PARTE 2
Los murmullos estallaron de inmediato entre las pesadas bancas de madera tallada. Los abanicos de las señoras se detuvieron en seco. Doña Elena se levantó de golpe en la primera fila, con el rostro rojo de ira e indignación. “¡Quiten a esa bestia de inmediato de ahí! ¡Está arruinando el día más importante de mi hijo! ¡Sabía que traer a un perro callejero era un error!”, gritó la mujer, su voz rompiendo el aire tenso y pesado del patio.
Alejandro, sudando a pesar de la sombra, forzó una sonrisa temblorosa y extendió las manos hacia Valeria en un gesto que intentaba ser apaciguador. “Mi amor, controla a tu perro por favor. Está asustado por tanta gente y el ruido del mariachi. Dile que se siente, esto es vergonzoso”.
Pero Valeria no se movió. Su duro entrenamiento policial de 7 años tomó el control absoluto de su mente, ahogando por completo a la novia ilusionada. Conocía a Lobo mejor que a sí misma. Ese gruñido sostenido, la postura baja de ataque, la mirada clavada con precisión láser en el costado izquierdo del saco de Alejandro… eso no era miedo escénico. Era la postura exacta de detección de armas de fuego o explosivos.
“¿Qué traes escondido en el bolsillo izquierdo, Alejandro?”, preguntó Valeria. Su voz no tembló en absoluto; resonó fría, dura y autoritaria, rebotando en las paredes de piedra de la capilla.
Alejandro parpadeó rápidamente, el pánico destellando por una fracción de segundo en sus oscuros ojos antes de ocultarlo bajo una elaborada máscara de indignación. “¿De qué hablas, Valeria? ¡Son mis votos matrimoniales! Nos está mirando todo el mundo, tu familia, mis socios. Deja esta locura de policía paranoica ahora mismo”.
Mauricio, el hermano del novio, intentó acercarse por un costado con los puños apretados y el rostro pálido. “Yo me encargo de sacarlo a patadas si es necesario”, gruñó. Pero antes de que diera 2 pasos, Lobo giró la cabeza y lanzó un ladrido tan salvaje, ensordecedor y explosivo que Mauricio tropezó hacia atrás, cayendo torpemente de espaldas contra un gran arreglo floral. El perro volvió su atención de inmediato a Alejandro, avanzando 1 solo centímetro de forma amenazadora, acorralando al novio contra el altar de mármol.
“Saca lo que tienes en el bolsillo. Ahora mismo”, ordenó Valeria, soltando su costoso ramo de novia, el cual cayó al suelo desparramando sus pétalos blancos sobre la tierra.
“¡No te voy a permitir esta humillación pública!”, rugió Alejandro, llevando su mano derecha instintivamente hacia el interior de su chaqueta, pero el movimiento defensivo fue demasiado brusco. Lobo reaccionó a la velocidad del rayo. No mordió la carne para no mutilarlo, pero sus poderosas fauces atraparon la manga del impecable traje italiano de Alejandro con una fuerza demoledora, tirando de su brazo hacia abajo con la brutal técnica de inmovilización que usaba contra los peores sicarios del estado.
Alejandro soltó un alarido de terror, perdiendo el equilibrio. De su bolsillo interior cayó un objeto metálico pesado que golpeó la piedra del suelo con un sonido seco, definitivo y escalofriante.
Los gritos de terror llenaron la hacienda en un instante. Las mujeres corrieron despavoridas a proteger a los niños debajo de las bancas. Los músicos del mariachi soltaron sus instrumentos y retrocedieron. En el suelo, brillando bajo el sol de Jalisco, no había unos románticos votos de amor escritos en papel. Había una pistola escuadra calibre 9 milímetros, color negro mate, con el cargador lleno y sin el seguro puesto. Junto al arma letal, rebotó un teléfono desechable de plástico barato, el tipo exacto de equipo que los delincuentes usaban para comunicaciones clandestinas imposibles de rastrear por la fiscalía.
Valeria sintió que el suelo de cantera desaparecía bajo sus pies. El aire se volvió de plomo en sus pulmones. “¿Por qué demonios trajiste un arma cargada a nuestra boda?”, susurró, sintiendo cómo la traición le quemaba la garganta como ácido.
Alejandro, arrodillado cobardemente en el suelo y temblando de pies a cabeza mientras Lobo le gruñía a escasos centímetros del rostro, sollozó cubriéndose la cara. “Valeria, mi amor, escúchame por favor… era por protección. Solamente era por si acaso. Te juro por Dios que no quería lastimar a nadie, pero tenía que venir armado”.
Doña Elena corrió histérica hacia su hijo, llorando a gritos y apuntando con un dedo tembloroso a la novia. “¡Mi niño no es un delincuente! ¡Seguro tú lo involucraste en tus porquerías de policía! ¡Si fueras una mujer normal de casa, mi hijo no tendría que andar armado!”.
Valeria apretó la mandíbula, sintiendo el coraje hervir en su sangre. “Señora, su hijo normal acaba de meter un arma a una iglesia llena de familias. Cállese y asuma el monstruo cobarde que crio”.
Leave a Comment