Los dos muchachos palidecieron. Le soltaron el brazo y echaron a correr sin mirar atrás.
Matías apenas alcanzó a ver las luces blancas bañando el callejón antes de caer por completo al suelo.
Lo siguiente que sintió fue una mano pequeña sacudiéndole el hombro.
—No te duermas —le decía la niña, llorando—. Por favor, no te mueras.
Matías entreabrió los ojos. Ella estaba inclinada sobre él, con la cara llena de lágrimas y tierra.
—¿Cómo te llamas? —murmuró él.
—Ximena.
—Bonito nombre —alcanzó a decir.
Entonces el rugido de los motores se detuvo. Botas pesadas entraron al callejón. Sombras enormes cubrieron la luz.
Un hombre alto, ancho de hombros, cubierto de tatuajes y con chamarra de cuero negra, se abrió paso entre los demás. Tenía barba corta, mirada oscura y esa clase de quietud que da más miedo que un grito.
Ximena se levantó corriendo.
—¡Papá!
El hombre la alzó de inmediato, revisándole la cara, las manos, las rodillas. Cuando confirmó que seguía entera, sus ojos fueron hacia el niño tirado en el suelo.
—¿Él fue? —preguntó con voz grave.
La niña negó con fuerza.
—No. Él me salvó. Se puso enfrente. No me conocía y aun así lo hizo.
El silencio se hizo tan pesado que parecía otra pared.
Ramiro “el Cuervo” Salazar se acercó despacio a Matías, se puso en cuclillas frente a él y lo observó con una intensidad que lo hizo sentir desnudo.
—¿Tú fuiste el que recibió la golpiza por mi hija?
Matías quiso incorporarse, pero el dolor en las costillas lo dejó sin aire.
—Ella… estaba llorando —susurró—. Eso fue todo.
El Cuervo apretó la mandíbula.
—¿Y sabes quién soy?
—Ahora sí.
—¿Y aun así lo hiciste?
Matías tardó un segundo en responder.
—Sí.
Ximena abrazó el brazo de su padre.
—Papá, ayúdalo. Por favor.
El hombre no dijo nada. Solo se puso de pie y giró levemente la cabeza.
—Lobo —ordenó a uno de los motociclistas—. Encuentra a los dos cobardes. Quiero sus nombres completos antes de medianoche.
Luego señaló a otro.
—Tigre, súbelo a la moto. Con cuidado.
Matías sintió que lo levantaban entre brazos fuertes. Quiso resistirse.
—No… no quiero problemas.
El Cuervo lo miró fijamente.
—Hijo, los problemas ya llegaron. La diferencia es que ahora no estás solo.
El club de motociclistas no era como Matías lo había imaginado. Sí, olía a cuero, gasolina y humo, pero también a café recién hecho y caldo caliente. Había risas apagadas, fotos viejas en las paredes, herramientas limpias y una mesa larga de madera donde evidentemente la gente comía junta.
Lo acostaron sobre un sofá mientras un hombre mayor, al que todos llamaban Doc aunque no era doctor de verdad, le revisaba las costillas y la mano inflamada.
—Nada roto de gravedad —gruñó—. Pero te va a doler hasta pestañear, chamaco.
Ximena no se apartó de su lado ni un momento.
—¿Te duele mucho? —preguntó.
Matías soltó una media sonrisa torcida.
—Poquito… como si me hubiera atropellado un camión.
Ella dejó escapar una risita nerviosa por primera vez desde el ataque.
El Cuervo observaba la escena desde el otro extremo del salón, callado, con los brazos cruzados. Finalmente se acercó.
—¿Dónde vives?
Matías bajó la mirada.
—Donde me agarre la noche.
—Te pregunté dónde vives, no dónde sobrevives.
La pregunta le apretó algo en el pecho. No estaba acostumbrado a que alguien insistiera.
—Desde que murió mi mamá… en ninguna parte.
La expresión del Cuervo cambió apenas, como una grieta diminuta en una pared de piedra.
—¿Y familia?
Matías negó.
Ximena volvió el rostro hacia su padre, suplicante.
—Papá…
Ramiro guardó silencio largo rato. Después se sentó frente al muchacho, apoyando los codos sobre las rodillas.
—Escúchame bien, Matías. En esta ciudad hay gente que usa el miedo para sentirse grande. Los dos que te pegaron son de esos. Pero hay otra clase de gente. La que se planta enfrente aunque le cueste caro. Esa es la gente que yo respeto.
Matías no supo qué decir.
—Te quedarás aquí esta noche —continuó Ramiro—. Mañana veremos qué sigue.
—No necesito caridad —murmuró el niño, por puro orgullo.
El Cuervo soltó una exhalación seca, casi una risa.
—No te la estoy ofreciendo. Te estoy pagando una deuda.
Ximena sonrió, satisfecha.
—Te dije que mi papá iba a venir.
Aquella madrugada llevaron a uno de los agresores al club. Se llamaba Tadeo. Entró temblando, empujado por dos hombres enormes. Venía pálido, con la prepotencia hecha pedazos.
Matías, adolorido y vendado, estaba sentado en un sillón con una cobija sobre las piernas. Ximena dormía a un lado, recargada en su hombro.
Ramiro se puso de pie frente al muchacho.
—Míralo —ordenó, señalando a Matías—. Doce años. Flaco, golpeado, solo. Y tuvo más valor que tú.
Tadeo tragó saliva.
—Yo… yo no quería que llegara tan lejos.
—Pero llegaste —replicó el Cuervo.
El chico empezó a llorar. Habló de envidia, de rabia, de que querían asustar a Ximena porque todos en la colonia la trataban con cuidado por ser hija del Cuervo. Confesó el nombre de su cómplice y hasta dónde había llegado cada golpe.
Todos esperaban que Ramiro ordenara una paliza. Matías también.
Pero, para sorpresa de todos, el hombre volteó hacia él.
—Tú recibiste los golpes. Tú dime qué hago.
El salón quedó inmóvil.
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