A la mañana siguiente, Rachel se despertó con el olor de los panqueques y el tocino flotando desde la cocina. Ella sonrió para sí misma mientras entraba en el comedor, donde Liam y Noah ya estaban sentados a la mesa, sus platos apilados con comida.
“Ustedes me están malcriando”, dijo, riendo mientras se sentaba.
Liam sonrió mientras deslizaba un plato delante de ella. “Pensamos que te debíamos uno, después de todos los años de que comiéramos tu cocina”.
El corazón de Rachel se hinchó mientras miraba a sus hijos, sus hijos que la habían apoyado a través de todo. “Has compensado con creces”, dijo, con la voz llena de amor.
Noé la miró, su expresión reflexiva. “Sabes, mamá, hemos pasado por mucho, pero creo que somos más fuertes para ello”.
Rachel asintió, con los ojos llenos de lágrimas. – Tienes razón. Lo somos”.
Comieron juntos en silencio, el peso de los últimos días lentamente comenzó a levantarse. El futuro era incierto, pero por primera vez en mucho tiempo, Rachel se sentía esperanzada. Tenía sus hijos, y juntos podían enfrentar cualquier cosa.
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