El racimo de plátanos amarillos, brillantes y fragantes que compré en el mercado parecía perfecto hasta que llegué a casa. Me senté en la mesa de la cocina y escogí el más apetitoso. Al extender la mano para pelarlo, sentí un extraño escalofrío recorrerme. La textura era demasiado lisa y cálida para ser un plátano. En ese instante, noté un leve movimiento en lo que sostenía en la palma de mi mano.

Con miedo, lancé el “plátano” sobre la mesa. Lo que vi me heló la sangre: entre la cáscara, una delgada criatura amarilla con manchas oscuras comenzaba a deslizarse lentamente. No era fruta, sino un ser vivo. Era una serpiente pequeña, perfectamente camuflada dentro de la cáscara, imitando con exactitud la curva característica del plátano. El plátano era solo una máscara.
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