La lectura del testamento se suponía que iba a ser una simple formalidad. Un trámite más para los ricos, un evento protocolario donde los ceros a la derecha cambian de manos y la vida sigue su curso.
Yo solo era la enfermera.
La mujer que había cuidado a Don Teodoro Garza en sus últimos meses de vida, invitada por mera cortesía a escuchar cómo repartía su inmensa fortuna entre su familia distanciada. O al menos, eso era lo que mi mente cansada intentaba repetirse una y otra vez para justificar mi presencia en ese lugar.
Estaba sentada en la esquina más alejada de una sala de juntas lujosísima, en el último piso de un rascacielos corporativo en Las Lomas de Chapultepec.
El ventanal de piso a techo ofrecía una vista panorámica de la Ciudad de México, cubierta por esa nata grisácea de smog que contrastaba brutalmente con el aire purificado y frío del interior.
Me sentía completamente fuera de lugar.
Llevaba puesto mi mejor suéter, que de todas formas se veía gastado bajo esas luces dicroicas perfectas, y mis zapatos blancos de clínica, los únicos que no me destrozaban los pies después de las jornadas infernales en el hospital.

A mi alrededor, el aire olía a perfumes europeos de miles de pesos, a cuero genuino y a una avaricia que casi se podía masticar.
Los familiares de Don Teodoro estaban ahí. Sus sobrinos, primos segundos y hasta gente que yo juraba que nunca había cruzado la puerta de la casona durante los meses que él estuvo agonizando.
Me miraban por encima del hombro de vez en cuando, como si yo fuera un mueble más de la oficina, un adorno barato que alguien olvidó quitar antes de la reunión importante.
Se notaba la urgencia en sus ojos.
El primo Roberto, un hombre de rostro rojizo y traje a la medida que le apretaba en la cintura, no dejaba de revisar su reloj, un Rolex que brillaba obscenamente cada vez que movía la muñeca.
A su lado, su esposa Sofía se acomodaba el bolso de diseñador sobre las rodillas, susurrando comentarios venenosos al oído de su hija, una muchacha que no despegaba la vista de su celular.
Nadie lloraba.
Nadie tenía los ojos hinchados por la pérdida.
Para ellos, el funeral de Don Teodoro había sido el boleto de entrada; esta sala de juntas era el evento principal. Estaban esperando el premio mayor, calculando mentalmente cuántos millones les tocarían, qué propiedades iban a vender primero, qué autos de lujo se iban a comprar.
El Licenciado Carlos, el abogado de la familia Garza durante décadas, un hombre canoso de semblante impenetrable, carraspeó, exigiendo silencio sin decir una sola palabra.
Abrió un fólder de cuero grueso y sacó un fajo de hojas selladas y notariadas. El crujido del papel fue el único sonido en la habitación.
“Damos inicio a la lectura de la última voluntad y testamento del señor Teodoro Garza”, anunció con una voz profunda, casi teatral.
Comenzó a leer. La letanía legal era aburrida, llena de términos que yo apenas entendía.
Fideicomisos, usufructos, albaceas, donaciones en vida.
Primero, leyó las donaciones menores. Una cantidad generosa para la fundación de niños con cáncer del Hospital Siglo XXI. Un fondo de becas para la universidad que llevaba el nombre de su difunta hermana.
Los familiares bufaban, cruzándose de brazos, impacientes porque el “viejo loco” estuviera tirando el dinero que ellos consideraban suyo por derecho divino.
Luego, pasó al personal.
“A la señora Elena Robles, mi ama de llaves durante veinticinco años, le dejo la propiedad ubicada en Coyoacán y una suma de tres millones de pesos en agradecimiento por su lealtad inquebrantable”.
Vi a Doña Elena, sentada un par de sillas más allá de la mía, llevarse un pañuelo de tela a los ojos. Ella sí lo extrañaba. Ella sí había estado ahí.
El chofer, Don Manuel, también recibió una casa y una pensión vitalicia. El abogado continuó leyendo pequeñas sumas para algunos primos lejanos, cantidades que para mí hubieran significado salir de todas mis deudas de por vida, pero que para ellos parecían insultos.
La tensión en la sala estaba a punto de reventar los cristales. El primo Roberto ya estaba rojo de rabia.
“Y ahora”, dijo el Licenciado Carlos, ajustándose los lentes y haciendo una pausa dramática que heló la sangre de todos los presentes. “En cuanto al grueso de mi patrimonio…”
El silencio fue absoluto. Podías escuchar el zumbido del aire acondicionado. Podías escuchar los latidos acelerados de una docena de corazones codiciosos.
“…el cual incluye el conglomerado de Empresas Garza, las propiedades inmobiliarias en Ciudad de México, Cancún y Monterrey, los portafolios de inversión internacionales y todas las cuentas bancarias líquidas…”
Roberto se inclinó hacia adelante, casi babeando.
“…dejo la totalidad de estos bienes, como heredera universal y absoluta, a mi amada sobrina… Isabel Hernández”.
El impacto de esas palabras tardó unos tres segundos en procesarse. Y entonces, el caos estalló.
La sala de juntas se convirtió en un manicomio.
“¡¿Qué?!”, rugió Roberto, poniéndose de pie de un salto, tirando su silla de cuero hacia atrás con un estruendo. “¡Esto es un fraude! ¡Ese viejo estaba demente!”
“¡¿Quién diablos es Isabel Hernández?!”, chilló Sofía, agarrándose el pecho como si le estuviera dando un infarto. “¡Teodoro no tenía sobrinas por el lado de los Hernández! ¡Vamos a impugnar esta porquería!”
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