—Elena —comenzó Leonel, manteniendo 1 distancia respetuosa—, he investigado lo que le hizo la familia de su esposo. Es 1 barbarie imperdonable. Usted no tiene a dónde ir, y 1 mujer sola con 1 recién nacido en este pueblo será destrozada por las lenguas y la miseria. Yo, por mi parte, vivo atormentado. Desde que enviudé hace 3 años, no hay 1 solo día en que las mujeres del pueblo no intenten cazarme por mi fortuna, y mi mayor dolor es no haber podido tener 1 heredero. Le ofrezco 1 trato, un arreglo estricto y práctico: cásese conmigo.
Elena se quedó sin aliento. Sus ojos de color café oscuro se abrieron de par en par.
—¿Casarme con usted? —susurró, confundida—. Pero no nos conocemos, señor. Yo no tengo nada que ofrecerle.
—Me ofrecerá el respeto de 1 esposa y la paz en esta casa —respondió él con firmeza—. A cambio, le daré mi apellido a ese niño. Crecerá como un Escalante, como mi hijo legítimo, el único heredero de la Hacienda La Gaviota. Nadie se atreverá a humillarla jamás. No le pido amor, Elena. Le pido que se salve a usted y a su hijo.
Sabiendo que era la única salida para evitar que Fausto regresara a matarlos, Elena aceptó. La boda civil y religiosa se arregló en secreto y se llevó a cabo 3 días después en la capilla privada de la hacienda. Cuando el pueblo se enteró, el escándalo fue mayúsculo. Los chismes corrieron como pólvora encendida.
Esa misma tarde, impulsado por la avaricia ciega y la humillación, Fausto cometió el peor error de su vida. Se presentó en las puertas de la hacienda acompañado de Doña Remedios y de 2 policías rurales que había sobornado. Exigía a gritos que le entregaran a la viuda y al niño, argumentando que le pertenecían por ley de sangre.
Don Leonel salió al pórtico, vestido de charro de gala tras su boda, flanqueado por 10 de sus propios peones armados. Su mirada era de hielo absoluto.
—Lárguense de mis tierras —ordenó Leonel.
—¡No me voy sin lo que es mío! —gritó Fausto, envalentonado por los 2 policías—. Esa mujer carga en su vientre el último recuerdo de mi pobre hermano Mateo. ¡Es 1 Vargas! ¡Tenemos derecho a llevárnosla!
Fue en ese instante que Don Leonel desató la tormenta que cambiaría todo para siempre. Sonrió con 1 desprecio glacial y sacó 1 documento oficial de su bolsillo trasero.
—¿El pobre recuerdo de su hermano Mateo? —Leonel dio 1 paso al frente, haciendo retroceder a Fausto—. Eres 1 monstruo estúpido, Fausto. Cuando encontré a mi ahora esposa pudriéndose en el lodo por tu culpa, mandé a mis mejores hombres a investigar el rancho donde murió Mateo. Revisaron los escombros del muro de piedra que colapsó.
El rostro de Fausto perdió todo el color al instante. Doña Remedios ahogó 1 grito.
—Mis capataces encontraron marcas de serrucho en los gruesos polines de madera que sostenían la piedra —continuó Leonel, elevando la voz para que todos los presentes escucharan la macabra verdad—. Mateo no murió en 1 accidente. Tú cortaste los soportes la noche anterior. Y lo hiciste porque Mateo descubrió que le estabas robando ganado al patrón y te iba a denunciar al día siguiente. Tú asesinaste a tu propio hermano por dinero y cobardía. Y luego quisiste asesinar a su viuda y vender a su hijo para quedarte con las miserables tierras que Mateo dejó.
El silencio que cayó sobre el patio fue sepulcral. El giro de los acontecimientos fue tan brutal que hasta los 2 policías rurales que venían con Fausto dieron un paso atrás, deslindándose del asesino. Fausto intentó balbucear 1 excusa, intentó correr, pero los hombres de Leonel lo sometieron contra el polvo del suelo en segundos.
—Entréguenlo al comandante estatal en la capital, no a las autoridades de este pueblo vendido —ordenó Leonel—. Pasará los próximos 40 años pudriéndose en la cárcel. Y en cuanto a usted, señora —dijo mirando a Doña Remedios, que lloraba de pánico y humillación—, tiene 24 horas para largarse del estado de Veracruz y no volver jamás, o me encargaré de que la justicia también la alcance por complicidad.
La verdad había salido a la luz con una fuerza demoledora. Se había hecho justicia de la manera más implacable. Esa misma noche, la intensidad de las emociones provocó que Elena rompiera fuente. El parto se adelantó.
Fueron 14 horas de 1 trabajo de parto extenuante, lleno de dolor y gritos que hacían eco en los pasillos de la gran casa. Don Leonel, rompiendo todas las tradiciones de la época que dictaban que los hombres no debían estar presentes, se quedó a su lado, sosteniendo su mano cubierta de sudor, dándole palabras de aliento cuando ella sentía que no podía más. Finalmente, con las primeras luces del amanecer, el llanto fuerte y vigoroso de 1 recién nacido inundó la habitación. Era 1 niña hermosa, de cabello negro y pulmones fuertes.
La partera limpió a la pequeña y se la entregó a Elena, quien lloraba desconsolada de pura felicidad. Leonel se acercó a la cama con los ojos húmedos.
Leave a Comment