La noche antes de defender su doctorado, Valeria Navarro terminó en el piso de su propia cocina, con el cuero cabelludo ardiéndole, mechones de pelo regados entre las patas de la mesa y la mano de su esposo apretándole los brazos mientras su suegra le decía, casi con dulzura, que una mujer casada no tenía nada que hacer humillando a su familia con ambiciones de hombre. Valeria no olvidaría jamás el sonido de aquellas tijeras entrando a su cabello a tirones, ni el modo en que Julián, el mismo hombre que durante años le juró que admiraba su inteligencia, la inmovilizó sin temblarle una sola vez la voz.
—Quédate quieta —le dijo él, respirando agitado—. Nada más estás empeorando esto.
—Suéltame, Julián, me estás lastimando —alcanzó a gritar ella, retorciéndose.
—Si te hubieras portado como esposa, no estaríamos haciendo esto —murmuró Ofelia, su madre, parada detrás de Valeria con las tijeras abiertas—. A ver si así entiendes que una tesis no vale más que tu casa.
El primer mechón cayó sobre el mosaico blanco como si fuera otra parte de ella arrancada a la fuerza. Valeria gritó del puro espanto. No por vanidad. No porque se creyera modelo. Sino porque en ese instante entendió que no estaban tratando de discutirla, ni de convencerla, ni siquiera de asustarla un poco para “darle una lección”. Estaban tratando de quebrarla la noche exacta en que más necesitaba estar entera. El segundo jalón le sacó lágrimas. El tercero le dejó una quemazón viva en la nuca.
Todo había empezado unas horas antes, cuando por fin cerró la laptop en el comedor de su departamento en Monterrey y sintió, después de meses de insomnio, que el cuerpo le aflojaba apenas un poco. Su presentación estaba lista. La tesis impresa en varios tomos descansaba sobre la mesa. El reloj marcaba casi las 11 de la noche y, aunque estaba agotada, por primera vez en semanas se permitió pensar que al día siguiente, si todo salía bien, dejaría de ser la eterna doctorante que vivía entre archivos, entrevistas y becas apretadas. Al día siguiente iba a convertirse en doctora en Historia Social por la universidad pública donde había dejado 8 años de su vida.
Debió irse a dormir en cuanto guardó sus notas. En lugar de eso, se levantó por agua y los encontró cuchicheando en la cocina. Julián estaba serio, con esa mandíbula apretada que usaba cuando quería hacer parecer razonable alguna injusticia. Ofelia, instalada en la casa desde 3 días antes “para apoyarla”, tenía una calma tan firme que ya era sospechosa. Desde que llegó de León no había parado de repetir que una mujer casada no necesitaba llenarse la cabeza de libros, que por culpa del doctorado Valeria había descuidado a su esposo, que ninguna familia prosperaba cuando la esposa quería competir con los hombres. Valeria llevaba años oyéndola, pero nunca la había sentido tan peligrosa como aquella noche.
Leave a Comment