Claudia rodó los ojos con fastidio. Caminó hasta recepción, tomó el teléfono interno y habló con voz seca.
—Licenciado Salgado, hay aquí un señor mayor que insiste en ver el Emperador V12 y ahora dice que quiere hablar con usted. Sí… no, no parece serio… sí, seguro está jugando.
Desde la oficina, la respuesta llegó rápida y soberbia. Víctor Salgado, gerente general de la agencia, era de esos hombres que creen que el mundo cabe en una tarjeta de presentación.
—Déjalo que se canse solo. Siéntalo afuera y que se vaya.
Claudia colgó.
—El gerente está ocupado. Vuelva otro día.
—Necesito verlo hoy —dijo don Nicolás con la misma calma.
—Y yo necesito que no me haga perder el tiempo —contestó ella.
Don Nicolás no discutió. Caminó hasta una silla de la sala de espera y se sentó con dignidad. Sin enojo. Sin prisa. Como si conociera algo que nadie más en esa agencia conocía.
Pasaron unos minutos.
Fue entonces cuando se le acercó un muchacho de unos veinticinco años, traje barato pero limpio, gafete recién estrenado, ojos honestos. Se llamaba Iván Paredes y llevaba apenas un mes trabajando ahí como asesor junior.
—Disculpe, señor —dijo en voz baja—. ¿Necesita ayuda?
Don Nicolás alzó la vista y sonrió de nuevo.
—Solo quiero ver al gerente, hijo.
Iván dudó un segundo. Luego asintió.
—Déjeme intentarlo.
Caminó hasta la oficina de Víctor Salgado, tocó la puerta y entró.
—Licenciado, el señor de allá afuera… sé que parece una tontería, pero habla con mucha seguridad. Tal vez de verdad quiere comprar.
Víctor ni siquiera levantó los ojos de la laptop.
—Iván, eres nuevo. Todavía no sabes distinguir a un cliente real de alguien que solo viene a curiosear. Tu trabajo es vender, no hacer labor social. Ve y sácalo con educación.
Iván tragó saliva. Quiso insistir. No lo hizo.
Cuando volvió con don Nicolás, se sintió avergonzado.
—Lo siento, señor. Dice que está ocupado. Que vuelva más tarde.
Don Nicolás asintió sin molestarse.
—No pasa nada. Cuando llegue el momento, nos veremos.
Iván, intrigado, se quedó quieto.
—¿Cómo se llama usted?
La sonrisa del anciano cambió apenas, como si escondiera una historia detrás.
—Todavía no es tiempo de nombres.
Metió la mano a la bolsa de lona, sacó un sobre cerrado y se lo extendió a Iván.
—Entrégaselo al gerente. Pero solo cuando esté solo.
Iván tomó el sobre. Pesaba más de lo que parecía.
—¿Qué contiene?
—La respuesta que todos aquí van a necesitar mañana.
Iván sintió un escalofrío extraño. No supo por qué, pero guardó el sobre en el bolsillo interior del saco como si fuera algo importante, casi sagrado.
La mañana siguió. Clientes entrando. Cafés servidos. Sonrisas ensayadas. Llantas brillando bajo las lámparas. Pero Iván ya no podía concentrarse. Cada vez que rozaba el sobre sentía que había algo enorme latiendo ahí dentro.
Cerca del mediodía, el salón se calmó un poco. Víctor estaba por fin solo en su oficina. Iván entró.
—Licenciado, el señor de hace rato me pidió que le entregara esto cuando estuviera solo.
Víctor soltó una risa seca.
—¿Qué es? ¿Una carta para pedir limosna?
Rompió el sello y desplegó la hoja.
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