“Papá dice que no hable de los juegos en el baño”: Miré por la puerta entreabierta y llamé a la policía aterrada.

“Papá dice que no hable de los juegos en el baño”: Miré por la puerta entreabierta y llamé a la policía aterrada.

La primera vez que Lucía sintió verdadero miedo de su propia casa fue cuando su hija de 5 años salió del baño temblando, con la toalla apretada al pecho como si quisiera borrarse del mundo, y su esposo todavía tuvo el descaro de sonreírle y decirle que no exagerara, que solo eran “cosas de papá e hija”.

Hasta ese momento, ella había tragado dudas como tantas mujeres tragan cansancio: en silencio, con culpa, con la esperanza de estar mal. Vivían en una colonia tranquila de Puebla, en una casa de 2 pisos que todavía olía a humedad cuando llovía. Lucía trabajaba por las mañanas haciendo uñas a domicilio y por las tardes vendía postres por encargo entre vecinas, mientras Esteban, su marido, manejaba una ruta de reparto para una ferretería. No eran ricos, pero tampoco les faltaba para el gasto. Tenían una hija pequeña, Renata, que era de esas niñas que parecían nacidas para despertar ternura: delgadita, de ojos enormes, cabello chino y una forma de hablar tan suave que hasta cuando pedía agua parecía estar pidiendo permiso para existir.

Todo el mundo decía que Renata era un angelito. Las maestras la adoraban porque casi nunca hacía berrinches, los vecinos le regalaban paletas por lo bien portada, y Lucía solía presumir, con esa alegría humilde de madre enamorada, que su niña tenía un corazón bueno. Pero hacía unos meses, algo en ella había cambiado. No era algo que pudiera decirse en voz alta con facilidad. No había moretones visibles ni gritos ni escenas escandalosas. Era peor: era una sombra. Un apagarse. Renata ya no corría a abrazarla al salir del kínder. Ya no pedía que le pusieran música mientras cenaban. Y cuando llegaba la hora del baño, se quedaba callada, con el cuerpo duro, mirando al piso.

Esteban había impuesto esa rutina casi como si fuera una muestra de amor ejemplar.

—Tú siempre andas corriendo con el trabajo y la casa —le decía a Lucía—. Déjame a mí este momento con la niña. Es importante que sienta a su papá cerca.

Al principio, Lucía incluso se sintió agradecida. Había escuchado tantas historias de hombres ausentes que ver al suyo tan pendiente de la niña le parecía una bendición. Él la subía al baño, cerraba la puerta y decía que el agua tibia la relajaba, que así dormía mejor, que eran sus “minutos especiales” para platicar con ella.

Lo raro no fue que la bañara. Lo raro fue el tiempo.

No eran 10 minutos ni 15. Era 1 hora. A veces más.

Al principio, Lucía se convenció de que quizá Renata se entretenía con los juguetes de plástico, con los vasos de colores, con la espuma. Pero cada vez que pasaba por el pasillo y veía la luz del baño encendida tanto tiempo, una punzada le apretaba el pecho. Tocaba la puerta y siempre escuchaba la misma respuesta, el mismo tono molesto de quien ya tiene listo el discurso.

—Ya mero.

—Solo le estoy lavando el cabello.

—No entres, se está enfriando el baño.

Cuando salían, Esteban cargaba a Renata en brazos o le rodeaba los hombros con la toalla, y la niña no lo miraba. Se pegaba a sí misma, se abrazaba el cuerpo, y si Lucía intentaba secarle el pelo o ponerle crema, Renata a veces se sobresaltaba apenas un instante, como un animalito que ya aprendió a anticipar el dolor.

Una noche, mientras le desenredaba los chinos frente al espejo del cuarto, Lucía notó que la niña tenía los ojos rojos, como si hubiera llorado. Se arrodilló junto a ella y le habló bajito.

—¿Te pasa algo, mi amor?

Renata negó con la cabeza.

—¿Tu pancita? ¿Tu garganta? ¿Te sientes mal?

Otra vez negó.

Lucía quiso soltar el tema, pero la angustia ya la estaba rompiendo por dentro.

—Entonces dime una cosa. ¿Por qué te tardas tanto en el baño con tu papá?

La niña apretó más fuerte su conejo de peluche, uno blanco con una oreja medio caída que llevaba con ella desde bebé. Bajó la mirada de inmediato. Lucía vio cómo se le llenaban los ojos de agua. Le tomó una manita y sintió que estaba helada.

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