—Hola, Marina. Es un gusto conocerte.
Nada. Era como hablarle a una fotografía.
Sonia suspiró, hizo un gesto para salir y cerró la puerta con cuidado.
—¿Ves? Así es siempre.
Claudia pasó el resto de la mañana trabajando en silencio. Ordenó la despensa enorme —podría alimentar a diez personas durante semanas—, limpió muebles, aspiró alfombras. A mediodía, Sonia preparó una bandeja hermosa: sopa cremosa de verduras, tostadas doradas, jugo de naranja, frutas cortadas con formas divertidas. Subió al cuarto con una esperanza que ya ni disimulaba.
Quince minutos después volvió con la bandeja intacta.
—Otra vez —murmuró, tirando la comida con un gesto automático, como quien repite una tristeza diaria.
Por la tarde, Sonia salió a hacer compras. La mansión quedó en un silencio tan grande que Claudia podía oír su propia respiración. Terminó de limpiar la cocina, dejó el suelo brillante, guardó los productos bajo el fregadero… y entonces lo escuchó.
Un golpe sordo arriba. Un sonido apagado, como si algo hubiera caído… o como si alguien hubiera caído.
Claudia se enderezó de inmediato, con el pulso disparado, y sin pensarlo corrió hacia la escalera.
En el pasillo del segundo piso, vio que la puerta del cuarto de Marina estaba entreabierta. Una línea de luz se escapaba hacia el corredor. Claudia se acercó con cuidado y empujó la puerta lentamente.
Marina estaba en el suelo, de rodillas, temblando frente a un armario alto. Estiraba los brazos delgados hacia una caja guardada en una repisa superior, pero no alcanzaba. Sus piernas flaqueaban como si no pudieran sostenerla.
—Tranquila… yo te ayudo —susurró Claudia, acercándose sin movimientos bruscos.
Marina se giró de golpe, y por primera vez su rostro mostró algo vivo: miedo. Miedo puro. Sus ojos grandes se clavaron en Claudia como si estuviera ante un peligro.
Claudia se detuvo a una distancia segura y levantó las manos, despacio.
—No voy a hacerte daño. Solo quiero tomar esa caja para que no te esfuerces. ¿Está bien?
Esperó. No presionó. No dio un paso más. Los segundos fueron largos, pesados. Al fin, Marina bajó los brazos temblorosos. No dijo “sí”, pero su cuerpo dejó de luchar.
Claudia alcanzó la repisa y tomó la caja beige con cuidado, como si estuviera tocando algo frágil. Se la entregó.
Marina la apretó contra el pecho como si fuera lo más valioso del mundo. Caminó despacio hasta su butaca y se sentó, encogiendo las piernas. Claudia no habló. Se quedó cerca, sin invadirla, y luego se sentó en el suelo, a un lado, solo acompañando.
Marina abrió la caja con movimientos lentos. Dentro había fotografías. Muchas. De distintos tamaños. Una mujer rubia de sonrisa luminosa abrazando a Marina en la playa, en cumpleaños, en el parque, haciendo galletas con harina en las manos, frente a un árbol de Navidad. Cada foto era un golpe suave al corazón.
Marina tomó una por una, mirando como si quisiera memorizar cada detalle antes de que desapareciera. Sus manos temblaban. Sus labios se apretaron. Y entonces, como si algo se rompiera por dentro, una lágrima cayó. Después otra.
Claudia sintió un nudo en la garganta, pero se quedó quieta. Aprendió hace tiempo que el dolor necesita espacio, no instrucciones.
Pasaron minutos. Tal vez horas. Al fin, Marina habló con una voz baja, rasposa, como si llevara días sin usarla.
—Se fue…
Claudia asintió despacio.
—Lo sé, mi amor.
Marina apretó una foto contra el pecho.
—No importa cuánto espere… no vuelve.
Claudia tragó saliva. Eligió palabras que no hicieran daño.
—Eso duele más que cualquier cosa.
Marina levantó la vista hacia ella por primera vez de verdad. En esos ojos hundidos había un mar entero.
—Mi papá ya no me habla. Solo trabaja. Cuando está en casa, se encierra en su oficina. Creo que ya no me quiere. Creo que me culpa por lo de mamá.
Claudia negó con firmeza, con una ternura seria.
—No. No es tu culpa. Y tu papá no te culpa. Está sufriendo y, cuando alguien sufre mucho, a veces se vuelve torpe para amar. Se aleja… no porque deje de querer, sino porque no sabe cómo quedarse sin romperse.
Leave a Comment