El cielo sobre la imponente Hacienda Tequilera “El Centenario”, en el corazón profundo de Jalisco, se había teñido de un tono morado y oscuro, tan negro como la conciencia de un traidor. El viento soplaba con una furia desmedida, arrancando de tajo las pencas de los agaves más viejos y haciendo retumbar los gruesos muros de adobe de la casona principal. Sin embargo, el verdadero terror de esa noche no provenía de la tormenta. Doña Carmen, una matriarca implacable de 78 años que había gobernado su imperio tequilero con mano de hierro, se encontraba muy lejos de la seguridad de sus pasillos de mármol. Estaba siendo arrastrada hacia el límite más traicionero de sus tierras: la temida Barranca del Diablo, un precipicio insondable donde el río bramaba furioso, dispuesto a devorar cualquier cosa que cayera en sus fauces.
Con las piernas paralizadas desde hacía 10 años a causa de una embolia, Doña Carmen se aferraba con desesperación a los reposabrazos de su lujosa silla de ruedas. Sus nudillos estaban blancos por la presión. El lodo arcilloso de los campos salpicaba su fino chal de lana, mientras la lluvia helada le pegaba los cabellos plateados al rostro.
—¡Valeria, por la Virgen de Zapopan, detente! ¿Qué locura es esta? —gritó la anciana, sintiendo cómo el pánico le desgarraba la garganta, aunque su voz apenas lograba competir con el estruendo de los truenos.
Valeria, su nuera, no aminoró el paso. Era una mujer de 35 años, conocida en toda la región por su belleza altiva y su ropa de diseñador, pero bajo la luz intermitente de los relámpagos, su rostro parecía el de un demonio. El rímel le escurría por las mejillas, deformando sus facciones, y sus ojos inyectados en sangre destilaban un odio contenido durante demasiado tiempo. Empujaba la pesada silla de ruedas hundiendo sus tacones de aguja en el barro rojizo, resbalando y jadeando, pero avanzando con una determinación asesina hacia el abismo.
—¡Ya me harté, vieja soberbia! ¡Ya me cansé de mendigar las sobras de una fortuna que me pertenece! —escupió Valeria, con la respiración entrecortada—. He pasado 15 años soportando tus humillaciones, sirviéndote la comida, aguantando que me trates como a una arrimada, todo porque mi inútil esposo no tuvo las agallas de reclamar su herencia antes de accidentarse.
Las deudas de juego de Valeria en los palenques clandestinos habían superado los 20 millones de pesos, y sus prestamistas ya le habían puesto precio a su cabeza.
—¡Te pagaré todo! Te daré las tierras del norte, el dinero, lo que me pidas… —suplicó Doña Carmen, sintiendo un vacío en el estómago cuando las ruedas delanteras de la silla comenzaron a pisar las piedras sueltas del borde del acantilado.
—Ya es tarde para tus limosnas, suegra —soltó Valeria una carcajada aguda y desquiciada que el viento hizo eco—. Mañana, cuando los peones encuentren las huellas del lodo hacia el vacío, dirán que la pobre viuda loca salió a buscar a su difunto hijo y resbaló. Qué desgracia tan oportuna. Y yo, por fin, seré la dueña absoluta de todo este imperio.
Sin permitirle rezar una última oración, Valeria soltó los frenos y dio un empujón brutal. La silla de ruedas se inclinó hacia el vacío, quedando suspendida una fracción de segundo en el aire tormentoso, y luego, Doña Carmen desapareció en la negrura total. Se escuchó un choque metálico espantoso contra las rocas y después, el silencio sepulcral del río tragándose el crimen.
Valeria se alisó la gabardina mojada, esbozó una sonrisa de triunfo y dio media vuelta hacia su camioneta, ensayando las lágrimas que derramaría ante la policía ministerial. Pero la ambiciosa mujer cometió un error fatal: creer que estaba sola. A escasos 5 metros, oculta entre las espinas de un maguey silvestre, una figura diminuta lo había presenciado todo. Era Citlali, una niña indígena de apenas 8 años, descalza y empapada. Desde que sus padres murieron, la niña había perdido la capacidad de hablar. Pero esa noche, mientras Valeria se alejaba, los ojos enormes de Citlali captaron un débil quejido proveniente del abismo, y al asomarse, vio algo que le heló la sangre. Era imposible creer lo que estaba a punto de suceder…
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