—Los bebés no siempre lloran porque tienen hambre o sueño. A veces lloran porque están desregulados. El avión es ruidoso. La presión cambia. El cuerpo se tensa.
Henry lo miró fijamente.
—¿Desregulados?
—Sí, señor. Cuando mi mamá murió, mi hermanita lloraba así. No era solo hambre. Era angustia. Aprendí que primero hay que regular el cuerpo. Luego el llanto se va solo.
Las palabras golpearon a Henry más fuerte que cualquier grito anterior.
Angustia.
Eso era.
Nora no solo estaba cansada.
Había perdido a su madre.
Y él… había estado tratando de silenciar el síntoma sin comprender la causa.
Mason regresó y le entregó al bebé con cuidado.
—Sosténgala así unos minutos más. Y respire usted también.
Henry tomó a su hija como si fuera la primera vez.
Intentó replicar la postura.
Respiró profundo.
Lento.
Y notó algo que no había notado antes:
Él estaba rígido.
Tenso.
Aterrorizado de fallar.
Nora probablemente sentía eso.
—Gracias —dijo finalmente, con una voz que no era la del magnate.
Era la de un hombre roto que acababa de recibir una lección inesperada.
Mason se encogió de hombros.
—No es nada.
Pero sí era algo.
Era todo.
La azafata miró a Henry.
—¿Desea que el joven regrese a su asiento?
Henry dudó.
—¿Te gustaría sentarte aquí un momento? —preguntó a Mason.
Los murmullos regresaron.
Primera clase no era para cualquiera.
Pero Henry no estaba pidiendo permiso.
Mason miró hacia la cortina que separaba ambas clases.
—No quiero causar problemas.
—No estás causando ninguno.
El joven se sentó en el asiento frente a Henry.
La conversación fluyó de manera inesperada.
—¿Viajas solo? —preguntó Henry.
—Sí, señor. Voy a un programa de verano en Zúrich. Ingeniería biomédica.
Henry levantó una ceja.
—¿A los dieciséis?
Mason asintió.
Leave a Comment