Fui chofer de CANTINFLAS y esa NOCHE descubrí algo que NO podía CREER…

Fui chofer de CANTINFLAS y esa NOCHE descubrí algo que NO podía CREER…

Mario la miró por el espejo. No, allá no. Es que si me regresan, ya no salgo. Dijo casi en susurro. Esa frase me cayó como piedra. Si me regresan, ya no salgo. Yo no sabía exactamente qué quería decir, pero no sonaba a regaño ni a despido. Sonaba amenaza de esas que no se escriben en papel. Nadie te va a regresar, le aseguró Mario. Mientras estés conmigo. No, yo manejaba, pero mi cabeza ya iba a 1000 por hora.

¿Quiénes eran ellos? ¿Y por qué no podía regresar? ¿Y qué pintaba mi patrón en todo eso? Vi por el espejo al coche del sombrero. Cris seguía detrás. No nos rebasaba, no se alejaba, solo venía. La muchacha se echó hacia adelante un poco. ¿Y él quién es?, preguntó señalándome con la barbilla. Es mi chófer, respondió Mario. Es familia de este lado. No te preocupes, familia. Esa palabra me dio orgullo, pero también me metió el problema, aunque yo no quisiera.

De repente, Mario se inclinó hacia mí. Julián, si ves que ese coche de atrás se te pega demasiado, haces lo que tengas que hacer, pero no te paras, ¿eh? ¿Qué es demasiado? Pregunté nervioso. Lo vas a sentir, dijo. No me gustó la respuesta, pero tenía razón. Uno siente cuando algo ya no es normal. La muchacha atrás empezó a llorar quedito con la cara tapada. Yo quería decirle algo, aunque fuera una tontería, pero no se me ocurrió nada.

¿Qué le dice uno a alguien que tiene miedo de no volver a salir? Solo atiné a bajar un poco la velocidad para esquivar un bache y en eso me di cuenta. El coche del sombrero ya no estaba solo. Más atrás venía otro sin placas. con las luces medio apagadas. Ahí supe que esto ya no era una simple vuelta rara y que la muchacha no era invitada. Era alguien que no podía regresar porque si regresaba la historia se acababa para siempre.

La calle se empezó a sentir más chica, aunque fuera la misma de siempre. Cuando uno sabe que lo vienen siguiendo, cualquier esquina parece trampa. Yo veía el retrovisor cada 2 segundos. Primero el coche del sombrero gris, luego el otro más atrás, sin placas, con sin sot, las luces medio escondidas. Mario notó mi tensión. Tranquilo, Julián, dijo. Si te pones duro del volante, te vas a equivocar. Fácil decirlo. El que traía a la muchacha y al coche era yo.

Ella desde atrás preguntó. ¿Son ellos? Su voz tembló en ellos. Mario no respondió de inmediato. Miró por la ventana como calculando. Todavía no dijo al fin. Pero ya saben que no estás donde deberías estar. Eso me eló la espalda. Donde deberías estar. O sea, en otro lado, en una oficina, en una casa, en un sótano. Tomé una avenida más ancha. Quise mezclare con el tráfico, pero a esa hora ya no había tanto. Peor tantito. Era más fácil que nos ubicaran.

Mario, me animé. Si anda en algo peligroso, dígamelo claro. Pa, saber a qué le tiro. Él soltó aire por la nariz. No de risa, de cansancio. Lo único que necesitas saber, Julián, es que no te estoy metiendo en algo mío, sino en algo que no debería existir. Yo fruncí el seño. ¿Cómo? ¿Algo que no debería existir? Antes de que contestara, la muchacha habló casi con coraje contra sí misma. Por mi culpa dijo. Es por mi culpa. Mario volteó a verla.

No es por tu culpa, es por lo que ellos hicieron. Tú solo no te quedaste callada. Ella abrazó su bolsa como si trajera un bebé adentro. Yo solo acomodaba papeles dijo. Yo no quería meterme en nada, pero escuché nombres, órdenes, cosas que si las oye cualquiera no vuelve a dormir. Y luego vi los documentos y me los guardé. Yo sentí un torzón en la panza. ¿Qué? Documentos. pregunté sin quitar la vista del frente. Ella dudó, pero Mario la animó con la mirada.

Diles, hija. Listas, dijo ella, nombres de gente importante, de los que mandan, no los que salen en la tele. Otros, los que dicen a quién levantar, a quién desaparecer, a qué juez comprar, qué caso perder. Todo por escrito. Me dieron ganas de apagar el coche y bajarme a caminar hasta mi casa, pero ya estábamos metidos hasta el cuello. Eso no lo hace cualquiera. Dije, ¿quién guarda esas cosas en papel? Los confiados, respondió Mario. Los que creen que nadie se va a atrever a tocarles, un solo papel.

Ella apretó más la bolsa. A mí me encargaron archivar eso. Yo estaba ahí solita con los folders. Escuché por la puerta cuando dieron la orden sobre un periodista que deje de molestar o se cae con todo y familia como si fueran pláticas de comida. Y algo se me quebró aquí adentro. Se tocó el pecho. No pude seguir como si nada. Se quedó callada un segundo. Luego añadió. Agarré lo que pude y me fui. Pensé que si se los enseñaba a alguien.

Todo iba a cambiar. Yo suspiré y cambió. Pero para ti, asintió con los ojos llenos de lágrimas. El mismo día que ya no llegué a la oficina empezaron las llamadas. A mi casa, a mi mamá, avecinas, dígale que vuelva, que si entrega lo que tiene, no pasa nada. Pero yo sabía que sí iba a pasar. Mario habló entonces con esa voz que se le ponía cuando dejaba de ser cómico y era solo un hombre de barrio. Cuando gente así te dice, “No pasa nada, es justo cuando más pasa.” Yo seguía dándole vueltas a algo.

“¿Y dónde están esos papeles?”, pregunté. “¿Los traemos ahorita?” Ella bajó la mirada a su bolsa. Yo la vi por el espejo. Estaba abultada, pero no se veía pesada. Mario se adelantó. No todos, pero trae algo que es suficiente p que la quieran callar. En un semáforo, uno de esos que se ponen en rojo aunque no venga nadie. Mario me dijo, “Párate tantito. Paré. A lo lejos venían los coches, pero no tan cerca aún. Mario se volteó hacia la muchacha.

Enséñale nada más para que entienda”, le dijo. Ella abrió la bolsa de espacio como si adentro hubiera víboras. sacó un sobre manila doblado a la mitad viejo con esquinas maltratadas. Lo abrió un poco y me lo acercó. “No más ve arriba”, dijo. Yo extendí la mano con miedo de tocarlo. Le eché una ojeada rápida. Lo primero que vi fue un encabezado, algo de reunión estratégica y una fecha. Luego, más abajo, una lista de nombres. Algunos me sonaban empresarios, un diputado, un jefe de policía.

Junto a cada nombre, notitas a mano. Aliado, paga, se dobla fácil, problema, pendiente. No quise leer más, me ardió el estómago. Ya dije, devolviéndoselo rápido. Con eso tengo. Ella guardó el sobre como si fuera su corazón. Mario me miraba fijo. ¿Ves ahora por qué la quieren de regreso? me dijo, “No es porque sea importante, es porque ya vio demasiado.” Volvió a ordenarme. Arráncate, que ya se nos están acercando. El semáforo se puso en verde y yo aceleré.

Sentía el volante raro, como si estuviera manejando con guantes mojados. “Entonces, Mario, me animé. Todo esto de las maletas, las vueltas raras es por esto.” Se quedó pensando unos segundos. No todo admitió, pero muchos sí. Hay gente a la que les consigo salida, documentos, dinero para irse. No lo hago solo. Hay más personas metidas en esto, pero no pueden dar la cara. Yo tampoco, pero a veces mi nombre ayuda a abrir puertas. Y si van a usar mi nombre, que sea pa, algo que valga la pena.

La muchacha lo vio con sorpresa, como si no hubiera entendido hasta ahora. quién la estaba ayudando. Cuando llamé al número que me dieron dijo ella, yo no sabía que usted venía. Solo dijeron, va a ir un hombre que no parece peligroso, pero lo es para ellos. Y era usted, Mario sonrió apenas. Para ellos sí, dijo, porque yo sé cosas y no les juego del todo su juego. En ese momento, el coche del sombrero gris se nos pegó un poco más.

Luego, de pronto, cambió de carril y se colocó detrás del otro coche sin placas. Mario lo vio por el espejo y murmuró, “Ya se dieron cuenta que no la traen ellos. Ahora vienen por nosotros. Yo tragué saliva. Ya no era solo una sospecha, no era solo un se me hace que yo ya había visto el papel y la verdad incómoda era clara. El señor Mario estaba metido en cosas muy peligrosas, pero no para robar. ni para extorsionar.

Se estaba metiendo con los que sí hacían eso y nosotros íbamos en medio en un coche que cada vez se sentía más chico. Las luces de la ciudad se sentían más fuertes, como si todo brillara deás. No sé si era la hora o los nervios, pero yo notaba cada poste, cada sombra, cada reflejo en los vidrios de los locales. Detrás de nosotros ya no era solo un coche, ahora eran dos. bien formaditos, como si fuéramos caravana. Nada más que nosotros no queríamos ir juntos.

Mario veía por el retrovisor con esa calma rara que a mí me ponía más nervioso. No corras de más, Julián, me dijo. Si corres, das aviso. Si vas muy lento, te cierran. Mantén el paso como si nada. Como si nada, dijo. Qué fácil. La muchacha iba pegada al asiento con la bolsa abrazada. No lloraba ya. El miedo a veces hace eso, te deja seco. ¿A dónde vamos? Pregunté con la voz un poco más alta de lo normal.

Mario me dio una dirección que no estaba en mi lista mental de lugares normales. Era por una zona donde había edificios viejos de oficinas, casi todos oscuros a esa hora. No era barrio bravo, pero tampoco zona de ricos. Ahí nos esperan dijo. ¿Quiénes? Pregunté. Él no respondió luego luego. Eso nunca es buena señal. Gente que puede usar lo que trae la muchacha sin morirse en el intento. Dijo por fin y que no está tan vendida. Por ahora seguimos avanzando.

Yo trataba de no ver tanto el retrovisor, pero era inevitable. Los coches seguían ahí. No se pegaban demasiado. No nos rebasaban, solo estaban. Eso a veces da más miedo que si ya te cerraron el paso. Al llegar a la zona, Mario me pidió que diera vuelta en una calle angosta. Despacio aquí, Julián, ya casi. Al fondo vimos un edificio gris de varios pisos, con ventanas rectangulares, todas iguales. No tenía letrero afuera, solo una puerta metálica y un foco arriba.

Parecía fábrica abandonada, pero cuando nos acercamos vi que no. Estaba tan muerto. Había un guardia sentado en una silla junto a la puerta. Mario me indicó. Párate aquí, pero con el coche apuntando de salida. Nunca de frente. Hice lo que dijo. El guardia nos miró con cara seria. Cuando vio quién venía atrás, cambió el gesto. Se levantó, hizo una seña con la mano y la puerta se abrió desde adentro. Nos están esperando, murmuró Mario. No bajes a apagar el coche todavía.

Se volteó hacia la muchacha. En cuanto yo abra la puerta, tú te bajas y entras con ellos. No mires atrás. No salgas hasta que te lo digan ahí adentro. ¿Entendido? Ella asintió con la cara blanca. ¿Y usted? Preguntó. Yo voy a ver otra puerta. dijo él con una media sonrisa. Tú no más sigue la tuya. Bajó primero él y luego la muchacha. Yo alcancé a ver que de dentro salió una mujer de traje sencillo, sin maquillaje exagerado, con una carpeta bajo el brazo.

No parecía policía ni secretaria de oficina. Tenía otra presencia como de maestras de antes, serias pero justas. Es ella,” dijo Mario señalando a la muchacha. La mujer la tomó del brazo con cuidado, no con brusquedad. “Ya estás aquí”, le dijo bajo. “Pásale.” Las puertas se cerraron detrás de ellas. Yo me quedé solo. El coche con el motor prendido, el volante caliente y las manos heladas. El coche del sombrero gris no se acercó más. se quedó a media cuadra haciéndose el menso, el otro igual.

Pasaron unos segundos y salió otra persona del edificio. Esta vez un hombre de traje oscuro, corbata floja, cabello, peinado hacia atrás. Lo reconocí de inmediato. Lo había visto en periódicos dando declaraciones sobre limpiar cosas que nunca se limpiaban. Era de esos políticos que uno no sabe si creerles, pero ahí están. se acercó al coche y Mario se volvió a subir. Ahora en el asiento de atrás, el político se quedó afuera asomado por la ventanilla. “Llegaste tarde, Mario”, dijo.

Ya lo solían desde lejos. “Si hubiera llegado más tarde, no llegábamos”, contestó Mario. La traían marcada. El político miró hacia la esquina donde estaban los otros coches. Ya vi, pero aquí no pueden entrar tan fácil. La muchacha ya está adentro, dijo Mario. Bien, asintió el político. Ahora falta lo otro. Mario sacó de su saco el sobre manila doblado. ¿Es esto lo que querías? No. El político lo tomó, lo miró por arriba sin abrirlo todavía y dijo algo que me llamó la atención.

Yo no quería, corrigió. Me lo aventaste encima. Luego lo abrió, sacó los papeles y los revisó rápido. Movía los ojos de un lado a otro, fruncía el ceño, resoplaba de vez en cuando. ¿Te das cuenta de lo que es esto?, preguntó. Me doy una idea, dijo Mario. Esto no es una lista nada más. Esto es un mapa, dijo el hombre. Aquí están conectados todos. empresarios, militares, jueces, jefes de policía. Hasta de mi partido veo nombres y no de los chiquitos.

Se quedó callado un momento, luego me miró. Yo sentí que me atravesaba. ¿Él ya vio? Preguntó señalándome con la cabeza. Solo un pedazo dijo Mario. Lo suficiente para que entienda por qué estamos aquí. El político suspiró. Muy bien, dijo. Esto lo tengo que mover con pinzas. Si lo uso mal, me truena en la cara. Si no lo uso, seguimos igual. Y si se enteran que lo tengo. No terminó la frase, no hacía falta. Lo que me preocupa, añadió, es que esto no es todo.

Si la muchacha vio esto, vio más. Hay más copias. Dije sin pensar. Él me vio con atención. Exacto, confirmó. Y los que están allá afuera lo saben. Por eso no solo quieren el papel, quieren su cabeza. Aunque quemen este sobre, si ella sigue viva, sienten que hay riesgo. Sentí que el piso del coche se hundía. Entonces, ¿de qué sirvió traerlo hasta acá? Pregunté un poco más fuerte de lo que debía. El político me sostuvo la mirada. No era soberbio, estaba cansado.

Sirve, pa, que yo tenga con qué negociar. Dijo p apretar a algunos, pa frenar otros movimientos, pa salvar aunque sea unas cuantas vidas. Esto no cambia el mundo. Pero sí puede cambiar las próximas semanas. Y a veces semanas son la diferencia entre un muerto más o menos. Mario asintió despacio. Con eso me basta. dijo, “Ella ya no está en su lista fácil, por lo menos.” El político cerró el sobre y se lo guardó en el saco. Pero entiéndelo bien, Mario añadió, con esto ya no puedes decir que no más ibas pasando.

Estás dentro y ellos también saben quién eres. Y no me refiero al que cuenta chistes en el cine. Hubo un silencio. Mario se acomodó en el asiento y dijo, “Hace años que sé quiénes son ellos. Ellos también saben quién soy yo. La diferencia es que antes no me metía tanto. Hoy sí, algo tenía que hacer. El político lo miró como quien mira a un loco o a un valiente. “Pues ya lo hiciste”, dijo. “Y ahora yo tengo que hacer lo mío.

Saca a tu chóer de aquí y no regreses por la puerta frontal. Salgan por donde entran los que no existen en los reportes. Se apartó del coche. Mario me tocó el hombro desde atrás. Vámonos, Julián. Arranqué despacio. Di vuelta en una calle lateral que yo ni había visto. Mientras nos alejábamos vi de reojo como los coches que nos seguían seguían estacionados esperando. Todavía no sabían que ya habíamos soltado la bomba. Manejé en silencio unos minutos hasta que no aguanté.

Mario, ese señor es de los buenos o de los malos. Él soltó una risita cansada. En este país, Julián, nadie es de un puro lado, pero hoy, al menos hoy, va a estar del lado que necesitamos. Se recargó en el asiento y de todos modos, agregó, ya no hay vuelta atrás. Yo seguí manejando con la sensación rara de haber entrado a un juego donde no conocía las reglas. Lo que no sabía era que lo peor todavía no empezaba.

Hay una parte de esta historia que no vi completa con mis ojos. La conozco porque después me la contó el mismo señor Mario y también la muchacha cuando las cosas ya estaban más frías. Pero es parte de la misma noche. Y si no la cuento, parece que todo se arregló fácil. Y no fue así. Cuando el político tomó el sobre y nos dijo que nos fuéramos, yo pensé que ya habíamos terminado, pero no. Antes de salir del todo, el guardia del edificio se acercó a la ventana de Mario y le dijo en corto, “Arriba quieren que se queden un rato, que se enfríe la calle.” Mario dudó.

Me miró. Subimos, dijo, “mientras no nos apaguen estamos mejor adentro que en media avenida.” Yo no quería quedarme, pero tampoco iba a discutir. Apagué el coche, lo cerré y entramos los tres, el señor Mario, la muchacha y yo. Por dentro el edificio se veía distinto. Pasillos largos, pisos viejos, olor a café recalentado y a papel. Nos metieron a un cuartito sin ventanas con una mesa y tres sillas, un foco colgando. Nada más. Espérense aquí, dijo el guardia.

Si se oye relajo, no salgan hasta que alguien de los nuestros abra. Yo me senté frente a la puerta como si con eso pudiera detener a medio mundo. La muchacha se fue a una esquina abrazando su bolsa. El señor Mario se quedó parado caminando despacito de un lado a otro con las manos atrás como pensando. Pasaron unos minutos largos, nadie hablaba, hasta que yo, que siempre acabo metiendo la pata, solté Mario, el del sombrero gris. ¿Quién es realmente?

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