—Quiero seguir. Quiero descubrir la verdad para darle justicia a quienes ya no pueden defenderse.
El médico esbozó una sonrisa cansada y tomó un frasco con un líquido rosado.
—Este recipiente fue encontrado junto a ellos en su recámara. Estaban completamente sanos, una muerte súbita simultánea es imposible. Alguien les hizo esto. Y en casos de niños tan pequeños, el culpable casi siempre duerme bajo el mismo techo.
A Cristina se le revolvió el estómago. ¿Quién podría arrebatarle la vida a dos seres tan frágiles?
Federico se puso los guantes quirúrgicos y tomó el bisturí.
—Sujeta al niño en posición, vamos a empezar.
Cristina posicionó los bracitos fríos del primer gemelo. El silencio volvió a reinar, denso y pesado. Pero justo cuando el filo del bisturí iba a rozar la piel pálida, Cristina dio un salto hacia atrás, ahogando un grito.
—¡Se movió! ¡Su mano tocó la mía! —exclamó, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón desbocado.
—Cristina, por favor —suspiró Federico, perdiendo un poco la paciencia—. Es un espasmo post mórtem. Un movimiento involuntario. Estás perdiendo el control.
—¡No, doctor! ¡Toque usted mismo!
Para demostrarle su error, Federico se acercó. Revisó los ojos. Nada. Tomó la mano del niño. Fría y yerta. Miró a la joven con desaprobación y deslizó su mano hacia el pecho del pequeño para buscar alguna rigidez inusual. De pronto, el forense se petrificó.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Retiró la mano como si el cuerpo estuviera ardiendo y, sin pensarlo, pegó la oreja al pecho del niño.
Latidos. Débiles, lentos, casi imperceptibles. Pero latidos al fin y al cabo. Y entonces, como un eco fantasmal rebotando en los azulejos de la morgue, ambos escucharon una risa suave y apagada saliendo de los labios entreabiertos del pequeño.
Federico retrocedió, pálido como la cera. Llevó su mano a su propio pecho, como si necesitara confirmar que él también seguía vivo. Cristina no lo dudó; se arrodilló junto a la plancha y apoyó el oído.
—¡Está vivo! ¡Se lo dije! —gritó, con la voz quebrada por la impresión.
Aún en shock, el doctor giró la cabeza hacia el segundo gemelo. Lo imposible se volvió indiscutible frente a sus propios ojos: la mano del otro niño, que colgaba inerte de la camilla, se contrajo lentamente hasta descansar sobre su propio abdomen.
Latidos. Respiración superficial. Otra risita inaudible.
—Los dos… los dos están vivos —balbuceó Cristina.
El forense casi tropieza al retroceder. Con los dedos temblorosos, sacó su celular, dejó caer sus carpetas y marcó.
—¡Comandante! ¡Mande una ambulancia y patrullas a la morgue de inmediato! ¡Es una emergencia!
Semanas antes, aquellas risas infantiles no resonaban en un recinto fúnebre, sino bajo el cálido sol que bañaba la inmensa alberca de una lujosa mansión.
Cayo y Cael, gemelos idénticos de diez años, corrían descalzos por el pasto, armados con globos de agua. Eran un torbellino de energía y carcajadas, disfrutando de su propia infancia.
—¡Fallaste! —le gritó Cael a su hermano, esquivando un globo azul que estalló contra el piso de terracota—. ¡Ahora vas tú!
Lanzó su contraataque con todas sus fuerzas. Cayo, ágil como siempre, se agachó a tiempo. El globo siguió de largo e impactó directamente en el rostro de Patricia, que tomaba el sol plácidamente en un camastro, arruinándole el peinado de salón y empapando sus caros lentes oscuros.
Las risas de los niños cesaron de golpe.
Marcos, el padre de los gemelos y flamante esposo de Patricia, se incorporó de su asiento, preocupado.
—¿Estás bien, mi amor?
Patricia forzó la sonrisa más dulce que pudo armar, tragándose la furia que le hervía en la sangre.
—Todo bien, cielo. Con este calor, el agua hasta se agradece —dijo, quitándose los lentes mojados con un gesto que intentaba ser casual.
Los niños se acercaron, genuinamente arrepentidos.
—Perdón, Patricia, era para Cayo —murmuró Cael, cabizbajo.
Marcos frunció el ceño.
—Tengan cuidado, vayan a jugar más lejos al otro lado de la alberca. No puede volver a pasar.
—¡No, Marcos, déjalos! —interrumpió Patricia con falsa ternura—. Son solo niños. Es más, ¡voy a jugar con ustedes!
Durante los siguientes minutos, la mujer corrió y lanzó globos, interpretando a la perfección el papel de la madrastra amorosa y enrollada. Marcos los miraba desde la orilla, sonriendo emocionado. Estaba convencido de haberle dado a sus hijos, huérfanos de madre tras un trágico accidente automovilístico ocurrido cinco años atrás, la mejor familia posible.
Pero en cuanto Patricia se agotó, tomó su bolsa y entró a la casa con la excusa de darse un baño. Doña Coralina, su madre, la vio escurriendo agua por los pasillos de mármol y la siguió de inmediato a la recámara. Apenas se cerró la puerta de madera fina, la máscara de Patricia cayó a pedazos.
—¡Ya no soporto a estos escuincles! —gritó, arrojando su costosa bolsa contra el sillón—. ¡Mira cómo me dejaron! Horas en el salón de belleza hoy para que estos mocosos insolentes me arruinen el bronceado.
Coralina fue al clóset, sacó una toalla afelpada y comenzó a secar el cabello de su hija con una calma milimétricamente calculada.
—Tranquila, mi niña. Tienes que controlarte, no puedes echar a perder todo nuestro trabajo ahora.
—Pensé que al casarme con Marcos me había sacado la lotería —bramó Patricia, dejándose caer con pesadez—. Pero vienen estos dos de paquete. No vamos a ningún lado solos, no cenamos en paz, no viajamos sin llevar guardería. Y lo peor, mamá: están creciendo. En unos años van a ser mayores de edad, van a despilfarrar la fortuna de su padre, a adueñarse de la casa y me van a dejar en la calle después de todo lo que hice para atrapar a ese millonario idiota.
Coralina dejó la toalla, tomó un cepillo y comenzó a peinarla rítmicamente. Luego, se colocó frente a su hija y la miró directamente a los ojos con una sonrisa helada.
—No te preocupes por la herencia, mi princesa. Esos mocosos ni siquiera van a llegar a los dieciocho años.
Patricia frunció el ceño, pasmada.
—¿Qué quieres decir, mamá?
—El plan está marchando a la perfección. Marcos confía ciegamente en ti. Cree que eres un ángel, la madre perfecta. Así que, si a esos niños les pasa algo, a nadie, absolutamente a nadie, se le ocurrirá mirar en nuestra dirección. Es hora de deshacernos de ellos. Primero uno, luego el otro se marchará de “tristeza”. Una fatalidad lamentable.
Una sonrisa retorcida comenzó a dibujarse en los labios de Patricia, idéntica a la de su madre.
—¿Y cómo lo haremos? Los médicos de hoy investigan todo.
—Conozco a una vieja curandera en un pueblito escondido de la sierra —explicó Coralina, bajando la voz—. Tiene una pócima perfecta. Sin color, sin olor. Mata lentamente, poco a poco, y no deja un solo rastro en los análisis de sangre. Ya lo he usado antes, te lo aseguro. Funciona de maravilla. Nadie sospechará nada.
Madre e hija se miraron a través del espejo y soltaron una carcajada siniestra que rebotó en las lujosas paredes de la habitación. Rieron hasta que la puerta se abrió de pronto y apareció Marcos, aún mojado por la alberca.
—¿A qué se debe tanta risa en este cuarto? —preguntó, con una sonrisa sincera.
Patricia saltó hacia él y lo abrazó, fingiendo la mayor de las ternuras.
—Le contaba a mamá lo divertidos que son los gemelos con los globos de agua. Los amo tanto, Marcos. Tus hijos llenan mi vida de una manera que no te imaginas.
Él le besó la frente, conmovido, ciego ante el nido de víboras mortales que albergaba en su propia casa.
A la mañana siguiente, muy temprano, Coralina manejó por horas hasta la sierra. Golpeó la puerta de madera podrida de la vieja curandera y, sin mediar mucha palabra, sacó de su bolsa un grueso fajo de pesos y lo azotó sobre la mesa rústica.
—Aquí tienes lo acordado. Dame las gotas —ordenó Coralina.
La anciana de dientes amarillentos le entregó un pequeño frasco de cristal grueso.
—Es fuerte. Si quieres que sufran poco a poco, solo usa un par de gotitas. No dejará huella.
Coralina regresó a la mansión triunfante. Encontró a Patricia ayudando a los niños con la tarea en la sala, proyectando la imagen de la familia de revista. Cuando los niños se distrajeron, Coralina le hizo una seña a su hija y le mostró el pequeño frasco en la cocina.
—Aquí lo tienes. Hoy empezamos con Cayo. Siempre ha sido el más respondón.
Esa tarde, Coralina preparó el platillo favorito de los niños: un jugoso pay de pollo.
—Para el niño más guapo de la casa, el primer pedazo —le dijo a Cayo con falsa devoción, sirviéndole una porción en la que ya había mezclado discretamente la gota del veneno invisible.
El niño comió con apetito. Pero a los veinte minutos, un dolor punzante e insoportable le atravesó el estómago. Soltó los cubiertos, se llevó las manos al vientre y corrió al baño de la planta baja, donde devolvió hasta la última migaja.
Marcos caminaba de un lado a otro en la sala, con el rostro desencajado por la angustia.
—Tranquilo, amor, debe ser un virus estomacal, los niños siempre pescan esas cosas —lo consoló Patricia, acariciándole el brazo con un gesto ensayado frente al espejo—. Mamá le hará una sopita ligera y ya verás que se repone volando.
En la cena, esa misma “sopita” llevaba otra gota de la mezcla letal. Cayo volvió a retorcerse de dolor. Los días siguientes se convirtieron en un infierno interminable para el niño. Marcos lo llevó con los mejores especialistas de la ciudad; le hicieron decenas de exámenes, radiografías y análisis de sangre, pero los doctores no encontraron absolutamente nada.
—Probablemente sea una intoxicación alimentaria severa combinada con estrés —diagnosticó el pediatra, confundido.
Mientras Cayo perdía fuerzas en su recámara, luciendo cada día más pálido y ojeroso, Coralina y Patricia celebraban en la cocina.
—Mañana le subimos la dosis a dos gotas. Ese escuincle ya está con un pie en la tumba y los médicos no tienen ni idea —se burlaba Coralina, guardando el botecito asesino en su bolsa.
Cael, desesperado, no se despegaba de la cama de su hermano gemelo.
—Pronto vas a estar bien, hermanito. Vas a ver que esto pasa rápido —le decía, tomándole la mano.
En ese momento, la puerta crujió y entró Coralina con un tazón rebosante de ensalada de frutas frescas.
—Ándale, mi vida. Cómete tu frutita para que agarres energía y te levantes de esa cama —dijo con voz acaramelada, dejando el plato en el buró antes de salir a paso ligero.
Cayo miró la fruta con repulsión. Suspiró, debilitado.
—No quiero, Cael. No me voy a comer eso. Siempre que pruebo lo que me traen Patricia o Coralina, me pongo mucho peor. Me da terror comer.
—Pero no puedes dejarte morir de hambre, tienes que comer algo —insistió Cael preocupado—. Cómetelo, de verdad sabe muy rica. Coralina preparó un tazón gigante en la cocina y yo comí de la misma hace rato. No hace daño.
Cayo empujó el plato hacia su gemelo.
—Entonces cómetela tú. Yo no voy a probar ni un bocado. Y si preguntan, diles que fui yo quien se la acabó para que no me regañen.
Cael suspiró, cedió ante la mirada suplicante de su hermano y se comió la ensalada. Acababa de tragarse la ración envenenada.
No pasaron ni diez minutos cuando el rostro de Cael palideció repentinamente. Se agarró el estómago, soltó un quejido agudo y corrió al baño a vomitar de manera violenta.
Cayo se sentó en la cama de golpe, sintiendo cómo su mente trabajaba a mil por hora. Él no había comido nada, y, sorprendentemente, se sentía lúcido y sin dolor por primera vez en días.
Cuando Cael salió del baño, limpiándose la boca y temblando de escalofríos, Cayo lo miró fijamente a los ojos.
—Cael… no es ningún virus. Es la comida. Sólo te enfermaste cuando comiste exactamente la porción que Coralina trajo para mí.
Cael abrió mucho los ojos, asimilando la información.
—¿Estás diciendo que… nos están envenenando? Pero si ellas son súper lindas con nosotros, siempre nos consienten.
—Las apariencias engañan, como siempre nos dice papá —sentenció Cayo con una madurez que el miedo le obligó a encontrar—. O son dos brujas disfrazadas, o estoy loco. Pero vamos a averiguarlo. Vamos a ponerles una trampa.
Esa misma tarde, Cayo, fingiendo estar ligeramente mejor, pidió un antojo específico: el famoso pastel de chocolate que solo Coralina sabía hacer. Sabía perfectamente que su abuelastra no perdería la oportunidad para administrarle la siguiente dosis.
En cuanto Coralina bajó a la cocina, los gemelos salieron de puntillas de su habitación y se escondieron estratégicamente detrás del gran biombo del comedor, desde donde podían espiar sin ser vistos.
Allí vieron llegar a Patricia, furiosa, pisando fuerte el suelo de mármol.
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