
La noche cayó pesada sobre la ciudad.
No hubo sirenas.
No hubo anuncios.
Solo el sonido suave de un motor deteniéndose frente al hospital.
Un vehículo negro.
Oscuro como un secreto que nadie debía conocer.
De él bajó un hombre alto.
Traje negro.
Mirada fría.
Cicatriz fina cruzando el pómulo izquierdo.
No preguntó direcciones.
No necesitaba hacerlo.
Caminó directo… como si ya conociera el camino.
Carmen lo esperaba en el pasillo trasero.
Cuando lo vio acercarse, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Usted es…? —preguntó en voz baja.
El hombre no respondió.
Solo extendió la mano.
Carmen dudó un segundo… y le entregó el sobre.
Él lo abrió ahí mismo.
Sin prisa.
Sin emoción.
Primero la carta.
Luego el USB.
Luego las instrucciones.
El silencio se volvió pesado… casi insoportable.
Pasaron cinco minutos.
Diez.
Quince.
Y cuando terminó…
cerró los ojos un instante.
Solo uno.
Pero fue suficiente para que Carmen entendiera algo:
Ese hombre no era cualquiera.
Y lo que acababa de leer… había encendido algo peligroso dentro de él.
—¿Dónde están los niños? —preguntó al fin.
Su voz era baja.
Pero firme.
—Con el esposo… —respondió Carmen—. Ya los dieron de alta.
El hombre asintió lentamente.
—¿Y el cuerpo?
Carmen tragó saliva.
—En la morgue…
Silencio.
Luego él dijo algo que la dejó helada:
—Lléveme.
Minutos después…
la puerta metálica se abrió con un chirrido.
El aire frío envolvió todo.
Ahí estaba Alma.
Inmóvil.
Pálida.
Silenciosa.
Como si el mundo la hubiera olvidado demasiado pronto.
El hombre se acercó despacio.
La miró largo rato.
Sin tocarla.
Sin decir nada.
Pero sus ojos… ya no eran los mismos.
Había algo más ahí.
Algo profundo.
Algo que no se apaga fácilmente.
—Llegué tarde… —murmuró apenas.
Carmen no entendió.
Pero no preguntó.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Mientras el hombre observaba el cuerpo…
Carmen dio un paso adelante.
—Hay algo más… —dijo—. Yo… no estoy segura, pero…
Se acercó a la camilla.
Puso dos dedos en el cuello de Alma.
Esperó.
Uno…
dos…
tres…
Y entonces…
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