Alejandro cerró el archivo y se quedó mirando la pantalla apagada de la laptop como si, por pura terquedad, fuera a aparecer allí la dirección exacta de Mariana.
Nada.
Cinco años buscándola.
Cinco años comprando lotes, reconstruyendo calles, financiando centros comunitarios y becas en colonias del sur de Guadalajara con la excusa de “desarrollo urbano”, cuando en realidad perseguía un recuerdo con trenzas, uniforme gastado y un lazo rojo partido en dos.
Su asistente tocó a la puerta de cristal.
—Señor Torres, llegó la señora del comedor comunitario de San Martín. Dice que no se irá hasta hablar con usted.
Alejandro frunció el ceño.
No tenía ninguna reunión agendada.
—¿Nombre?
—Mariana López.
El corazón le dio un golpe tan brutal que tuvo que apoyarse en el escritorio.
Durante un segundo pensó que había escuchado mal.
Luego enderezó la espalda.
—Hazla pasar.
La puerta se abrió despacio.
Y el tiempo se volvió una cosa extraña.
La mujer que entró no era la niña que él había imaginado en sus desvelos, porque ninguna mujer de treinta y un años puede parecerse de verdad a una niña de nueve. Pero había algo en la forma de sostener la mirada, en la quietud orgullosa de su postura, en la boca seria que no pedía permiso para hablar.
Su piel oscura brillaba bajo la luz de la oficina. Llevaba una blusa blanca sencilla, un pantalón negro y una carpeta azul apretada contra el pecho. El cabello, ya no en trenzas, estaba recogido en un chongo bajo. No tenía joyas. No tenía maquillaje llamativo. No tenía nada que intentara impresionar a nadie.
No lo necesitaba.

Alejandro dejó de respirar por un segundo.
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