Ella me vio serio. Si te hubieras quedado, los tres estarían muertos, dijo. Él no quería eso. Por eso te dio la dirección. Tú cumpliste tu parte. Yo apreté los puños sobre las rodillas. ¿Y ahora qué? Pregunté. Nada más me voy y ya. Hago como que no pasó nada. No, dijo la mujer. Nada de hacer como que no pasó nada. Vas a vivir sabiendo lo que viste y eso ya te cambia, pero tampoco puedes ponerte a jugar al héroe donde no te toca.
Él ya estaba metido hasta el cuello desde antes. Tú no. La muchacha levantó la cabeza. ¿Y él cree que va a salir de esta? Preguntó. La mujer. Tardó en responder. Él nunca piensa en si va a salir o no. dijo al final, “Piensa en si la persona que está ayudando sale. Hoy eres tú, mañana será otro. Así funciona su cabeza. es su modo de vivir. Y si no se muere por balas, se va a morir por eso mismo, por no saber quedarse al margen.
Eso me pegó fuerte porque era cierto. Lo había visto muchas veces ayudar en cosas que nadie le pedía, pagarle la operación a un niño, sacar a un borracho de una bronca, meterse a hablar con gente peligrosa para que soltaran a alguien. Siempre se metía, aunque nadie se enterara. La mujer se levantó. Ella se queda aquí, dijo, “Tenemos un cuarto preparado. No es hotel de lujo, pero está segura. Tú, Julián, vas a regresar a tu casa, vas a ver a tu familia, vas a hacer que este día parezca normal.
Y si alguna vez te preguntan por mí o por esta casa, no nos conoces.” Yo sentí un hoyo en el estómago y si él, si el señor Mario me necesita. Ella me miró con una seriedad que no voy a olvidar. Si él te necesita, va a encontrar como decirte siempre encuentra. Pero hoy, hoy lo único que necesitaba era que cumplas lo que hiciste. Traerla viva hasta aquí. Lo demás, déjaselo a él y a los que estamos del otro lado de esta puerta.
La muchacha se paró, se acercó a mí y me tomó la mano. “Gracias”, me dijo. No sé cómo pagarle. Yo solo alcancé a decirle, “Págame viviendo, mi hija.” Ya con eso me solté de su mano despacio. Me paré y caminé hacia la puerta. La mujer la abrió, miró hacia la calle, se aseguró de que no hubiera nadie y me dejó salir. Antes de cerrar me dijo, “Julián, por si algún día dudas, él no hace cosas malas. Hace cosas sucias para limpiar un poco de tanta mugre.
No es lo mismo.” Asentí con un nudo en la garganta. Salí a la calle. El aire de afuera olía igual, pero yo ya no era el mismo. El coche seguía donde lo dejé. quieto, paciente, como si solo hubiera sido una vuelta cualquiera. Subí, encendí el motor y ahí, con las manos en el volante entendí algo que me había faltado. El plan nunca fue que todos saliéramos bien librados. El plan era que ella viviera, aunque eso significara que él se quedara adentro.
Y esa era la pieza del plan que yo no quería aceptar. Cuando salí de esa casa, sentí que el aire era otro. No porque hubiera cambiado el clima, sino porque adentro dejé algo que no se ve. A la muchacha viva y al señor Mario jugándose quién sabe qué allá arriba con un sobre vacío y un montón de tipos que no conocen la palabra límite. El coche seguía estacionado donde lo había dejado, quietecito, como si nada. Me subí, encendí el motor, pero no arrancaba.
Tenía las manos en el volante y la cabeza todavía metida en el edificio, en los gritos del pasillo, en la cara de Mario cuando dijo, “El mío se queda arriba.” Antes de que me abriera la puerta, la señora de la casa me había dicho una cosa más, casi al oído. Si después de un rato necesitas saber algo, marca a este número desde una caseta. No desde tu casa, no desde el trabajo, de una caseta. Y no preguntes quién te contesta.
Me había dado un papelito doblado con un número escrito a mano. En ese momento ni le hice mucho caso. Ahora lo sentía ardiendo en la bolsa de la camisa. Respiré hondo, metí primera y avancé unas cuadras. No tenía claro si irme directo a mi casa o dar vueltas para enfriar la cabeza. La ciudad empezaba con su ruido de siempre. camiones, gente abriendo cortinas metálicas, el olor a pan recién salido de las panaderías. En una esquina vi una caseta telefónica de las viejas, de esas azules, con el vidrio rallado y la bocina colgando chueca.
Frené. Me quedé viendo la caseta como si fuera una puerta rara. Si entraba, ya no había vuelta atrás. Al final paré el coche junto a la banqueta, apagué el motor y me bajé. Caminé hasta la caseta con las piernas pesadas, saqué el papelito, ahí estaba el número, claro. Metí unas monedas, marqué despacio, número por número. El tono empezó a sonar. Una vez, dos, tres. Bueno, contestó una voz de hombre. No dijo quién habla ni oficina de no sé qué, solo bueno.
Busco al señor, dije. Me dieron este número. Hubo un silencio pequeño y luego escuché la voz que conocía mejor que las marchas de sus películas. Llegaste, dijo Mario. Se me apretó la garganta. Sí, Mario, contesté. La dejé donde me dijo. La señora la recibió. Dijo que ahí se encargan. Se escuchó como si él soltara el aire por la nariz. Entonces, ya se hizo lo importante, dijo. Yo apreté más fuerte la bocina. Y usted, pregunté, ¿sigue ahí arriba?
Aquí ando, respondió. Todavía no me bajan. Y mejor que no te lo describa. Intenté imaginar dónde estaba, si en el mismo edificio, en otro cuarto, frente a los mismos tipos que lo querían doblar. Dígame, ¿dónde está y voy por usted. Solté sin pensar. Se rió bajito, pero cansado. Tú no vas a ningún lado, dijo. Si te ven cerca, nos cargan a los dos y pa acabarla. Tiras al suelo lo que ya hicimos. Me quedé callado un momento con la frente recargada en el vidrio frío de la caseta.
No me gusta dejarlo ahí, Mario. Admití. Se siente como si lo hubiera vendido. Tú cumpliste tu parte, contestó. Trajiste a la muchacha viva hasta donde tenía que llegar. Lo demás ya era mío desde antes de que tú te subieras a este coche. Hubo un silencio raro de esos que pesan. Nada más dígame una cosa insistí. ¿Tienes salida? tardó en responder. Escuché ruidos de fondo, pasos, un portazo lejano. Salida siempre hay, Julián, dijo. No más que unas son pa seguir aquí y otras son pa descansar.
Se me hizo un nudo en el estómago. No hable así, dije. Hay gente que lo necesita. La gente no necesita a Mario Moreno, respondió tranquilo. Necesita que alguien haga cosas aunque no salgan en los periódicos. Y de esos, gracias a Dios, no soy el único. Se oyó como si alguien le hablara de lejos. Me tengo que cortar, agregó. Ya vienen otra vez con sus preguntas. Mario, alcancé a decir. Yo sé quién es usted. Yo lo vi. Nadie me lo tiene que contar.
Hubo un silencio cortito y luego su voz más suave. Con eso me basta. Cuida tú el camino. El mío ya estuvo y colgó. Me quedé con la bocina pegada a la oreja escuchando nada. Luego el tono seco, sin alma. Colgué despacio. Salí de la caseta y me quedé un rato en la banqueta. Viendo pasar coches como si fueran de otro mundo. Subí al mío otra vez. Pero en lugar de irme directo a casa, hice lo que él me había dicho que no hiciera.
Me acerqué a la zona del edificio. No me metí en la misma calle. Claro. Di vuelta unas cuadras antes y me estacioné detrás de un camión repartidor desde donde se veía la fachada de lejos. El cielo empezaba a aclarar. Ese gris de antes del amanecer. El edificio se veía igual que siempre. gris, cuadrado, sin chiste, pero había más movimiento que la vez anterior. Camionetas sin rótulos, un par de coches oficiales, hombres de saco entrando y saliendo, algunos con portafolios, otros con cara de pocos amigos.
Apagué el motor, bajé un poco la ventanilla y me quedé viendo. No buscaba a nadie en específico, pero mi corazón se aceleraba cada vez que se abría la puerta. Quería ver salir a Mario. Hasta me lo imaginaba bajando la escalinata, acomodándose el saco, con esa forma suya de caminar. No salió. Vi entrar y salir a varios tipos de traje, policías de civil, uno que otro empleado que traía cara de no entender nada. Estuvieron ahí un buen rato.
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