Con una sensación rara en el pecho.
Como si algo importante hubiera pasado…
y nadie más lo hubiera notado.
Di un paso.
Luego otro.
Me acerqué al bote.
No lo abrí de inmediato.
Me quedé frente a él, en silencio.
Pensando.
Recordando.
Y fue entonces… cuando algo dentro de la caja, ahora enterrada entre la basura, llamó mi atención.
Un pequeño borde de papel.
Asomando apenas.
Como si hubiera quedado atrapado entre todo lo demás.
Me agaché.
Abrí la tapa lentamente.
Y sin saber por qué… sentí que lo que estaba a punto de encontrar… iba a cambiarlo todo.

El borde de papel estaba húmedo, manchado por algo que ya no quise identificar. Aun así, lo tomé con cuidado, como si fuera frágil, como si al jalarlo pudiera romper algo más que el papel.
Era un sobre.
Pequeño. Cerrado con cinta. Con mi nombre escrito a mano.
La letra de mi mamá.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Qué haces? —preguntó Laura desde la cocina, sin voltear.
No respondí.
Saqué el sobre por completo. Tenía una esquina doblada, un poco sucia, pero intacto. Lo limpié con la palma de la mano, torpemente.
—Nada —murmuré.
Me quedé ahí, de pie, con el sobre entre los dedos.
No lo abrí de inmediato.
No sé por qué.
Tal vez porque ya intuía que dentro no había solo palabras.
Respiré hondo.
Y lo abrí.
El papel crujió suave.
La letra era la misma de siempre. Irregular, un poco temblorosa, como si cada palabra hubiera sido escrita despacio, con cuidado de no equivocarse.
“Hijito…”
Solo eso bastó.
Tuve que tragar saliva antes de seguir.
“Te mando unas cositas del rancho. No es mucho, pero es lo que pude juntar. Los huevos son de las gallinas de la vecina, están fresquitos. El pescado lo sequé yo, como te gustaba de niño. La salsita pica poquito, para que también coma el niño.”
Hice una pausa.
Miré de reojo el bote de basura.
Seguía cerrado.
Silencioso.
“Perdona si llega con tierra. Yo lo limpié lo más que pude, pero aquí ya sabes cómo es. Me acordé mucho de ustedes cuando lo estaba juntando.”
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