano menor en las tardes.
—No hoy, por favor, no hoy —se iba diciendo, con la respiración rota.
Había salido de Iztapalapa antes de las 6, como todos los días. Metro lleno, microbús descompuesto, una señora desmayada en el andén, luego una caminata más larga de lo normal porque el camión que la acercaba a la prepa no pasó. Ya venía con la angustia mordiendo fuerte cuando escuchó algo que no encajaba con el ruido de la avenida.
Al principio creyó que era un gato.
Luego se detuvo.
Era un quejido corto, húmedo, casi apagado.
Giró la cabeza y lo ubicó: venía de una camioneta Range Rover negra estacionada junto a una fila de jacarandas, cerrada, impecable, con los vidrios tan oscuros que de lejos parecían espejos. Se acercó por pura inquietud, pegó la frente al cristal trasero y sintió un golpe en el pecho.
Había un bebé.
Muy pequeño.
Amarrado en su sillita.
La carita roja como quemada.
La cabeza vencida hacia un lado.
La ropa empapada de sudor.
Mariela golpeó el vidrio.
—¡Eh! ¡Hay un bebé aquí! ¡Oiga!
Nadie respondió. Miró a su alrededor. Un valet salía de un restaurante con una charola vacía. 2 hombres de traje estaban fumando bajo una sombrilla. Una señora con lentes oscuros hablaba por teléfono. Todos miraron apenas, con fastidio, como si la voz de Mariela formara parte del desorden de la calle.
Volvió a pegar las manos al cristal.
—Mi amor, mírame… mírame tantito…
El niño lanzó un gemido débil.
Después, nada.
Ese nada fue lo que la aterró.
Recordó una noticia que había oído en la tele de la vecina: bebés muertos por calor dentro de un coche, 10 minutos bastaban, menos si el sol estaba así. Metió la mano a la bolsa de la falda buscando el celular, pero lo traía sin saldo. Levantó el brazo.
—¡Ayúdenme! ¡Está encerrado!
Un hombre volteó desde la sombra.
—Seguramente ahorita regresan los papás.
—¡Pues no están!
—No te metas en problemas, niña —dijo otro, sin moverse.
Mariela sintió que algo le subía desde el estómago hasta la garganta. Miró el reloj. 12:49. Miró otra vez al bebé. Ya casi no se movía. El interior de la camioneta se veía ondulado por el calor. El aire allá adentro debía ser un infierno.
En el suelo, junto a un árbol joven, había un pedazo de concreto roto.
Lo alzó.
Por 1 segundo dudó.
Pensó en el precio del vidrio, en la policía, en la gente grabando, en que a una muchacha como ella siempre le creen menos, en que bastaba una acusación para arruinarle la vida.
Luego vio que el bebé ya no lloraba.
Y aventó el bloque con toda su fuerza.
El estallido fue seco, brutal. La alarma comenzó a chillar como un animal herido. Mariela metió el brazo entre los picos del vidrio, se cortó la mano, buscó el seguro a tientas, abrió la puerta y una bocanada de aire insoportable le pegó en la cara. El calor que salió de la camioneta parecía de horno encendido.
—No, no, no, no… aguanta…
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