Los murmullos se convirtieron en gritos, acusaciones al aire, golpes en la mesa de caoba. Amenazaban al abogado, maldecían al muerto, exigían respuestas.
Yo, encogida en mi rincón, sentí que me faltaba el aire. La energía en el lugar era tóxica, violenta.
No conocía a ninguna Isabel Hernández. Don Teodoro jamás me mencionó ese nombre. Durante los meses que lo cuidé, sus historias siempre giraban en torno a su soledad, a los fantasmas de su pasado, pero nunca habló de una heredera secreta.
Sintiendo que ya no tenía absolutamente nada que hacer ahí, empecé a recoger mis cosas.
Metí mi agenda y mi pluma en mi bolsa de imitación piel que había comprado en un tianguis. Me colgué el suéter en el brazo. Quería salir de ese nido de víboras antes de que empezaran a aventarse las sillas.
Mi nombre era Mariana.
Yo no era su sobrina, ni me llamaba Isabel. Mi único vínculo con ese mundo de cristal, mármol y trajes caros acababa de irse a la tumba. Mi trabajo había terminado el día que sus ojos se cerraron para siempre.
Me levanté despacio, intentando bordear la sala por detrás de los familiares furiosos para alcanzar la pesada puerta de madera.
Ya casi tocaba la manija. Ya casi era libre para volver a mi realidad: tomar el camión, llegar a mi pequeño departamento en una colonia popular y revisar si me alcanzaba para pagar el recibo de la luz.
Pero entonces, una voz cortó el escándalo de tajo.
“Señorita”, dijo el Licenciado Carlos. Su tono no fue un grito, pero tuvo la autoridad suficiente para que todos en la sala, incluido el histérico de Roberto, se callaran de golpe.
El abogado levantó la vista del testamento, clavó sus ojos directamente en mí, ignorando a la jauría de parientes, y me preguntó con una calma escalofriante:
“Señorita Hernández… ¿sería tan amable de decirle a la sala cuál es su nombre legal completo?”
Sentí que el estómago se me caía a los pies. La sangre me zumbó en los oídos tan fuerte que por un segundo creí que me iba a desmayar.
Todas las miradas, absolutamente todas —los ojos llenos de furia de Roberto, el desprecio de Sofía, la confusión de los primos— se clavaron en mí como dagas calientes.
“Yo…”, mi voz salió como un hilo roto. Carraspeé, sintiendo la garganta seca como lija. “Yo me llamo Mariana. Mariana Isabel Hernández”.
“¿Y el nombre de soltera de su difunta madre, señorita Mariana?”, insistió el abogado, sin apartar la mirada.
Mis manos empezaron a temblar. Solté la manija de la puerta.
“Sofía… Sofía Garza”, susurré, sintiendo que el piso de la sala de juntas se abría bajo mis pies.
El abogado asintió lentamente, cerró el fólder de cuero y esbozó una levísima sonrisa.
“Señoras y señores”, anunció a la sala, señalándome con un gesto de la mano. “Les presento a Isabel Hernández. La única y legítima sobrina carnal de Don Teodoro Garza. Y dueña absoluta de todo lo que ven a su alrededor”.
Ahí fue cuando mi mundo cambió para siempre.
El silencio que siguió fue más aterrador que los gritos. Era el silencio de la incredulidad total.
Yo no podía respirar. Mi madre, la mujer que me había criado sola, rompiéndose la espalda lavando ropa ajena y limpiando casas para pagarme la escuela de enfermería… ¿era una Garza?
¿La misma mujer que murió en mis brazos hace tres años en una cama de hospital público porque no teníamos dinero para un tratamiento privado?
Las lágrimas me nublaron la vista. El coraje, la confusión y el shock formaron un nudo en mi garganta que me impedía hablar.
Pero para entender cómo llegué a estar parada ahí, temblando frente a una fortuna de miles de millones de pesos, rodeada de gente que ahora me quería ver muerta… tenemos que regresar al principio.
Tenemos que regresar a hace seis meses, al día en que conocí al hombre que, desde su silla de ruedas, movería los hilos de mi destino.
El Ogro de Las Lomas y el vaso de agua
Don Teodoro Garza no era un paciente fácil. De hecho, decir que era “difícil” era hacerle un favor enorme a su reputación.
A sus 78 años, era asquerosamente rico, implacable, exigente a morir y tenía la fama bien ganada de hacer huir a las enfermeras más rápido de lo que la mayoría de la gente cambia las sábanas de su cama.
Mi vida, antes de cruzarme en su camino, era un torbellino de cansancio y deudas.
Yo trabajaba turnos dobles en un hospital público de la Ciudad de México, de esos gigantescos donde siempre faltan jeringas, donde los pasillos huelen a yodo, a cloro barato y a desesperanza.
De esos hospitales donde tienes que hacer milagros para atender a treinta pacientes por guardia mientras luchas contra tus propias ojeras.
Estaba agotada hasta los huesos. Mi madre había fallecido tres años atrás, dejándome no solo un vacío inmenso en el alma, sino una montaña de deudas médicas que yo había firmado con prestamistas abusivos en un intento desesperado por salvarla.
Cada quincena, mi sueldo se evaporaba antes de que pudiera tocarlo. Sobrevivía a base de café instantáneo, tortas de tamal y la inercia de no dejarme vencer.
Cuando la agencia de enfermería privada me llamó un martes por la tarde para ofrecerme un caso particular, fueron muy honestos sobre a lo que me enfrentaba.
Yo estaba sentada en la sala de descanso del hospital, masajeándome las pantorrillas hinchadas, cuando mi celular vibró. Era la jefa Leticia.
“Mariana, mija, te tengo un caso. Pero te advierto que está bravo”, me dijo sin rodeos. Su voz sonaba cansada también, como si ya hubiera agotado todas sus opciones.
“¿Qué tan bravo, jefa?”, pregunté, cerrando los ojos. “Ayer me tocó lidiar con un paciente en abstinencia que me quiso clavar un tenedor de plástico. Estoy curada de espanto”.
“Peor”, suspiró Leticia. “Es un magnate. Don Teodoro Garza. Cáncer de páncreas en etapa terminal. La familia, o más bien sus achichincles y abogados, están desesperados. Ha pasado por seis enfermeras de nuestra agencia en los últimos cuatro meses”.
Abrí los ojos de golpe. Seis enfermeras en cuatro meses era un récord destructivo.
“Están ofreciendo pagar el doble de la tarifa de la agencia, Mariana. El doble. Pero te lo tengo que advertir… es un señor insufrible. Exigente, soberbio, criticón, se niega a tomar sus medicamentos. A la pobre de Lupita la corrió ayer a gritos. Le aventó un vaso de cristal lleno de agua helada cuando intentó darle sus pastillas para la presión”.
Debí haber dicho que no.
Mi vida ya era un caos suficiente. No necesitaba sumar a mi estrés el lidiar con los berrinches de un anciano amargado que se creía el dueño del mundo.
Pero algo en la mención del “pago doble” hizo eco en mi cabeza.
Hice cuentas mentales a la velocidad de la luz. Con ese dinero, podría pagar los intereses atrasados del prestamista, arreglar la fuga de agua del baño de mi departamento y, si me apretaba el cinturón, tal vez hasta comer algo que no viniera enlatado o envuelto en papel aluminio.
“Lo tomo”, le dije, soltando un suspiro pesado que me salió desde el fondo de los pulmones. “Pero quiero conocerlo primero. Ver si nos aguantamos mutuamente. No le voy a aguantar insultos ni a él ni a nadie, por muy rico que sea”.
“Que Dios te bendiga, muchacha”, me contestó Leticia con un tono de alivio evidente. “Mañana a las 8:00 AM te presentas en su casa”.
A la mañana siguiente, tomé un camión y luego un taxi de aplicación que consumió lo último que me quedaba en la tarjeta, para llegar a la dirección que me mandaron.
La mansión de los Garza era exactamente lo que uno se imagina cuando piensa en “dinero viejo” en México.
Estaba ubicada en una calle arbolada y silenciosa de Las Lomas, rodeada de muros altísimos cubiertos de enredaderas perfectamente podadas.
Los portones de hierro forjado se abrieron lentamente tras identificarme con los guardias de seguridad armados, revelando un camino empedrado que llevaba a una casa de estilo colonial modernizado.
Me recibió el ama de llaves, Doña Elena. Era una mujer de unos sesenta años, de rostro severo, cabello recogido en un chongo impecable y un delantal que parecía recién planchado.
Su mirada fue dura al principio, evaluándome de pies a cabeza.
“Buenos días, señorita Mariana. Sígame por favor”, dijo sin sonreír.
Me guio por pasillos con pisos de mármol que brillaban como espejos. Pasamos por salas de estar llenas de muebles de madera tallada, alfombras persas que parecían absorber el sonido de nuestros pasos y pinturas al óleo que probablemente costaban más de lo que yo ganaría trabajando tres vidas enteras en el hospital.
El lugar era hermoso, sí, pero se sentía frío. No olía a hogar. Olía a cera para muebles, a encierro y a soledad.
“Está en su despacho”, me susurró Doña Elena cuando llegamos frente a unas puertas dobles de caoba pura. Se detuvo y me miró a los ojos, su voz bajando a un tono confidencial. “Hoy tiene un muy mal día, señorita. El dolor lo pone irritable. Vaya con cuidado y no se tome nada personal. Es… complicado”.
“Gracias, Doña Elena. No se preocupe, sé manejarme”, le contesté, acomodándome el uniforme.
Toqué la puerta dos veces y entré.
El despacho era inmenso. Las paredes estaban cubiertas de libreros repletos de volúmenes antiguos. El olor a papel viejo se mezclaba con el inconfundible y aséptico olor a enfermedad.
Encontré a Don Teodoro Garza sentado en una silla de ruedas de cuero negro, de espaldas a la puerta, mirando hacia un ventanal enorme que daba a unos jardines traseros que parecían sacados de una revista de paisajismo.
Era un hombre pequeño. La enfermedad lo había encogido, consumiendo su carne y dejando apenas los huesos marcados bajo la bata de seda costosa que llevaba puesta.
Pero cuando escuchó mis pasos y giró la silla para enfrentarme, me di cuenta de algo: su cuerpo estaba muriendo, pero sus ojos estaban más vivos que nunca.
Eran unos ojos oscuros, afilados como navajas, llenos de un fuego furioso.
En cuanto me vio parada ahí con mi humilde uniforme blanco, su expresión se endureció en una mueca de desprecio total.
“Otra más”, dijo. Su voz era rasposa, profunda, y arrastraba las palabras como si le diera flojera siquiera pronunciarlas. “A ver, dígame, ¿cuánto tiempo cree que va a durar usted? El récord actual lo tiene una muchacha llorona que aguantó tres semanas antes de salir corriendo por esa puerta”.
El instinto de supervivencia me dijo que bajara la mirada, que fuera sumisa, que jugara el papel de la empleada asustada.
Pero algo dentro de mí, tal vez el orgullo heredado de mi madre, me obligó a levantar la barbilla. Había lidiado con borrachos violentos, con familiares histéricos en urgencias y con doctores prepotentes. Un millonario malhumorado no me iba a hacer temblar.
“Depende”, le contesté con voz clara y firme, sin titubear.
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