Camila sonrió, pero muy en el fondo sabía que la historia todavía no terminaba. Sofía no se le despegó a su mamá en toda la noche. Se quedó ahí sentada en la silla junto a la cama, con la cabeza recargada en su brazo, como si tuviera miedo de que si la soltaba, Valeria se iba a desaparecer. Camila las veía desde la puerta. Le había tocado trabajar en muchísimos casos de abuso, pero este se sentía muy diferente. Había algo en la forma en que Sofía se aferraba a su mamá, en cómo Valeria le hacía piojito con sus dedos sin fuerzas; no las podían separar.
Un oficial entró al cuarto sin hacer ruido y le hizo señas a Camila para que saliera.
—Julián está guardado por ahorita, pero su abogado ya se anda moviendo —le susurró el policía—. Si no conseguimos pruebas pesadas, nos lo pueden soltar en unos días.
Camila sintió la pedrada de esas palabras.
—No podemos dejar que eso pase. La única manera de asegurarnos de que no se les vuelva a acercar es con lo que nos digan Valeria y Sofía. —Camila volteó a ver hacia el cuarto—. Voy a platicar con ellas.
Entró a paso firme y se agachó junto a Sofía.
—Necesito que me ayudes, preciosa.
La niña la miró con ojitos de no saber qué onda.
—¿Qué pasa?
—Quiero que me platiques todo lo que pasó cuando vivías con Julián. Todo de lo que te acuerdes.
Sofía agachó la cabeza.
—Él decía que mi mamá se había ido porque no me quería.
Valeria apretó la mandíbula y cerró los ojos, adolorida. Camila se esperó un momento antes de seguirle.
—¿Alguna vez te pegó o te hizo daño?
Sofía negó con la cabeza.
—No me pegaba, pero siempre me andaba diciendo que si me trataba de escapar, me iban a encontrar unas personas malas.
Camila frunció el ceño.
—¿Cuáles personas malas?
—No sé. Nunca me decía quiénes eran, nomás que estaban esperando para hacerme daño.
Camila volteó a ver a Valeria.
—¿A ti te decía lo mismo?
Valeria suspiró.
—Sí. Y yo sabía que si me trataba de pelar y me encontraba, esta vez sí me iba a quebrar.
Camila tragó saliva.
—Nos vamos a asegurar de que nunca más les pueda volver a poner un dedo encima.
Sofía la miró con los ojos llorosos.
—¿Lo prometes?
Camila le agarró las manos con mucha ternura.
—Lo prometo. —Pero por dentro, sabía que la bronca todavía no se acababa.
Camila checó su celular. Se la había pasado en contacto con la policía y la fiscalía desde temprano. Aunque Julián seguía en los separos, su abogado andaba duro y dale para que lo soltaran por falta de pruebas fuertes. Necesitaban meterle acelerador al asunto.
Se regresó al cuarto de Valeria. Se encontró a Sofía sentada en la cama junto a su mamá, jugando con sus dedos como si fueran su amuleto de la suerte.
—Necesito platicar contigo, Valeria —le dijo Camila con voz suave.
La mujer le echó una mirada de puro cansancio.
—Julián sigue guardado por ahorita. Sí, pero su abogado ya se anda moviendo en chinga. Necesitamos algo más para asegurarnos de que no se les vuelva a acercar.
Sofía se agarró del brazo de su mamá.
—No quiero regresar con él.
Camila le acarició la cabeza.
—Por eso necesitamos que tu mami nos eche la mano.
Valeria cerró los ojos. Respiraba muy pesado, como si le costara la vida cada palabra.
—Yo… estoy muy cansada.
—Ya sé, pero esto es súper importante —insistió Camila—. ¿Tienes algún papel o alguna prueba que demuestre lo que te hizo?
Valeria trató de moverse, pero soltó un quejido de dolor.
—Mi celular… está en mi bolsa.
Camila buscó en la bolsa que estaba en el buró junto a la cama. Encontró el celular de Valeria y lo prendió. Traía la pantalla toda estrellada, pero todavía jalaba. Le buscó entre las fotos y se topó con unos mensajes de texto. Eran de Julián: “Si lo vuelves a intentar, te vas a arrepentir”. “No te me puedes escapar, Valeria”. “Sofía es mía. Tú ya le vales madre”.
Camila tragó saliva.
—Con esto la armamos.
Valeria asintió un poquito y volvió a cerrar los ojos. Sofía le agarró la mano todavía más fuerte.
—Mami, aquí estoy, mi amor —susurró Valeria. Pero la voz se le oyó más apagada que antes.
—¿Mami? —insistió Sofía, moviéndola suavecito.
Valeria no contestó. El monitor empezó a hacer un ruidito disparejo.
—¡Doctor! —pegó el grito Camila.
Todo un equipo médico entró corriendo al cuarto. Sofía se soltó llorando.
—¡Mamá, despierta!
Camila la agarró, haciéndola para atrás de la cama.
—La van a ayudar, mi niña. Tranquila.
Los doctores se movían rapidísimo. Uno de ellos la miró muy preocupado.
—Trae una complicación muy grave. La vamos a pasar a quirófano ahorita mismo.
Sofía lloraba a mares abrazada de Camila.
—¡Me dijiste que todo iba a estar bien!
Camila la abrazó con todas sus fuerzas.
—Va a salir de esta, mi amor. —Pero, por primera vez, ni ella misma se creía sus propias palabras.
Camila caminaba de un lado a otro afuera del quirófano, con un hoyo en el estómago. Sofía estaba sentada en una de las sillas del pasillo, con la vista clavada en el piso y abrazándose las piernas. Llevaba un buen rato sin decir ni media palabra.
—¿Quieres poquita agua? —le preguntó Camila con dulzura.
Sofía negó con la cabeza.
—Yo nomás quiero que mi mamá se despierte.
Camila se agachó junto a ella y le hizo piojito.
—Los doctores están haciendo hasta lo imposible.
La niña levantó la vista, con una carita de puro terror.
—Pero… ¿y si no la arman?
A Camila se le hizo un nudo en la garganta. No le podía prometer algo que no sabía si se iba a cumplir.
Antes de que le pudiera contestar, apareció uno de los policías en el pasillo.
—Ocupamos hablar contigo, Camila.
Ella se paró y se hizo unos pasos para atrás, pero Sofía se le pegó luego luego.
—Díganme aquí mismo.
El policía suspiró.
—Ya hablamos a la fiscalía. Por ahorita, Julián no alcanza fianza. Pero su abogado está peleando con todo. Si Valeria no se alivia pronto para dar su declaración, él podría alegar que el caso no tiene pies ni cabeza.
Camila sintió que se le helaba la sangre.
—¿Aun con las amenazas en el celular?
—Sí. Él está alegando que no hay pruebas físicas de que de veras tuvo a la niña a la fuerza. Necesitamos pruebas más pesadas.
A Camila se le apachurró el corazón.
—¿Qué me quieres decir?
—Si la mamá no está en condiciones de hacerse cargo de la niña, la podrían mandar a un albergue temporal.
—¡No! —gritó Sofía—. ¡Yo no me quiero ir con nadie más!
Camila la abrazó de volada.
—Tranquila, todavía no llegamos a esos extremos.
El policía bajó la voz.
—Julián sigue siendo un peligro, pero si logra salir con la ayuda de un buen abogado, podría querer pelear sus derechos sobre la niña.
A Camila le recorrió un escalofrío por toda la espalda.
—No podemos dejar que pase eso. Necesitamos que la mamá despierte y nos firme los papeles para que le den la custodia a ella solita. —Camila miró la puerta del quirófano—. O sea que todo depende de si la libra.
Sofía sollozaba abrazada a su pecho.
—Mi mamá dijo que nos íbamos a ir juntas.
Camila apretó los labios.
—Vamos a hacer todo lo que se pueda para que así sea, Sofía.
Pero la niña seguía temblando en sus brazos.
—Ya no me quiero quedar sola otra vez.
Camila tragó saliva y le dio un beso en la cabeza.
—No te vas a quedar sola. No lo voy a permitir.
Pero en el fondo, no se podía sacar de la cabeza lo que le había dicho el policía. Si Valeria no despertaba, lo que pasara con Sofía ya no iba a estar en sus manos.
El pasillo del hospital estaba en un silencio absoluto. Sofía ya tenía rato que no hablaba. Seguía abrazada a sus rodillas en la silla de plástico, recargando la cabeza en las piernas de Camila. No estaba dormida, pero tampoco reaccionaba. Nomás veía el piso con la mirada perdida. Camila no la podía culpar. Ya habían pasado horas desde que los doctores metieron a Valeria a cirugía y todavía no sabían nada. El tiempo se sentía rarísimo, como si cada minuto durara una eternidad.
Los dedos de Camila le hacían piojito a Sofía sin pensarlo. No dejaba de darle vueltas a qué iban a hacer si Valeria no la contaba. Sofía era muy fuerte, pero ya había aguantado demasiados trancazos. No era justo que tuviera que pasar por otra pérdida.
Un ruido en el pasillo hizo que levantara la cabeza. El Dr. Ricardo salió por la puerta del quirófano quitándose el cubrebocas. Venía muy tenso. Camila se paró de un salto, con el corazón saliéndole por la boca.
—¿Cómo está?
Ricardo se paró frente a ella y soltó un suspiro.
—Aguantó la cirugía, pero sigue estando muy delicada. Se nos complicó la cosa y las próximas horas van a ser de vida o muerte.
Camila sintió que se le movía el piso.
—¿Va a despertar?
—Todavía no lo sabemos.
Un jadeo chiquito rompió el silencio. Camila bajó la mirada y vio que Sofía también ya se había parado. Estaba agarrando la orilla de su blusa con sus manitas y le brillaban los ojitos de estarse aguantando las ganas de llorar.
—¿La puedo ver?
Ricardo lo dudó un segundo, pero terminó asintiendo.
—Nomás un ratito.
Sofía no se esperó más; se soltó de Camila y salió echando chispas por el pasillo.
—¡Sofía, espérate! —le gritó Camila, yéndose detrás de ella.
Pero la niña ni se frenó. Corrió por todo el hospital hasta llegar al cuarto a donde habían pasado a Valeria. Cuando llegó, se quedó paradita en la puerta, respirando muy agitada.
Adentro, el cuarto estaba todo blanco, en silencio. Lo único que se oía era el “pip, pip” de los monitores que tenía conectados su mamá. Valeria estaba acostada en la cama; se veía más pálida que nunca y le costaba trabajo respirar. A Sofía se le hizo un nudo en el pecho.
—Mami —susurró la palabra con miedo, como si creyera que con su voz la iba a quebrar.
Nada.
La niña caminó con pasitos inseguros hasta la cama y se trepó con mucho cuidado. Se acostó juntito a su mamá, agarrándole la mano con las suyas.
—Mamá, por favor… despierta.
Camila se quedó en la puerta, viéndolas sin hacer ruido.
—Mami, tú me dijiste que nos íbamos a ir juntas. —Sofía se hizo bolita, escondiendo su carita en el brazo de su mamá—. Me dijiste que todo iba a estar bien. Me dijiste que me ibas a salvar.
Camila apretó los labios y sintió que le ardían los ojos. En eso, vio que algo se movía. Al principio pensó que eran figuraciones suyas, pero luego volvió a pasar. Los dedos de Valeria se movieron. Sofía se quedó tiesa.
—¿Mamá?
Un susurro bien bajito se escapó de los labios de Valeria.
—Sofía.
A la niña se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¡Mamá!
Camila se acercó de volada mientras Valeria parpadeaba muy despacito.
—Sofía… —Su voz casi ni se oía, pero Sofía sí la escuchó y se agarró más fuerte de su brazo.
—Aquí estoy, mami. No me fui.
Valeria trató de mover la otra mano y, con mucho trabajo, le acarició el pelo a su hija.
—La libramos.
Sofía estaba llore y llore, pero esta vez ya no era de miedo.
—Sí, mami. La libramos.
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