
Pensaron que se había derrumbado por completo. Pensaron que estaba sumida en la más absoluta miseria. La familia del Castillo había invitado a Sofía de vuelta a sus vidas por una única razón: regodearse en su desgracia mientras su exmarido se casaba con una mujer más joven y rica.
Victoria del Castillo, la despiadada matriarca de la familia, incluso le había preparado un asiento en la mesa del servicio para restregarle aún más su situación, pero se equivocó de plano. No sabía que Sofía no vendría sola.
Cuando las puertas de la capilla se abrieron, Sofía no entró llorando. Entró flanqueada por sus tres hijos idénticos, tres réplicas en miniatura del hombre que esperaba en el altar, y el secreto que había guardado durante 4 años estaba a punto de convertir esa boda perfecta en un campo de batalla.
El sobre color crema era pesado y olía a un perfume caro y penetrante. Un aroma que Sofía Reyes conocía demasiado bien: era el perfume de Victoria del Castillo, la mujer que había convertido su vida en un infierno durante 3 años.
Sofía estaba de pie en el vestíbulo de su moderno ático de paredes de cristal, en pleno Paseo de la Castellana de Madrid. Le daba vueltas al sobre una y otra vez entre las manos. La caligrafía era impecable. La tinta dorada brillaba bajo la luz de la lámpara de araña.
Miguel Ángel del Castillo e Isabel Romero tienen el placer de invitarle…
Sofía soltó una risa amarga, desprovista de toda alegría. Miguel, el hombre que había prometido amarla para siempre, se había quedado mirando en silencio mientras su madre, Victoria, le destrozaba el corazón poco a poco. Miguel, que había firmado los papeles del divorcio hacía 4 años sin siquiera mirarla a los ojos, dejando que Victoria le arrojara a los pies un mísero cheque de finiquito, como si le pagara a una criada.
—Mami, ¿quién es?
Sofía bajó la vista. León, uno de sus trillizos de 4 años, le tiraba del pijama de seda. Detrás de él, en el salón, Santiago y Mateo estaban construyendo un fuerte con los cojines sobre la alfombra. Habían heredado los ojos de Miguel, penetrantes y grises, y su pelo negro y ondulado, pero habían heredado la mandíbula de Sofía, su terquedad y su corazón apasionado.
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