Una niña pequeña se presentó en la comisaría para confesar un grave delito; sin embargo, lo que dijo dejó al oficial totalmente conmocionado.

Una niña pequeña se presentó en la comisaría para confesar un grave delito; sin embargo, lo que dijo dejó al oficial totalmente conmocionado.

El policía, serio pero lleno de ternura, le respondió: “Primero cuéntame qué pasó.” Incapaz de contenerse más, la niña gritó su confesión: “¡Le pegué a la pierna de mi hermanito, muy fuerte! Ahora tiene un moretón. ¡Se va a morir y es culpa mía! ¡Por favor, no me lleven a la cárcel!” Ante aquella inocente confesión, todos los oficiales se quedaron inmóviles por un instante, y luego una cálida sonrisa iluminó sus rostros.

Con cuidado, el policía abrazó a la niña exhausta por el llanto y le miró a los ojos: “Mira, amiguita, nadie muere por un moretón. Tu hermanito se va a sanar muy pronto y estará completamente bien. Pero no debes volver a pegarle a nadie, ¿de acuerdo?” La niña, incrédula, se limpió las lágrimas y prometió que nunca más lo haría.

Después de días sin comer ni dormir bien, la pequeña finalmente mostró un rostro sereno. Abrazando a sus padres, salió de la comisaría dejando atrás a unos policías sonrientes. Ese día no hubo ningún criminal en la cárcel, pero la mayor tormenta en la mente de una niña se calmó gracias a la compasión de un policía. La niña regresó a casa no con la libertad, sino con el alivio de haber liberado su conciencia.

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