La anciana que vendía dulces afuera de la secundaria murió dejando una carta con el nombre de Diego, el muchacho que nunca le compró nada. Cuando él abrió el sobre, descubrió que aquella mujer pobre sabía el secreto que su propia madre le había ocultado toda la vida.

La anciana que vendía dulces afuera de la secundaria murió dejando una carta con el nombre de Diego, el muchacho que nunca le compró nada. Cuando él abrió el sobre, descubrió que aquella mujer pobre sabía el secreto que su propia madre le había ocultado toda la vida.

La anciana que vendía dulces afuera de la secundaria murió dejando una carta con el nombre de Diego, el muchacho que nunca le compró nada. Cuando él abrió el sobre, descubrió que aquella mujer pobre sabía el secreto que su propia madre le había ocultado toda la vida.

En la colonia Guerrero, todos conocían a doña Cata. Se sentaba desde las siete de la mañana en un banquito de madera, junto al portón gris de la secundaria número 48, con una canasta de mazapanes, palanquetas, chicles y unos pequeños tamarindos envueltos en celofán que, según ella, “curaban la tristeza aunque no el hambre”. Tenía las manos arrugadas, un rebozo color café y una manera extraña de mirar a los muchachos: como si detrás del uniforme viera las heridas que nadie más alcanzaba a notar.

Diego nunca le compraba.

No porque fuera malo, sino porque apenas le alcanzaba para el pasaje y a veces ni eso. Tenía dieciséis años, vivía con su madre en un cuarto rentado detrás de una tlapalería y por las tardes ayudaba a bajar bultos en una tienda de abarrotes para juntar algo extra. Su mamá, Nora, cosía ropa ajena hasta que le ardían los ojos y las manos. Siempre estaba cansada, siempre de prisa, siempre con esa expresión de estar peleando contra algo que Diego no alcanzaba a entender.

—No te me juntes con nadie al salir —le decía ella—. Y no te quedes platicando en la calle. Tú te vienes derecho a la casa.

Diego obedecía casi siempre. Había aprendido a no preguntar demasiado. En su casa, las preguntas eran como fósforos cerca de una fuga de gas: bastaba una para que todo estallara.

Aun así, doña Cata lo saludaba todos los días.

—Ánimo, muchacho —le decía con una sonrisa desdentada—. Tú traes cara de que un día vas a cambiar tu suerte.

Él apenas levantaba la mano y seguía caminando.

Una tarde de jueves, al salir de clases, encontró un grupo de vecinos reunidos junto al puesto improvisado de la anciana. Había murmullos, miradas bajas, una sábana cubriendo algo en el suelo y una patrulla estacionada más adelante. La canasta de dulces estaba tirada, con los tamarindos regados entre el polvo y la banqueta.

—¿Qué pasó? —preguntó Diego, acercándose.

La señora de la papelería lo miró con lástima.

—Le dio un infarto a la pobre Cata. Cayó solita. Ya no alcanzaron a salvarla.

Diego sintió un vacío raro en el pecho. No era familia. Ni siquiera hablaban mucho. Pero verlo todo así, tan rápido, tan triste, le apretó algo por dentro. Dio un paso atrás, dispuesto a irse, cuando el policía que revisaba las pocas pertenencias de la anciana levantó un sobre amarillento.

—¿Quién es Diego? —preguntó en voz alta.

El muchacho se quedó helado.

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