La muchacha, temblando en su delgado suéter, se despidió con 1 beso en la mejilla de Doña Carmen y siguió su camino hacia la estación del metro. Santiago, con las manos temblando sobre el volante y el corazón latiendo a 100 por hora, bajó del vehículo. Caminó los 15 metros hasta la banca. Su madre, al verlo, bajó la mirada avergonzada, apretando el abrigo beige contra su pecho.
“Mamá, ¿qué haces aquí en medio de este frío maldito?”, preguntó Santiago, con la voz quebrada.
Doña Carmen derramó 1 lágrima solitaria. “Valeria me pidió que saliera… dijo que mis ropas daban mal aspecto para sus 4 invitadas, hijo. Me dijo que no regresara hasta las 5 de la tarde”.
La sangre de Santiago hirvió de una manera que jamás había experimentado. Sus ojos se oscurecieron por la furia mientras miraba el edificio de lujo a 3 cuadras de distancia. Apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Tomó a su madre del brazo, la subió al auto y encendió el motor. Nadie podía creer lo que estaba a punto de suceder…
PARTE 2
El trayecto de 3 cuadras hasta el edificio fue el más silencioso y tenso de los 42 años de vida de Santiago. El sonido de la calefacción del auto era lo único que llenaba el espacio, mientras Doña Carmen se aferraba al abrigo prestado por aquella joven de 25 años. Santiago no dijo 1 sola palabra, pero su mandíbula estaba tensa y sus ojos reflejaban 1 tormenta destructiva. Entendió en esos 5 minutos de camino que había estado ciego. Había permitido que el estatus y la superficialidad de Valeria pisotearan lo más sagrado que tenía en la vida.
Estacionó el BMW de golpe, ignorando al valet parking. Tomó la mano de su madre y la guió hacia el elevador privado. Subieron los 12 pisos en silencio. Al abrir la puerta de caoba del penthouse, 1 ola de calor y risas escandalosas los golpeó. Valeria estaba sentada en la sala de diseñador junto a 4 mujeres vestidas con ropa de marcas exclusivas, sosteniendo copas de champán que costaban más de 5000 pesos cada una. La mesa estaba llena de bocadillos importados.
Valeria levantó la vista y su sonrisa perfecta se borró al instante. Su rostro se descompuso al ver a Doña Carmen entrar con ese abrigo viejo y húmedo, de la mano de Santiago.
“¡Santiago! Mi amor, regresaste temprano”, balbuceó Valeria, levantándose de golpe y lanzando 1 mirada venenosa a su suegra. “¿Qué hace ella aquí? Acordamos que daría un paseo de 4 horas para darnos privacidad”.
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