La pobre camarera se percató del punto rojo en el pecho del jefe de la mafia y fue la primera en actuar…

El estruendo sacudió el salón. La bala atravesó la mesa de madera donde un segundo antes había estado el torso de Gabriel y lanzó astillas, cristal y vino por todas partes. La gente gritó. Elías ya tenía el arma fuera. Nicolás tumbó la mesa para cubrirlos.

Mía quedó encima de Gabriel, respirando contra su cuello, sintiendo el olor a sándalo, pólvora y peligro. Cuando levantó la cara, vio los ojos de él abiertos de par en par. La calma aburrida había desaparecido; ahora había algo mucho peor: concentración absoluta.

Gabriel le tocó la sien. Sus dedos salieron manchados de sangre.

—Estás herida.

—Vi… vi un punto rojo —balbuceó ella—. En su camisa.

Elías tiró de Gabriel para levantarlo. Nicolás hablaba a gritos por radio. Todo era caos.

Pero Gabriel no soltó la muñeca de Mía.

—Ella viene con nosotros.

—Jefe, es una civil —gruñó Elías—. Tenemos que movernos.

—Vio al tirador. Viene con nosotros.

Mía no tuvo opción. La arrastraron por la salida de servicio, la bajaron por una escalera de emergencia y la metieron en la parte trasera de una camioneta blindada. Cuando arrancaron bajo la lluvia, ella volteó una última vez hacia la torre. Su vida normal —pobre, cansada, miserable, pero suya— desapareció en ese instante.

La llevaron a una propiedad escondida en el bosque, a las afueras de Valle de Bravo. Una fortaleza de cristal, concreto y silencio.

Le quitaron el celular. La revisó una mujer que parecía más soldado que ama de llaves. Después la condujeron a un despacho enorme donde Gabriel, ya sin corbata y con la camisa salpicada de sangre, servía whisky junto a una chimenea.

—Bebe —dijo, ofreciéndole un vaso.

—Quiero irme a mi casa.

—No puedes volver a tu casa. El que falló el disparo falló por tu culpa. Eso te convierte en un cabo suelto.

Mía sintió que le flaqueaban las piernas.

—Entonces soy una prisionera.

—Eres una invitada con vigilancia reforzada.

Él se acercó y se puso en cuclillas frente a ella.

—¿Por qué lo hiciste?

—Ya se lo dije.

—No. —Su voz bajó—. Arriesgaste la vida. ¿Por qué?

Mía apretó los puños.

—Porque mi papá murió en medio de una balacera cuando yo tenía seis años. Iba saliendo de una tienda. Nadie lo empujó. Nadie le gritó que se tirara. Vi el punto en su pecho y no pude… no pude dejar que volviera a pasar.

Gabriel la observó largo rato, buscando mentira donde solo había memoria. Al final llamó a Nicolás.

—Prepárale una habitación en el ala de invitados. Que la vea un médico. Nadie entra ni sale sin mi permiso.

Nicolás dudó un segundo. Fue mínimo, pero Mía lo notó.

—¿Ni siquiera yo?

Gabriel giró la cabeza con lentitud.

—Ni siquiera tú.

Aquella noche, Mía no durmió. Oyó voces en el pasillo. Elías y Nicolás discutían en voz baja. Elías insistía en que alguien dentro del círculo había dado la ubicación de Gabriel. Nicolás quería que cualquier detalle que Mía recordara le fuera comunicado primero a él.

Ese “primero” le heló la espalda.

A la mañana siguiente, Gabriel la esperaba en un solario de cristal con desayuno servido y una pistola sobre la mesa, como si ambas cosas pertenecieran a la misma categoría. Le devolvió otro teléfono, no el suyo.

—Ya hablé al asilo de tu madre. Sus gastos están cubiertos por un año.

Mía lo miró sin entender.

—¿Por qué?

—Porque pago mis deudas. Y porque vas a ayudarme.

Frente a ella proyectó el plano del restaurante. Explicó lo que sus hombres no habían entendido: el láser no era error de un novato, sino señuelo. Querían obligarlo a moverse en una dirección específica, hacia la línea de fuego de un segundo tirador.

Mía completó la idea antes de que él la terminara.

Gabriel la observó con interés real por primera vez.

—Tienes ojos que ven patrones. Mis hombres ven objetivos. No es lo mismo.

Le explicó que esa noche habría una reunión con varias familias del negocio en una galería subterránea de la colonia Juárez. Necesitaba llevarla consigo.

—¿Como qué? ¿Como testigo?

—Como mi prometida.

Mía casi se atragantó.

—¿Perdón?

—Es el disfraz perfecto. Si creen que eres una distracción bonita, no cuidarán sus gestos delante de ti.

—Yo era mesera ayer.

—Hoy eres un punto ciego.

La vistieron con un vestido verde esmeralda de seda, con una abertura escandalosa en la pierna y unos aretes que pesaban más que todo lo que ella tenía en su departamento. Gabriel, impecable en esmoquin, la condujo con una mano firme en la cintura.

—Sonríe —murmuró él para las cámaras.

—Te odio —susurró ella sin despegar los labios.

—Perfecto. Hazlo con glamour.

La galería era concreta, fría y hostil. En torno a una mesa de acero esperaban varios jefes. Don Tadeo Rossi, enorme y sudoroso, con ojos de tiburón. Un británico llamado Adrián Thorne. Un representante ruso apodado Volkov. Y, detrás de Gabriel, Nicolás.

Mía bebió champaña y fingió aburrimiento. Pero observaba.

Volkov golpeaba el vaso con un ritmo repetido. Nicolás no vigilaba el perímetro; vigilaba a Volkov. Bajo la mesa, Mía vio la punta de un portafolio negro que no estaba allí al principio. Lo entendió en un segundo.

Se inclinó hacia Gabriel como si fuera a besarlo.

—El ruso le da señales a Nicolás. Hay un maletín bajo tu silla.

Gabriel no preguntó. Se puso de pie.

—Me harté de este vino.

Las luces se apagaron de golpe.

Estalló una lluvia de balas.

Gabriel tiró a Mía al suelo y rodaron detrás de una escultura de bronce mientras el salón se convertía en guerra. Elías peleaba cerca de la salida. Nicolás gritó “¡ahí están!” y en ese instante se confirmó la traición.

Pólvora. Gritos. Metal. Cristal.

—Estamos atrapados —jadeó Mía.

Entonces vio, al fondo, junto a la terraza, dos calefactores de gas y los tanques de propano.

—Dame tu arma.

—¿Qué?

—¡Dámela!

Gabriel le pasó una pistola de respaldo.

Mía disparó al tanque. Falló. Gabriel cubrió su cabeza mientras seguía disparando. Ella respiró, corrigió el ángulo y volvió a jalar el gatillo.

Esta vez el gas siseó.

—Ahora el calefactor —gritó.

Gabriel entendió de inmediato. Un disparo certero y el aire se convirtió en fuego.

La explosión abrió parte del muro lateral. Sonaron las alarmas y los rociadores empaparon el infierno. Gabriel tomó a Mía por la cintura y ambos huyeron entre humo, agua y caos.

Llegaron a un callejón tres cuadras más allá. Allí, por fin, Gabriel se desplomó.

Mía vio la sangre en su costado y sintió que el mundo se le venía encima.

—No. No, no, no…

Le presionó la herida con ambas manos. Gabriel apenas pudo sonreír.

—Volaste una galería de arte —susurró con admiración absurda.

—Improvisé —sollozó ella.

—No confíes… en Nicolás… ni en nadie…

Y se desmayó.

Mía llamó al número de emergencia que él le había dado. Un médico clandestino llamado Víctor llegó en una furgoneta gris y lo operó en una clínica escondida bajo una lavandería del barrio de la Guerrero. Durante horas, Mía se quedó sentada viendo el monitor del pulso, temiendo cada silencio.

Cuando Gabriel despertó, al amanecer, la encontró dormida en una silla con la mano todavía sobre su antebrazo.

—¿Sigues aquí? —murmuró él.

Mía abrió los ojos de golpe y soltó una risa quebrada.

—Planeaba robarte el reloj, pero decidí esperar a que despertaras.

Él alzó la mano y le acomodó un mechón detrás de la oreja.

—Me salvaste otra vez.

Mía quiso bromear. Quiso hacerse la dura. Pero no pudo.

—No te me mueras, ¿sí?

Hubo un silencio espeso.

—Mía —dijo él muy bajo—. Quédate conmigo.

Ella supo que ya era tarde. Se estaba enamorando del peor hombre posible.

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