Claudia llegó a la dirección con el corazón apretado y una bolsa de tela colgándole del antebrazo. Eran las siete en punto y el cielo todavía tenía ese color frío de las mañanas en las que el mundo parece no haber despertado del todo. En el bolsillo del uniforme —uno barato, comprado con el último dinero que le quedaba— llevaba un papel arrugado con la dirección escrita a mano, como si fuera un boleto hacia una oportunidad… o hacia otro golpe de la vida.
La agencia de empleos la había llamado la noche anterior con urgencia: “Necesitamos a alguien ya. Es la casa de un empresario viudo. El salario es bueno, pero nadie aguanta más de tres días”. Claudia no preguntó el motivo. Cuando una tiene el alquiler encima, deudas acumuladas y la nevera casi vacía, la curiosidad se vuelve un lujo.
Tocó el timbre y esperó. El silencio de aquella calle elegante la hizo sentirse todavía más fuera de lugar. Al fin, la puerta se abrió con un movimiento seco. Una mujer de mediana edad, con ojos hundidos y el rostro cansado como si no durmiera bien desde hacía meses, la miró de arriba abajo.
—¿Eres la nueva? —preguntó con una voz sin calor.
—Sí. Me llamo Claudia —respondió ella, quitándose la gorra y sujetándola con ambas manos para que no se notara el temblor.
—Soy Sonia, el ama de llaves. Entra.
El vestíbulo la golpeó con un brillo casi irreal: mármol claro, un candelabro de cristal que lanzaba destellos, cuadros enormes, jarrones con flores frescas. Todo olía a limpieza y a dinero… pero también a algo que Claudia reconoció de inmediato: ese aire pesado de las casas donde la tristeza se queda a vivir.
Sonia caminó sin detenerse, como si llevara años repitiendo el mismo recorrido a distintas personas.
—Voy a ser directa porque no tengo tiempo. El señor se llama Octavio. Perdió a su esposa hace dos meses en un accidente de coche. Desde entonces, su hija, Marina… no come.
Claudia frunció el ceño.
—¿No come… desde cuándo?
—Dos semanas. Nada. Agua, solo si insistimos. Han venido médicos, psicólogos infantiles, terapeutas del duelo, nutricionistas, suplementos carísimos. Nada funciona. La niña se está consumiendo y el señor está desesperado, pero no sabe cómo lidiar con esto. Trabaja todo el día y cuando vuelve se encierra en el despacho con whisky y papeles que ni mira.
Mientras hablaba, Sonia le mostró la cocina moderna, el comedor enorme con una mesa larga cubierta por una capa fina de polvo —“aquí ya nadie se sienta”—, la sala con sofás impecables que nadie parecía usar y una biblioteca con libros que parecían decoración.
—Tú vas a encargarte de la limpieza y ayudar donde haga falta —continuó Sonia—. Pero te lo digo ya: nadie logra que Marina coma. No intentes forzarla. Solo vas a acabar rindiéndote como las demás.
Claudia escuchaba y, por dentro, algo le punzaba el pecho. Ella sabía lo que era perder a alguien de golpe. Cinco años atrás, su marido no volvió a casa por un accidente de trabajo. Ella también conocía ese tipo de espera que se vuelve una tortura: mirar la puerta, imaginar pasos, esperar milagros que no llegan.
—¿Dónde está Marina ahora? —preguntó con voz suave.
Sonia se detuvo un instante, como si esa pregunta le pesara.
—En su cuarto. Siempre. Solo sale al baño. No juega, no ve televisión, no habla casi con nadie. Se sienta en una butaca junto a la ventana y se queda mirando afuera… como si esperara a alguien que no va a volver.
Subieron por la escalera ancha. La alfombra amortiguaba los pasos. La puerta del cuarto de la niña era blanca, con detalles dorados y una placa con letras rosadas: “Marina”.
Sonia tocó tres veces y abrió sin esperar respuesta. El cuarto era grande, lleno de peluches, muñecas, una mesita de té de juguete intacta, juguetes a medio ordenar como si el tiempo se hubiera congelado en una tarde cualquiera. Y allí, cerca de la ventana, estaba Marina.
Ocho años, pero demasiado pequeña para su edad. Piel pálida. Cabello sin brillo. Un pijama que le quedaba grande. La mirada fija en el jardín, como si el cuerpo estuviera presente y la mente muy lejos.
—Marina —dijo Sonia, esforzándose por sonar amable—. Ella es Claudia. Va a trabajar aquí y a ayudarte.
La niña no se movió. Ni un parpadeo.
Claudia se acercó despacio, se agachó hasta quedar a su altura y habló con la voz más suave que pudo.
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