Sus manos todavía sostenían los papeles de la notaría cuando Vicente, su propio cuñado, soltó una carcajada que resonó en toda la oficina. “Ay, Elena”, dijo el hombre, ajustándose la hebilla del cinturón de plata, sin importarle que la oficina estuviera llena de los hombres del presidente municipal de San Marcos. “Mi hermanito te dejó 12 hectáreas de pura piedra y polvo en el Cañón de las Ánimas. Ni las lagartijas quieren vivir ahí”.
A su lado, don Arturo Garza, el cacique y presidente municipal, sonrió con esa amabilidad falsa de los hombres que están acostumbrados a comprar voluntades. “Véñdamelas ahora por lo que valen, muchacha. Le doy 10000 pesos para que se regrese a su pueblo y no pase los próximos años peleando con los nopales y el desierto”.
Elena tenía 34 años, un vestido negro que todavía olía a las velas del novenario y la mirada cansada de quien ha pasado 3 noches sin dormir. Había sido maestra rural en la sierra de Jalisco durante 8 años y sabía reconocer perfectamente cuando un grupo de hombres intentaba hacerle creer que 2 más 2 eran 5. El dolor por la muerte de su esposo Mateo, ocurrida hace apenas 16 días en un supuesto “accidente” en la carretera, le oprimía el pecho, pero la humillación pública que su familia política le estaba haciendo encendió una chispa de furia en su interior. La madre de Mateo, doña Consuelo, la miraba con desprecio desde la esquina, culpándola en silencio por la tragedia.
“Las 12 hectáreas no están en venta, don Arturo”, respondió Elena con voz firme, guardando las escrituras en su bolso de cuero gastado. Vicente escupió en el piso de mosaico. “Te vas a morir de hambre, viuda terca”, sentenció su cuñado.
Esa tarde, el viento que bajaba por la sierra traía un calor asfixiante. De manera oficial, el comandante Rojas, jefe de la policía local, había cerrado el caso diciendo que la camioneta de Mateo se quedó sin frenos. Pero Elena sabía la diferencia entre un accidente y un asesinato. Porque 3 días antes de morir, Mateo, con las manos temblorosas y mirando por la ventana hacia la calle oscura, le había susurrado: “Si algo me pasa, no confíes en mi hermano. Vete al viejo rancho del cañón y busca debajo del corazón de piedra en el pozo seco”.
El cacique Garza ejercía todo el poder en la región, controlando las tierras agaveras y comprando a las autoridades a base de sobornos e intimidación. Elena sabía que estaba sola. Toda la familia de su esposo le había dado la espalda, aliándose con el hombre que gobernaba el pueblo. Así que, a la mañana siguiente, empacó 1 cobija, 4 latas de comida, 2 botellas de agua y la vieja escopeta de cacería de Mateo con 12 cartuchos. Subió a una vieja camioneta y manejó hacia el Cañón de las Ánimas.
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