—Víctor Salazar, sobrino del jefe, se enteró antes. Lo levantaron en una bodega del puerto. Lo torturaron para que dijera dónde escondió la evidencia. No habló. Lo mataron. Yo llegué tarde. Alcancé a verlo vivo unos minutos. Me agarró de la camisa y me hizo prometerle que cuidaría de ustedes dos. Esa misma noche saqué a tu madre de la ciudad. Desde entonces las he estado moviendo para que siguieran con vida.
Cada recuerdo de su infancia se reacomodó dentro de Camila como un vidrio roto: las mudanzas, las cortinas siempre cerradas, la ansiedad de su madre, el nombre de su padre pronunciado con desprecio, como si hubiera sido un cobarde.
—¿Mi mamá lo sabía?
—Sabía quién era y lo que intentó hacer. Pero mentirte era la única forma de mantenerte lejos de la verdad… y de quienes la buscaban.
Camila apretó los puños.
—Llévame con ella.
—Es peligroso.
—Me mintieron veintitrés años. No voy a seguir huyendo sin mirarla a los ojos.
Rogelio comprendió, porque no discutió más.
El edificio donde vivían era viejo, de paredes delgadas y escalera estrecha. Subieron sin hablar. Rogelio llevaba la mano cerca del arma. Camila abrió la puerta del departamento 4C y llamó:
—¿Mamá?
Luz apareció desde la cocina secándose las manos con un trapo. Sonrió apenas un segundo. Luego vio a Rogelio detrás de su hija y se quedó pálida.
—No… no, Rogelio. Dijiste que estaba a salvo.
—Las reglas cambiaron —respondió él, cerrando la puerta y atrancándola con una silla—. Ya la encontraron.
Camila sintió que todo el dolor de su vida subía a la garganta.
—¿Así que era verdad? ¿Me dejaste odiar a mi padre creyendo que nos abandonó?
Luz tembló.
—Te dejé creer lo que te mantenía viva.
—¡Me dejaste crecer pensando que no me quiso!
Las lágrimas de su madre cayeron en silencio.
—Te protegí como pude.
—¡No! —gritó Camila—. Me escondiste. Me robaste el derecho de saber quién era.
Luz fue hasta la cocina, apartó el refrigerador unos centímetros y sacó de detrás un sobre manila cubierto de polvo. Lo abrió sobre la mesa. Cayeron fotografías viejas: un hombre joven con la sonrisa de Camila, la misma mirada intensa, el mismo hoyuelo discreto en la mejilla izquierda.
Tomás.
—Él era tu padre —susurró Luz—. Y sí te quiso. Te quiso antes de conocerte. El día que le dije que estaba embarazada lloró como un niño. Me dijo que tú ibas a ser su única oportunidad de hacer algo limpio en su vida.
Camila tomó las fotos con las manos temblorosas. Sentía que conocía ese rostro desde siempre.
—¿Entonces por qué siguen buscándome?
Luz y Rogelio intercambiaron una mirada.
—Porque creen que tú puedes llevarlos a la evidencia —dijo Rogelio—. O porque creen que tu madre te dejó una pista.
Luz cerró los ojos y dijo lo que había callado durante años:
—Tu segundo nombre. El que nunca te dejé usar.
Camila frunció el ceño.
—Soledad.
—No era por superstición —respondió su madre—. Era la contraseña. Tomás codificó todo con tu nombre completo. Por eso me aterraba que alguien lo escuchara, que algún documento lo registrara, que alguien curioso hiciera preguntas.
El golpe en la puerta del edificio los congeló a los tres.
Luego otro. Después varios pasos. Voces de hombres subiendo la escalera.
Rogelio se asomó por la mirilla y maldijo por lo bajo.
—Ya están aquí.
Luz se quedó sin color.
Camila miró alrededor del departamento, desesperada. Entonces recordó algo.
—La azotea. Podemos pasar por el departamento de la señora Elvira. Deja abierto porque no oye bien y le da miedo no escuchar si la llaman.
Rogelio la miró con una chispa de aprobación.
—Al abrir la puerta, corren a 4F. No miren atrás.
Los golpes en la escalera ya eran carreras.
Rogelio abrió de golpe. Salieron disparados al pasillo. Sonaron balazos. El yeso explotó junto a la pared. Camila empujó la puerta de la vecina, arrastró a su madre dentro y señaló el cuarto de servicio donde una escalera vieja llevaba a la azotea.
Subieron casi a ciegas.
Cuando emergieron al techo, el aire de la noche les golpeó la cara. Detrás, la puerta metálica temblaba por los impactos de quienes intentaban abrirla.
—Hay otro edificio a unos metros —dijo Rogelio—. Saltamos, bajamos por la escalera de incendio y robamos un coche.
Luz palideció al ver el vacío.
Camila le tomó la mano.
—Papá nos protegió hasta donde pudo. Ahora nos toca a nosotras.
Esa frase hizo algo en su madre. Enderezó los hombros y asintió.
Saltaron.
Cayeron del otro lado con violencia. Luz se torció el tobillo, pero no se detuvo. Bajaron la escalera de metal mientras arriba sonaban gritos y más disparos. Rogelio abrió un sedán con una navaja y un cable como si lo hubiera hecho toda la vida.
Arrancaron justo cuando dos camionetas negras doblaban la esquina.
Los siguieron durante diez minutos de locura, entre semáforos rotos, calles angostas y un vidrio trasero que explotó en lluvia sobre sus cabezas. Pero lograron perderlos cerca del malecón.
Se refugiaron en un lote abandonado. Luz respiraba entrecortado. Rogelio sangraba del hombro. Camila sostenía el sobre con las fotos de su padre como si fueran un ancla.
Entonces llegó un mensaje al teléfono viejo que Rogelio llevaba siempre apagado salvo en emergencias. Lo leyó y se quedó inmóvil.
—¿Qué dice? —preguntó Camila.
Él alzó la vista.
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