85 noches de calabozo, durmiendo sobre un colchón que apestaba a humedad y desesperación, mientras el canaya que engendró a los gemelos que llevaba en sus entrañas brindaba con champán francés en su fast compromiso.
El sonido metálico y sordo de los cerrojos al cerrarse en aquella celda helada de la prisión provincial no fue lo que destrozó el alma de Isabela, sino la imagen grabada a fuego en su memoria.

Mateo, el hombre por el que había dado la vida entera, dándole la espalda en el juzgado, sin derramar una sola lágrima, dejándola pudrirse entre rejas por unos chanchullos financieros que él mismo había orquestado.
Qué poca vergüenza, Dios mío. había utilizado como su perfecta cabeza de turco, empujando a la mujer que lo amaba con devoción al mismísimo infierno, y todo para salvar su empresa de la quiebra y tener el camino libre para casarse con una niñata de alta cuna.
Αllí estaba Isabela ahora tiritando de madrugada bajo el frío que cala los huesos en los inviernos castellanos, envuelta en un triste uniforme carcelario que apenas lograba cubrir su vientre hinchado ya de casi 8 meses.
Las manos le temblaban con los nudillos en carne viva por fregar los suelos de piedra del penal, pero se aferraban a su barriga con la fiereza de una leona acorralada protegiendo a sus cachorros.
Cada contracción prematura, cada dolor punzante en la matriz era un recordatorio físico de la traición más vil y despiadada que un ser humano puede llegar a soportar.
Las compañeras de módulo, mujeres endurecidas por las palizas de la vida, la miraban de reojo con un nudo en la garganta al escucharla ahogar sus gemidos contra la almohada para no molestar.
Pero Isabella ya había derramado todas las lágrimas que le correspondían a Mateo.
Con los labios agrietados y ensangrentados alzaba la vista hacia el minúsculo tragaluz enrejado, por donde apenas se colaba un hilo plateado de luna.
y rezaba, rezaba con una fe rotunda e inquebrantable, suplicándole a la Virgen del Carmen y a Dios nuestro Señor, no que la sacaran mágicamente de allí, sino que le dieran la fuerza sobrenatural necesaria para mantener con vida a esos dos angelitos inocentes.
En ese agujero infecto y olvidado de la mano de Dios, donde cualquier otra persona habría perdido la cordura, Isabela estaba forjando su coraza de acero.
El dolor agudo de la traición le quemaba en el pecho como brasas al rojo vivo.
Pero el amor infinito por sus hijos no nacidos era un fuego muchísimo mayor, un fuego purificador.
Mateo, ese sinvergüenza vestido de seda, creía haber enterrado su mayor y más sucio secreto bajo los gruesos muros de aquella cárcel,
plenamente convencido de que una simple secretaria embarazada y arruinada jamás podría hacerle sombra a su nueva vida de lujos, yates y apellidos compuestos.
Pero se equivocaba de medio a medio.
Vaya si se equivocaba. No sabía. El muy insensato, que la semilla que se planta en la más absoluta y cruel oscuridad, cuando está regada a diario por la sangre y la fe de una madre humillada,
hecha unas raíces tan profundas y destructivas que acaban resquebrajando hasta los cimientos del palacio más arrogante.
La justicia divina siempre tiene sus propios tiempos, nunca se olvida de cobrar las deudas.
Y el reloj de arena del karma acababa de dar la vuelta exactamente en el mismo instante en que Isabela asintió la primera y vigorosa patadita de sus pequeños en medio de aquella miseria absoluta.
Para entender verdaderamente cómo aquella mujer de fe inquebrantable y corazón de oro había terminado pudriéndose en un jergón de presidio, tiritando de frío y abrazada a su vientre abultado.
Había que desandar el tortuoso camino de su propio calvario personal, un sendero empedrado como tantos otros en esta vida, con las mejores intenciones cristianas y la más absoluta, ciega y trágica devoción del corazón.
Isabella no era ni por asomo una criminal curtida en el vicio, ni mucho menos una mente maestra de las estafas financieras a gran escala. Era una simple muchacha de barrio obrero.
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