PARTE 2
Ximena miró la carpeta azul como si fuera una ofensa personal.
—¿Qué es eso? —preguntó con fastidio—. ¿Otra escena tuya para hacerte la digna?
—No —respondí—. Es contabilidad. Lo que Esteban nunca supo manejar… y lo que tú jamás te molestaste en preguntar.
El licenciado Robles abrió la carpeta con cuidado. Adentro estaban los estados de cuenta, los contratos de crédito, las notificaciones de requerimiento, las demandas mercantiles, los pagarés firmados, los correos impresos, las hojas con sellos de embargo. Tres años de derrumbe ordenados en separadores de colores.
Vi cómo se le iba el color del rostro mientras pasaba las primeras páginas.
—Señorita Ximena —dijo con voz baja—, aquí aparecen adeudos con dos bancos, una financiera, tres tarjetas de crédito vencidas y dos préstamos particulares.
—Eso no significa nada —replicó ella, aunque ya no sonaba tan segura—. Esteban invertía. Los hombres que tienen dinero usan deuda todo el tiempo.
—Los hombres que tienen dinero sí —contesté—. Los hombres que quieren aparentar también. La diferencia es que unos pagan y otros se entierran.
Le deslicé una hoja.
—El departamento de Santa Fe tiene dos hipotecas.
Otra hoja.
—La casa de Valle de Bravo tiene una orden de embargo preventivo.
Otra más.
—Y la camioneta no era de Esteban. Estaba a nombre de una empresa fantasma que usó para mover dinero y sacar más crédito del que podía cubrir.
El silencio fue inmediato.
Doña Teresa se persignó.
Verónica soltó una risa seca que disfrazó como tos.
Ximena empezó a hojear los documentos con manos temblorosas.
—No… no, esto está mal. Él me llevó a esa casa. Me dijo que era nuestra. Me dijo que cuando todo saliera bien nos íbamos a vivir ahí.
—También me dijo a mí que estaba trabajando por nuestro futuro —le contesté—. Mientras yo vendía las joyas que me dejó mi mamá para cubrir gastos de la casa, él te pagaba un tratamiento dental en Polanco y una bolsa que costó más que seis meses de renta.
—¡Cállate! —gritó, golpeando la mesa—. Tú siempre fuiste una amargada. Por eso se fue conmigo.
—No se fue contigo —dije sin alzar la voz—. Se fue detrás de la versión de sí mismo que tú le aplaudías. La del hombre exitoso, generoso, irresistible. Tú no amabas a Esteban. Amabas el personaje.
El notario acomodó sus lentes otra vez.
—Hay algo importante que debo aclarar —dijo—. Si usted acepta la herencia, acepta también la carga procesal y patrimonial que la acompaña. Y, de acuerdo con los documentos aquí presentes, el pasivo supera de manera considerable el valor real de los bienes.
Ximena lo miró como si le hablara en otro idioma.
—¿Me está diciendo que si firmo… me quedo con las deudas?
—Me estoy quedando con la frase simple para que no haya dudas —intervine—. Sí. Todo es para ti. Incluyendo lo que debe.
Doña Teresa me miró horrorizada.
—Mariana, ¿por qué no dijiste nada antes?
La miré por primera vez en toda la mañana.
—Porque durante años nadie quiso escucharme. Ni cuando advertí que los números no cuadraban. Ni cuando descubrí movimientos extraños. Ni cuando su hijo me pidió poner propiedades a mi nombre para “protegernos” y luego quiso quitármelas con un documento que firmó dos semanas antes de morir.
Ximena levantó la cabeza de golpe.
—¿Qué documento?
Saqué del fondo de la carpeta un sobre crema.
El licenciado Robles lo reconoció apenas vio el sello y cerró los ojos un segundo.
—No… —murmuró—. ¿También trajiste eso?
Lo puse frente a Ximena.
—Sí —dije—. Porque aquí está la única jugada de Esteban que, sin querer, terminó salvándome a mí y enterrándote a ti.
Ximena tragó saliva.
Su mano tardó varios segundos en atreverse a tocar el sobre.
Y cuando el licenciado empezó a leer el contenido, entendí por su cara que ahora sí estaba viendo el abismo.
Por primera vez desde que había entrado, dejó de parecer amante.
Y empezó a parecer víctima.
Pero todavía no sabía de quién.
Por eso lo que vino después la dejó rota… y obligó a todos a esperar la última verdad.
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