PARTE 2
A escasos 6 metros de caída, aferrada con las manos ensangrentadas a las raíces podridas de un árbol torcido, colgaba Doña Carmen. La silla de ruedas se había precipitado hacia la destrucción total, pero la matriarca luchaba por no soltarse, suspendida literalmente sobre las garras de la muerte. Sus miradas se cruzaron en medio del vendaval: la dueña de la mitad de Jalisco y la pequeña huérfana que no poseía más que la ropa raída que llevaba puesta.
En los ojos de Doña Carmen había un terror primitivo. En los de Citlali, una determinación que no correspondía a sus 8 años. La niña no dudó. Se desenredó de la cintura una gruesa soga de ixtle que usaba para amarrar la leña, buscó un tronco firme de mezquite y ató uno de los extremos con nudos ciegos que su abuelo le había enseñado. Soportando los latigazos de la lluvia, Citlali arrojó el otro extremo al vacío.
—¡No tienes fuerza, chamaca, vete por ayuda! —sollozó la anciana, sintiendo que los brazos le ardían.
Pero Citlali negó con la cabeza de forma frenética y se tiró al lodo, usando su propio cuerpo frágil como ancla. Le hizo señas para que se amarrara la soga al pecho. Doña Carmen obedeció con torpeza, y entonces comenzó una batalla agónica. Citlali tiraba de la cuerda, clavando los talones descalzos en la tierra resbaladiza, gruñendo de esfuerzo mientras las fibras ásperas le desollaban las palmas de las manos. Fue un milagro impulsado por pura desesperación. Tras 15 minutos que parecieron siglos, Doña Carmen logró rodar sobre el borde, cayendo exhausta sobre el barro. Ambas se quedaron tendidas, respirando con dificultad, empapadas y sucias.
Esa noche, la niña no dejó a la anciana a su suerte. Con un esfuerzo sobrehumano, Citlali la arrastró y la cargó sobre su espalda a medias, adentrándose en la maleza hasta llegar a una humilde choza de lámina y adobe oxidado. Allí vivía Don Chucho, el abuelo de la niña, un viejo jimador al que Doña Carmen había despedido cruelmente hacía 12 años bajo acusaciones falsas inventadas por Valeria. Al ver a la altiva patrona cubierta de fango y humillada, el viejo no sintió sed de venganza, sino compasión. La recostó en un catre de paja y le dio a beber un jarro de atole caliente.
A la mañana siguiente, la vieja radio de pilas de Don Chucho interrumpió el canto de los gallos con una noticia de última hora: “La región tequilera amanece de luto. Doña Carmen ha desaparecido trágicamente en la Barranca del Diablo. La señora Valeria, única heredera y profundamente destrozada, tomará posesión inmediata de la Hacienda”.
Al escuchar esto, el jarro de barro cayó de las manos de Doña Carmen, rompiéndose en pedazos.
—¡Esa víbora está mintiendo! —gritó la anciana, intentando levantarse del catre inútilmente—. ¡Me empujó! ¡Va a quedarse con las tierras de mi familia!
Don Chucho bajó la mirada, ajustándose el viejo sombrero de palma.
—Nadie le va a creer a un campesino pobre y a una niña muda contra la palabra de la nueva millonaria del estado, Doña Carmen. Si la encuentran viva, terminará de matarla en una cama de hospital.
—¡Hay pruebas! —bramó la matriarca, con los ojos inyectados en una mezcla de fiebre y furia—. Mi silla de ruedas. En el reposabrazos derecho, oculto bajo el cuero, mandé instalar una pequeña grabadora digital para dictar mis memorias. Estaba encendida. Grabó cada insulto, cada confesión de sus deudas y el momento exacto en que me arrojó. ¡Si recuperamos esa grabadora, la hundo en la cárcel para siempre!
El silencio invadió la choza. Bajar a la barranca era un suicidio. Pero antes de que Don Chucho pudiera negarse, Citlali ya se había puesto de pie, colgándose una linterna al cuello y sosteniendo la soga de ixtle. La niña estaba dispuesta a descender al infierno para traer la justicia que le había sido arrebatada a la mujer que, paradójicamente, alguna vez los dejó en la miseria.
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