Ella abofeteó a la “estúpida” niñera; sin que ella lo supiera, la niñera era una artista marcial cinturón negro que protegía a los gemelos del jefe de la mafia.
El golpe sonó en el penthouse del piso sesenta y dos como un disparo.
La palma de Rebeca Cárdenas se estrelló contra la mejilla de Alma con tanta fuerza que el eco rebotó en los ventanales de cristal y hasta los escoltas, hombres entrenados para no inmutarse, dieron un pequeño respingo. El vino tinto seguía escurriendo por el vestido blanco de seda de Rebeca, manchándolo como una herida abierta. A sus pies, sobre el mármol impecable, el charco rojo brillaba bajo la luz de las lámparas.
—¡Inútil! ¡Torpe! ¡Ni para cargar una charola sirves! —escupió Rebeca, con la voz empapada de desprecio.
La cabeza de Alma se ladeó. En su pómulo comenzó a dibujarse la huella rojiza de la mano. Durante un segundo pareció exactamente lo que todos en aquella casa creían que era: una niñera nerviosa, medio tonta, demasiado callada, demasiado torpe, una muchacha gris que llevaba ocho meses tropezando con muebles, tirando vasos y pidiendo perdón hasta por respirar.
Pero cuando Rebeca levantó la mano para abofetearla por segunda vez, algo cambió.
Los dedos de Alma subieron como un resorte y atraparon su muñeca en el aire.
No hubo temblor. No hubo duda. Solo una fuerza seca, precisa, imposible en una mujer que hasta entonces había fingido tropezarse con las alfombras. Sus hombros dejaron de encorvarse. La respiración temblorosa desapareció. Los ojos, siempre demasiado abiertos, demasiado asustados, se afilaron hasta volverse fríos.
Afilados.
Entrenados.
El cinturón negro que ceñía su uniforme gris no era un capricho. Nunca lo había sido.
Todos los guardaespaldas dieron un paso atrás casi sin querer, como si el aire alrededor de Alma se hubiera electrizado.
Desde el pasillo, Rodrigo Cárdenas entró en la sala y se quedó inmóvil.
A sus treinta y seis años, señor de media ciudad, empresario por fuera y depredador por dentro, era un hombre acostumbrado a entenderlo todo en cuanto cruzaba una puerta. Pero aquella noche no comprendió lo que estaba viendo: la mujer a la que había despreciado durante ocho meses sostenía la muñeca de su hermana como si fuera de papel, y la expresión en sus ojos decía con absoluta claridad que podía romper a cualquiera en esa habitación antes de que alguien alcanzara una pistola.
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