Yo la verdad no quería creer que el señor Mario anduviera metido en cosas chuecas. Los días siguientes fueron normales. Estudios, entrevistas, comidas con productores, reuniones con políticos que se reían de todos sus chistes, aunque no fueran tan buenos. Yo observaba, manejaba y me aprendía los tiempos de la ciudad. Ya sabía cuánto tardábamos de su casa al set, del set al teatro, del teatro al restaurante, todo marcadito en mi cabeza. Pero como a las dos semanas volvió a pasar algo fuera de lo normal.
Una tarde después de una filmación larga, en lugar de ir directo a casa, me dijo, “Vamos a pasar primero por un encargo.” No era raro que me pidiera eso. A veces había que ir por un traje, por unos papeles, por alguna chamarra que se le había quedado en no sé dónde. Yo solo pregunté, “¿A dónde, Mario?” me dio una dirección en voz baja. Era por el rumbo de un mercado grande, pero no el bonito, el otro, el bravo.
Yo lo conocía porque ahí crecí cerca. No era zona para andar de noche con reloj caro. Cuando llegamos a la esquina me dijo, “No entres a la calle principal. Métete por la de atrás.” Obedecí. Siempre obedecía. Ahí, en una esquina medio oscura, ya estaba esperando alguien, un tipo flaco, alto, con un sombrero gris, no de charro ni elegante, simple, pero bien acomodado. Tenía cara de pocos amigos. Mario bajó la ventanilla apenas. Ya está. Preguntó el del sombrero.
Asintió y abrió la cajuela sin pedir permiso. Metió una maleta negra, mediana de esas, sin logotipo ni nada. Solo la vi un segundo por el retrovisor, pero se notaba pesada. No sonaba a ropa, sonaba a algo compacto, duro. A mí se me encogió el estómago. El del sombrero dijo, “Ahí va todo.” Mario respondió serio. “Que no falte nada porque luego no hay tiempo, pa” arreglos. Yo traje saliva. Esa frase no sonaba a ropa, olvidada, sonaba a negocio.
De esos que si salen mal no se arreglan con perdón, jefe. El del sombrero se inclinó un poco para ver hacia adentro. me miró directo. Sus ojos eran fríos, no agresivos, pero fríos. ¿Es de confianza?, preguntó refiriéndose a mí. Mario contestó sin tardarse. Si no, confiara en él, no estaría aquí. El del sombrero hizo un gesto como diciendo, “Ya veremos.” Cerró la cajuela y se fue caminando, perdiéndose entre los puestos del mercado. Cuando arrancamos, yo sentía las manos sudadas en el volante.
No dije nada. hasta que no aguanté. Mario, ¿qué traemos atrás? Él tardó en contestar. Miraba por la ventana pensativo. Trabajo, Julián, dijo al final. Cosas que no se pueden mandar por correo. No me gustó la respuesta. Sonaba a broma, pero su cara no estaba bromeando. Trabajo de qué tipo, insistí. se me quedó viendo por el retrovisor, no enojado, pero muy serio. Mientras tú manejes bien y tu familia esté bien, tú y yo no vamos a tener problemas.
Me dijo, “Hay cosas que si las sabes, ya no duermes y tú tienes que dormir. Me cayó como balde de agua fría. Era una forma elegante de decir, no te metas.” Bajé la mirada y ya no dije nada, pero mi cabeza no paraba. En el camino de regreso noté algo más. No tomamos la ruta directa. Me hizo dar vueltas, cambiar de calle, meternos por avenidas más iluminadas, luego regresarnos a calles más chicas. Eso no era tráfico, eso era ver si nos seguían.
vi por el espejo varias veces. No noté nada raro, pero ya estaba nervioso. Empecé a fijarme en cada coche, en cada moto, en cada faro. Al llegar a su casa, Mario no me dejó subir la maleta ni llamar a nadie. Se bajó él mismo, abrió la cajuela, la cargó con esfuerzo y entró rápido por la puerta lateral, no por la principal, como si no quisiera que nadie de la casa lo viera. Esa noche, cuando llegué a mi casa, mi esposa me notó raro.
¿Te pasó algo?, me preguntó mientras servía la cena. Nada, que anduve por zonas feas. Dije esquivando. No quise preocuparla, pero me costó trabajo tragar la comida. Tenía la imagen de la maleta clavada en la cabeza. Maleta negra, sombrero gris, rutas raras, frases cortas. Y no fue la última vez. Empezaron a repetirse esas vueltas, no diario, pero sí seguido, siempre de noche, siempre con instrucciones raras. No te pegues tanto al coche de adelante. No te quedes en el semáforo si ves que no viene nadie.
Si alguien se te parece mucho en el espejo, le das la vuelta a la manzana. Yo ya no manejaba como chóer, manejaba como alguien que se siente observado. Las maletas cambiaban de tamaño, a veces era un sobre grande, otras veces era un paquete envuelto en papel café. El del sombrero gris aparecía y desaparecía. Nunca hablaba mucho. Pero yo empecé a notar cómo lo miraban otros tipos cuando se acercaba. Con respeto, pero también con cuidado. Una lluvia de pensamientos me cayó encima.
Y si traemos dinero sucio y si son armas. ¿Y si me están usando sin decirme? Y la pregunta más dura, ¿y si el señor Mario, el que hace reír a todos es otro por dentro? Yo no quería pensarlo, pero cada noche extra, cada ruta rara, cada encuentro con gente de mirada dura, me obligaba a verlo. Hasta que un día vi algo en uno de esos sobres que me cambió la forma de entenderlo todo. Y ahí fue cuando la cosa dejó de ser sospecha para volverse miedo de verdad, las vueltas con la maleta negra se hicieron costumbre.
No diario, pero ya eran parte del calendario que no se escribía en ninguna agenda. A mí me avisaban siempre igual. Hoy en la noche se ocupa y yo ya sabía lo que significaba. Tanque lleno, ventanas limpias y la mente despierta. En esas noches empecé a ver más seguido al del sombrero gris. Nunca supe su nombre. Si lo dijeron, no lo retuve. Para mí siempre fue el del sombrero. Era de esos hombres que no necesitan gritar para imponer.
Caminaba tranquilo, pero se notaba que donde se paraba mandaba. Una noche, como a media semana, me dijeron que pasara por el señor Mario a una reunión de trabajo importante. Cuando me lo dijeron, usaron esa palabra con un tono raro. Importante, no como de película ni entrevista, importante de otro tipo. Lo recogí y lo llevé a un edificio viejo en una colonia donde había más cables colgando que árboles. No era un lugar donde uno esperaría ver a un artista famoso.
Se bajó rápido, sin traje, solo con saco sencillo y camisa abierta del cuello. Antes de bajar me dijo, “No apagues el motor y no te duermas.” Asentí. Él entró al edificio y yo me quedé en la calle viendo quién entraba y quién salía. Pasó como una hora. Yo ya estaba inquieto. No me gusta estar parado tanto tiempo en lugares donde la policía no entra si no es en bola. En eso vi llegar al del sombrero gris. Venía con otros dos más jóvenes con cara de que no les importaba nada.
No hicieron escándalo. Entraron como si fueran a su casa. Yo bajé la mirada para que no me tomaran de curioso. Pasaron unos minutos y salieron de nuevo. El del sombrero se acercó a mí. “Tú, el chóer”, me dijo. Me puse derecho en el asiento. “Sí, señor. Ahorita va a bajar el licenciado.” Así le dijo a Mario. El licenciado. Cuando se suba, te sigues derecho y esperas instrucciones. No te pares hasta que él te diga. Entendido, respondí. Me dio una palmada en el cofre como probando el coche y se fue a fumar a la esquina.
Al poco rato salió el señor Mario. Venía serio, pero no asustado. Se subió, cerró la puerta, miró por la ventana y dijo, “Arráncate. Yo obedecí.” A los pocos metros, él agregó, “No des la vuelta a la derecha como siempre. Hoy vamos a otro lado. Me dio una dirección en voz baja. Mientras manejaba, vi por el retrovisor que el del sombrero se había subido a otro coche y venía detrás de nosotros, no muy pegado, pero claro que nos seguía.
Después de unos 15 minutos de dar vueltas, llegamos a una calle empedrada con casas viejas de puertas altas. Mario me dijo, “Párate aquí, pero no apagues el coche.” Se bajó sin esperar respuesta, caminó hasta una puerta azul, tocó fuerte y esperó. Yo desde el coche veía nada más una parte. La puerta se abrió y apareció una señora mayor. Hablaron rápido, se movieron hacia adentro y luego salió otra figura. Era una muchacha joven, tendría unos 20 o 22 años.
Traía una bolsa chica colgando y un suéter delgado, aunque hacía frío. Tenía la cara hinchada como de tanto llorar. Mario puso una mano en su hombro. Ella dudó en dar el paso, pero al final salió. Los vi caminar hacia el coche. La muchacha volteaba hacia los lados como si esperara que de alguna esquina saliera alguien a jalarla de vuelta. Mario le abrió la puerta de atrás. “Súbete”, le dijo suave. Él es de confianza. Ella subió despacio, casi arrastrando los pies.
Se sentó y se pegó a la puerta contraria, como queriendo estar lo más lejos posible de todos. Yo no pude quedarme callado. Buenas noches dije sin voltear mucho. Ella apenas murmuró algo que sonó a buenas. Mario se subió adelante y ordenó. Vámonos. ¿A dónde? Pregunté. Me dio una dirección que no conocía. No era ni su casa, ni el estudio, ni el teatro, ni ninguna de las rutas de siempre. Apenas avanzamos, la muchacha preguntó con voz baja. Allá también están ellos.
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