Cuando el empresario más influyente de las Lomas se levantó frente al juez, apuntó con el dedo a su empleada doméstica y la llamó ladrona, todo el mundo en esa sala creyó que la iban a despedazar en minutos, porque de un lado estaba un hombre acostumbrado a comprar silencios, y del otro, una mujer de limpieza con zapatos gastados, sin abogado y con un niño de 12 años apretando algo en la bolsa del uniforme escolar como si le fuera la vida en eso.
La sala de oralidad del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México estaba llena desde temprano. Había reporteros, empleados de las constructoras de Arturo Del Valle, curiosos, gente que había ido nomás a ver cómo se hundía una mujer pobre acusada de robar un anillo de 6 millones de pesos. Rebeca Hernández entró con la espalda recta, aunque por dentro sentía que se estaba cayendo a pedazos. Llevaba una blusa blanca tan planchada que parecía prestada, un folder con recibos y copias mal sacadas, y a su lado iba su hijo Matías, callado, pálido, distinto al niño despierto que ella conocía.
Enfrente, Arturo Del Valle parecía dueño hasta del aire. Tenía 59 años, una cadena de desarrollos inmobiliarios, amistades en el gobierno, tres abogados de traje oscuro y esa clase de seguridad que solo da el dinero viejo mezclado con impunidad. A su lado estaba su esposa, Marcela, con lentes oscuros y un gesto de asco mal disimulado, y unas filas atrás, desparramado como si aquello le diera flojera, su hijo Santiago, 24 años, junior de manual, experto en gastar fortunas ajenas, en meterse en fiestas donde corría de todo menos la vergüenza, y en volver a casa como si el mundo entero estuviera para cargar sus consecuencias.
El caso, en apariencia, era sencillo: había desaparecido un anillo familiar con diamantes y esmeralda, una joya heredada por la abuela de Arturo, y la única persona ajena a la familia que había estado esa mañana en el vestidor principal era Rebeca. Para la mayoría, eso bastaba. En México, a una mujer pobre no le piden pruebas para desconfiar de ella; le basta con estar en el lugar equivocado al servicio de la gente equivocada.
Rebeca tenía 43 años y había llegado a la capital desde la Mixteca oaxaqueña 9 años atrás con un hijo chiquito, una maleta de ropa sencilla y la idea necia de que trabajar honradamente todavía servía de algo. Al principio limpió oficinas, luego casas por horas, hasta que una agencia la acomodó en la residencia de los Del Valle, en Bosques de las Lomas, una mansión con mármol importado, ventanales gigantes, cocina más grande que el cuarto donde ella rentaba en Iztapalapa y una alberca que nadie usaba más que para las fotos.
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