El padre soltero que trabajaba de camarero bailó con la hija traumatizada del director ejecutivo; la canción hizo llorar al padre.
El salón principal del Hotel Imperial brillaba como si hubiera atrapado el sol dentro de sus candelabros. La música de la orquesta subía y bajaba como una marea elegante, las copas chocaban con delicadeza y las risas de la alta sociedad llenaban cada rincón con esa seguridad que solo da el dinero. Era la noche del aniversario de Grupo Salinas del Valle, una de las corporaciones más poderosas de México, y todo estaba calculado para impresionar: las flores blancas, la alfombra color marfil, los vestidos imposibles, los trajes cortados a medida.
Y, sin embargo, en una esquina del salón, sentada sola en una silla tapizada de terciopelo azul, había una mujer que parecía pertenecer a otro mundo.
Se llamaba Camila Salinas. Tenía veinticuatro años, llevaba un vestido color noche que caía con una elegancia tranquila hasta el suelo y unas joyas discretas que solo hacían resaltar más la dignidad con la que intentaba mantenerse erguida. Pero nadie miraba el vestido. Nadie miraba las joyas. Todos miraban la cicatriz.
Una marca ancha, irregular, rosada y brillante, le atravesaba la mitad izquierda del rostro, desde la sien hasta la mandíbula. Tres años antes, un accidente automovilístico le había dejado esa herida y, con ella, algo peor: le había robado la facilidad de sonreír, la costumbre de salir y la sensación de ser vista como una mujer y no como una tragedia elegante.
Su padre, Alejandro Salinas, presidente del grupo empresarial y anfitrión de la gala, la observaba desde la mesa principal con el gesto inmóvil de quien ha pasado la vida dominando mercados, competidores y negociaciones, pero no puede hacer nada contra la crueldad de una sala llena de gente vacía. Había insistido en que Camila asistiera. Le había dicho que era hora de volver, de ocupar su lugar, de dejar de esconderse.
Pero una cosa es pedir valentía y otra muy distinta soportar las miradas.
Cerca de la barra, tres jóvenes de apellido largo y mérito corto la observaban con descaro.
—Pobre Alejandro —dijo uno, moviendo el whisky en su vaso—. Construyó medio país y ni con todo su dinero pudo arreglarle la cara.
Los otros soltaron una risa breve, baja, venenosa.
—¿Quién va a querer bailar con ella? —añadió otro—. Yo, la verdad, ni la voltearía a ver.
—Debió quedarse en su casa —remató el tercero.
Las palabras no fueron gritadas, pero llegaron limpias hasta la mesa de Camila. Ella bajó un poco más la mirada. Sus manos, delicadas y tensas, se cerraron una sobre la otra hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No lloró de inmediato. Ya había aprendido a contener las lágrimas en público. Pero sintió cómo el pecho se le llenaba de esa presión conocida, la misma que aparece cuando una comprende que, aun rodeada de gente, no hay nadie dispuesto a acercarse.
Desde el otro lado del salón, Mateo Cruz también la miró.
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